Lupa Regional

Racionalidad y conciencia

Columna de opinión de Rafael Vergara Navarro

Cada vez es más evidente la dificultad en hacer compatible la racionalidad empresarial con la ambiental y es así porque la producción y el afán de lucro implican intervenir los ecosistemas, usar o abusar el capital natural que es patrimonio de todos.

El conocimiento ciudadano de los recursos legales y, ante la depredación inmisericorde, la conciencia de la obligación y necesidad de proteger el ambiente y los recursos naturales, han generado escenarios de confrontación o concertación sustentados en valores y recursos constitucionales que regulan o equilibran la relación entre el interés general y el particular.

El complejo papel del Estado juega de manera múltiple: es depredador o fiel de la balanza pero también regulador, promotor de desarrollo, crecimiento o progreso. Asimismo a través de las diferentes ramas del poder vía o defensor de derechos ciudadanos y preservación de la naturaleza, especialmente de las riquezas naturales y culturales de la Nación. La jurisprudencia constitucional es esencial y extensa, hasta los ríos son sujetos de amparo y derechos

Lo claro es que lo ambiental, vital en la supervivencia de las especies y constructor de armonías y sostenibilidad, gana espacios y cuestiona decisiones productivas que implican sacrificios de esencialidades en beneficio del interés individual o de grupo.

Las consultas ciudadanas, acciones populares o tutelas, oposiciones aun a licencias aprobadas o concesiones mineras, son hechos contundentes de la cotidianidad, también lo son las agresiones, amenazas y señalamientos a los ambientalistas defensores de lo público.

En el tiempo del cambio climático al ritmo del riesgo la conciencia social crece: hoy se defienden los páramos porque se sabe que el agua vale más que el oro, caño Cristales más que el petróleo, que la selva prima sobre la potrerización y hasta el papa Francisco es un ecologista que llama a cambiar, a descontaminar, a no depredar porque dañar la naturaleza, además de causa de tragedias, es un pecado contra la Creación.

No es que no se produzca, es que al hacerlo se respeten las normas y haya un responsable autocontrol, y las licencias sean resultado de estudios de impacto ambiental (EIA) serios, no acomodados a la necesidad del inversionista.

Nosotros que vivimos en el Caribe y sufrimos de ver la condición de nuestros agredidos cuerpos de agua, es obligado recordar a la oceanógrafa, Silvia Earle al decir que, “sin azul, no hay verde, y sin verde no hay nosotros.”

Y es clave porque al igual que los diferentes azules de los cuerpos de agua, nuestra bahía -como afirma la Procuraduría- requiere un manejo especial y mayor control y vigilancia porque estamos a punto de perderla y “convertirla en un cementerio acuático de contaminantes ambientales”.

Contrario a ello, la racionalidad económica pasando por encima de la ambiental, sigue empeñada en exprimir sus más de 8.400 ha sacándole más dinero, prevalida de ostentar el título de principal puerto receptor de carga del país y contar con una moderna infraestructura y gran capacidad empresarial. Con una profundidad media de 21 m por sus muelles se moviliza el 55% de la carga del país, 1´417.778 toneladas en 2016.

Pero sin plan de ordenamiento costero ni medición de la capacidad de carga, la ampliación del canal de Panamá que posibilitó el tránsito de los grandes barcos portacontenedores, condujo a que liderados por Invías, un sector del Estado y los portuarios que dominan el manejo de la carga, se adaptaran a ese nuevo momento del transporte marítimo.

Crecer las líneas de atraque con nuevas grúas pórtico y la capacidad de recepción de carga acompañó el licenciamiento de la profundización y ampliación del canal de Bocachica a 21 m de profundidad y así el recibo de estas enormes naves con más de 10.000 contenedores.

En 2012 habían solicitado que les permitieran abrir, decir dragar un nuevo canal pasando por encima del arrecife coralino de Varadero pero ante las oposiciones del momento por la existencia de los corales, desistieron del propósito de replicar un Transcaribe del agua con doble carril, según para agilizar la mayor cantidad de carga y llegada de barcos más pequeños para distribuirla a otros puertos.

Carga en tránsito, es decir un negocio rentable fundamentalmente para los dueños del negocio particular muy poco queda de rentabilidad para la ciudad.

Pues bien, el año pasado se vinieron de nuevo con todo en su (ir)racional intención de romper el arrecife para lograr su propósito pasando por encima de esa maravillosa riqueza natural que todos los ciudadanos estamos obligados a defender.

Abrir y profundizar a 16 m 300 m del arrecife significará la muerte de colonias de corales que tienen más de 400 años de existencia, es destruir el hábitat de los peces, moluscos, crustáceos, esponjas, en fin, arrollar la seguridad alimentaria de las poblaciones afrodescendientes y poner en riesgo la sobrevivencia de toda esa maravilla natural con que nos premió la creación.

Cargando