Una vida dulce: Evelia y la tradición que se resiste a desaparecer en Cartagena
Vidas que cuentan, un espacio de reconocimiento de la Alcaldía

Alcaldía de Cartagena

En el Portal de los Dulces, uno de los pasajes más visitados del Centro Histórico de Cartagena, la historia no solo se visita: también se come. Entre cocadas, alegrías, enyucados y muñequitas de leche, decenas de mujeres sostienen una tradición que ha sobrevivido al paso del tiempo y a los cambios del comercio.
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Una de ellas es Evelia Alcalá Martínez, cuya vida entera ha transcurrido entre mesas de dulces típicos, recetas heredadas y jornadas que empiezan antes del amanecer.
A Evelia no la llevó la necesidad a ese corredor emblemático. La llevó la vida misma. Tenía tres años cuando llegó, por primera vez, tomada de la mano de su madre y nunca se fue.
“Aquí me quedé, aquí crecí”, cuenta como quien resume en pocas palabras una historia de varias décadas.
Desde entonces, su biografía no se mide en fechas, sino en recetas. Aprendió observando. Sus manos de niña empezaron a repetir los movimientos que veía en casa y en el Portal. Así fue entendiendo el oficio.
“Uno aprende del hacer, de estar ahí”, dice.
Su madre había aprendido de la abuela. Y la abuela, de generaciones anteriores. Una cadena silenciosa que se transmite sin diplomas ni manuales, pero con disciplina y memoria.
En ese proceso, Evelia entendió pronto que vender dulces no era solamente una forma de ganarse la vida. Era una manera de pertenecer a Cartagena.
Criar una familia entre fogones
Cuando habla de su trayectoria, no lo hace desde balances económicos, lo hace desde la vida.
Crió siete hijos entre cocadas, bolitas de tamarindos y alegrías. Entre el fuego de las cocinas y largas jornadas de trabajo.
“Esto no es sólo por ganancia, de esto depende mi familia”, afirma.
Pero, para ella, hay algo más profundo que el sustento diario. Lo que se protege en cada mesa no es solo un ingreso: es una historia compartida. Cada dulce lleva algo más que sabor: lleva memoria.
Un patrimonio que se cocina todos los días
En el Portal de los Dulces no solo se venden productos tradicionales. También se conserva un conocimiento que define parte de la identidad cartagenera.
Son 29 vendedores –muchas de ellas matronas con décadas de experiencia–quienes mantienen viva esa tradición en sus módulos. Todo hecho a mano. Todo aprendido en casa. Todo heredado.
“Esto es artesanal, por eso hay que cuidarlo”, sostiene Evelia.
La advertencia no es menor. Cuando una receta desaparece, no se pierde únicamente un alimento: también se borra una parte de la memoria colectiva.
Ella menciona, por ejemplo, preparaciones como el alfajor o la conserva de batata, que ya no se ven con la misma frecuencia de antes.
Modernizar sin borrar la esencia
Desde 2024, los 29 vendedores del Portal de los Dulces vienen siendo acompañados por la Alcaldía de Cartagena, a través de la Secretaría de Hacienda, en convenio con la Cámara de Comercio de Cartagena, en un proceso de fortalecimiento orientado a renovar sus unidades de negocio y mejorar la atención a visitantes y residentes.
Además, a inicios de este año, gracias a la convocatoria Internacional Mayor’s Challenge de Bloomberg Philanthropies, la ciudad ganó un millón de dólares, para transformar y apoyar a emprendedores, entre ellos, las matronas del Portal de los Dulce.
Para Evelia, los cambios son necesarios, siempre que no alteren la esencia del lugar. Algo que, en efecto, ha sido la razón de ser de la postulación de la Alcaldía Mayor de Cartagena a dicho reconocimiento internacional: preservar el legado de quienes hacen ciudad y son forjadores de tradición, a través del fortalecimiento de sus habilidades.
“Podemos mejorar, pero sin dejar de ser lo que somos”, señala.
El Portal, dice, ya no es el mismo que conoció en su infancia. Hoy hay más orden, mejores condiciones y nuevas herramientas. Pero el sabor, la forma de preparar y el valor simbólico de cada dulce siguen intactos.
Un rincón que también le habla al mundo
En medio de tantas jornadas similares, hay días que todavía recuerda con nitidez. Como cuando fue elegida para ofrecer sus dulces al expresidente de Estados Unidos Bill Clinton, o cuando una reina recorrió el pasaje y se detuvo frente a su mesa.
Son momentos breves, pero significativos. Episodios que refuerzan una idea: lo que ocurre en ese pequeño corredor del Centro Histórico también proyecta a Cartagena hacia afuera.
Asegura que, justamente, son esas historias las que sus preparaciones guardan.
En su casa, al menos, la tradición sigue en movimiento. Sus hijos también aprendieron a rallar coco, preparar tamarindo y repetir los movimientos que ella heredó de su madre.
“Somos una familia dulce”, dice entre risas.
Después de toda una vida en el Portal, resume su camino en una sola palabra: resiliencia.
“Me gustaría mucho que esto quede plasmado en libros, en talleres, que haya aprendices y que se conserve esta tradición”, expresa.
Luego vuelve a acomodar sus productos y atiende a un nuevo cliente, como lo ha hecho desde niña.




