Enilda Jiménez: la historia detrás de Surikí, la reserva que une perdón, naturaleza y comunidad
Lo que fue escenario de violencia se convirtió en la Reserva Natural Surikí: un laboratorio de turismo regenerativo, memoria y biodiversidad impulsado por Enilda Jiménez y sus hermanos.

La Reserva Surikí liderada por Enilda, recibió el sello Destino de Paz por integrar conservación, memoria y desarrollo comunitario. | Foto: Cortesía - Rubén Torres
Antes de convertirse en un referente de conservación, la finca que hoy alberga la Reserva Natural Surikí fue el escenario del desarraigo de los Jiménez. Enilda tenía apenas siete años cuando su familia fue expulsada de su tierra en Turbo, Urabá. Años más tarde, cuando ella contaba 15, un grupo paramilitar asesinó a su padre en 1995 por negarse a colaborar con ellos.
Ese pasado, que pudo haber sido definitivo, se transformó décadas después cuando un proceso de justicia transicional permitió que los hermanos volvieran al lugar donde crecieron.
Al regresar, no encontraron la finca que recordaban: en vez de potreros, un bosque joven había brotado sobre el terreno abandonado. Esa imagen fue la primera pista de que la nueva etapa no se construiría reproduciendo el pasado, sino imaginando un futuro distinto.
La decisión que definió el rumbo
La familia tuvo que elegir entre dos caminos: tumbar la selva para retomar la ganadería, como lo hacía su padre, o proteger el ecosistema y los animales que se habían recuperado con los años. Escogieron la segunda posibilidad, “Fuimos capaces de vernos en ellos. Eso fue mágico, no queríamos hacerles lo mismo que nos habían hecho a nosotros”, cuenta Enilda, fue el punto de quiebre que los llevó a una apuesta mayor.
De esa reflexión surgió un plan de manejo ambiental que combinara restauración, agrosilvopastoreo y turismo regenerativo, un modelo que no se limita a evitar daños, sino que busca mejorar lo que existe. Con el tiempo, entendieron que su finca no solo estaba viva: era un refugio biológico de enorme valor.
En 2021, un estudio científico reveló la magnitud de ese territorio: 131 especies de vertebrados, más de 20 amenazadas, varias endémicas, en un punto estratégico del corredor Darién–Urabá, donde confluyen tres ecorregiones de la Colombia continental.
Ese diagnóstico los llevó a crear oficialmente la Reserva Natural Surikí, que hoy protege 487 hectáreas. Allí, la regeneración del bosque es tan importante como la educación ambiental y el trabajo con comunidades vecinas.
La vida profesional que nutrió el proyecto
Antes de dedicar su tiempo a la reserva, Enilda había construido una carrera enfocada en atender a poblaciones afectadas por la guerra. Desde su formación como psicóloga social, trabajó con el Estado, con agencias de Naciones Unidas, con Acnur, PNUD, OIM, organizaciones internacionales y durante 12 años en el Consejo Noruego para Refugiados.
Esos años la pusieron frente a historias de dolor y resistencia que la llevaron a reflexionar sobre el peso del rencor. Su propio proceso de perdón, especialmente tras encontrarse con el responsable del asesinato de su padre, transformó su manera de entender la vida: “Perdonar no tiene que ver con el otro, sino con cómo eliges vivir tu vida”, reflexiona.
Esa visión se refleja en Surikí, donde la reconciliación no es solo un relato íntimo; es un principio para relacionarse con la naturaleza y con la comunidad.
Surikí: un espacio donde conviven 22 hermanos y múltiples visiones
Los 22 hermanos Jiménez —ocho de ellos involucrados directamente en la operación diaria de la reserva— sostienen el proyecto como socios. La diversidad del grupo es una parte esencial de su mensaje: “Somos muy distintos. Hay de todas las religiones, de todos los partidos e ideologías. Y podemos hacer cosas increíbles juntos; ser solidarios y apoyarnos sin que pensemos de la misma manera. Esa es una de las principales tareas a las que estamos abocados en un país como Colombia y en el mundo de hoy”, asegura.
Un turismo que regenera, educa y transforma prácticas locales
El turismo en Surikí no es un fin, sino una herramienta para financiar la conservación y para cambiar dinámicas que han afectado históricamente la zona, como la caza, la tala o el tráfico de fauna. Programas con jóvenes y sus familias buscan reemplazar esas prácticas por actividades que promuevan la protección del bosque y las especies.
Esta labor le permitió a la reserva recibir el sello Destino de Paz, otorgado por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, que reconoce iniciativas que integran memoria, conservación y desarrollo sostenible.
Quienes llegan a Surikí pueden observar jaguares, ocelotes, manatíes, monos araña y muchas otras especies que hacen visible la riqueza del corredor Darién–Urabá. Pero también encuentran una historia de regreso, reparación y reconstrucción que hoy inspira a visitantes y comunidades.
Para Enilda Jiménez, Surikí es la demostración de que la riqueza puede generarse sin destruir, que la memoria puede convivir con el bosque y que incluso desde el dolor es posible construir otro país. La reserva es, para ella, el símbolo de que la restauración ambiental y la reconciliación humana pueden avanzar por el mismo camino.
Enilda Jiménez es una de las 100 Nuevas Líderes de Colombia:



