Biodiversidad

Un tesoro de agua custodiado por cóndores

Una explosión de agua y vida registró la EXPEDICIÓN PÁRAMO en Almorzadero, cordillera Oriental, pudo ver 10 cóndores y donde nacen los ríos que surten

Páramos Colombia /

Cuando el río Servitá resuena con fuerza por el casco urbano del municipio del Cerrito, sus habitantes miran hacia el oriente de este pueblo santandereano, donde la densa niebla oculta una montaña con cumbres borrascosas que resguarda el líquido vital que les permite cultivar, alimentarse, bañarse y elaborar platos típicos como cucas y panuchas.

“Todos sabemos que en lo más alto está el páramo del Almorzadero, un lugar mágico que nos envía todos los días, sin falta alguna, el agua sagrada para sobrevivir. Por eso, cuando el río sube su nivel, le agradecemos por ese regalo precioso que está resguardado a más de 4.500 metros de altura”, dice Doris Amilde Torres, una de las líderes ambientales y sociales del Cerrito.

Los ciudadanos de este municipio de clima frío han pintado murales en las fachadas de las casas con imágenes del agua bendita que viene del páramo, donde el cóndor de los Andes aparece sobrevolando el tesoro hídrico desde lo más alto de las montañas. “Los indígenas lo bautizaron como el mensajero del sol y nosotros, durante años, lo llamamos buitre”, recuerda Doris, quien lidera la Asociación Campesina Coexistiendo con el Cóndor (ACAMCO).

Para llegar al páramo es necesario atravesar trochas repletas de lodo y piedra, caminos construidos hace cientos de años por los mismos campesinos. Uno de ellos conduce hacia el sector del Mortiño, zona conocida como la cuna del cóndor de los Andes, el único animal que hace parte de un símbolo patrio en Colombia.

La cascada más grande de aguas cristalinas es el Servitá, río que nace en el Almorzadero y el cual le provee el recurso a cinco municipios de la provincia de García Rovira. Luego de recorrer varios kilómetros desemboca en el río Chicamocha. / Nicolás Acevedo

El recorrido de más de una hora en carro revela varios paisajes. Primero aparecen pequeñas casas de bahareque de un solo piso y árboles de gran porte, todos apartados de la vía por separadores en piedra. Luego, el panorama queda gobernado por extensos cultivos y pastizales con vacas, ovejas y cabras, cuadros que desaparecen a ratos por lo denso de la niebla.

A medida que aumenta la altura, la vegetación nativa del páramo inicia su dominio con los árboles del bosque alto andino que exhiben pijamas de musgos, líquenes y barbas de viejo repletas de agua y uno que otro frailejón solitario. La majestuosidad de la montaña se divisa a lo lejos, con varios hilos de agua atravesándola y los cuales descienden desde las cumbres perpetuas.

“La cascada más grande de aguas cristalinas es el Servitá, río que nace en el Almorzadero y el cual le provee el recurso a cinco municipios de la provincia de García Rovira. Luego de recorrer varios kilómetros desemboca en el río Chicamocha, que a su vez termina en el río Grande de la Magdalena. Todo ese viaje hídrico inicia en nuestro páramo”, asegura Torres.

La trocha llega a su fin cuando la cascada se deja ver y escuchar en todo su esplendor, justo donde inicia el predio de Doris. Luego de caminar varios minutos por un recoveco empedrado lleno de agua, una choza elaborada con frailejones marca el inicio del páramo del Almorzadero en el sector del Mortiño.

“Esa choza fue construida hace cientos de años, cuando los habitantes utilizaban esta planta insignia de los páramos para reforzar el bahareque. Allí también tengo una pequeña casa donde se pueden quedar los turistas que quieren conocer al cóndor de los Andes y una de las fuentes hídricas más importantes de los santanderes”, afirma la líder ambiental.

Almorzadero alberga más de 110 humedales en sus tierras paramunas, sitios que en el pasado fueron venerados por los indígenas. / Nicolás Acevedo

Luego de media hora por pequeños caminos de barro rodeados de musgos y frailejones, aparece con fuerza una imponente cadena montañosa cubierta por la blanca niebla. Fernando Castro, curador de aves del Parque Jaime Duque, Fundación que desde 2017 trabaja con 15 familias campesinas del páramo para mitigar los conflictos entre la comunidad y el cóndor, agudiza la vista y saca sus binoculares.

“En esta zona es donde hemos registrado cerca de 28 cóndores sobrevolando, la cifra más alta en todo el país. Tan solo en el censo realizado en febrero de este año, la comunidad contabilizó aproximadamente 20 avistamientos. En las cuevas de estas montañas, las aves duermen y descansan después de volar alto por toda la zona”.

Según Castro, la cantidad de formaciones rocosas que cubren el páramo del Almorzadero, son la razón de que se presente una alta cantidad de cóndores por el ecosistema. “Las cuevas de las montañas le brindan refugio al cóndor andino. Además, Almorzadero es un sitio estratégico para la movilidad de la especie entre la Sierra Nevada de Santa Marta y el nevado del Cocuy”.

Una bandada de tres cóndores fue registrada por el experto en la parte más alta de la montaña. Las aves volaban en círculos de una manera sincronizada, tal vez buscando alimento o un sitio para descansar. “El cóndor puede volar grandes distancias en un solo día y a alturas superiores a los 4.000 metros”, precisó el zootecnista.

Fuente de vida

Al llegar a un valle cubierto por frailejones, plantas que por esta época de lluvias lucen amarillos por el color de sus flores y con cientos de aves como el colibrí chivito, una especie única de los páramos colombianos que se encarga de polinizarlos, es el abrebocas para apreciar la vasta cantidad de agua que almacena el Almorzadero.

La niebla choca contra las montañas y se forman pequeños hilos de agua cristalina que bajan con calma hasta las zonas planas para formar humedales, turberas o lagunas de todos los tamaños y formas, cuerpos hídricos que le dan vida a ríos como el Servitá, Tunebo, Negro, Guaca y Umpalá, que alimentan al río Chicamocha.

Almorzadero, emporio del agua, de bosques inmensos de frailejones centenarios y de montañas filosas que superan los 4000 metros de altura, sobrevoladas por el imponente cóndor de los Andes. / Tomas Ortiz

Según el Instituto Humboldt, las 157.705 hectáreas del Almorzadero, distribuidas en 15 municipios de los santanderes, hacen parte de las cuencas de los ríos Chicamocha, Chitagá y Cobugón-Cobaría. “En este complejo nacen numerosas fuentes de agua que suplen la demanda de más de 19 municipios de Norte de Santander, Santander y Boyacá y benefician a aproximadamente 25 distritos de riego”.

En una zona aledaña al valle de los frailejones, de decenas de montículos de pequeño tamaño brotan chorros de agua, formaciones que Doris llama como hoyos sopladores. “Son como volcanes. Los expertos nos han dicho que esto se debe a la cantidad de agua subterránea que hay en Almorzadero, algo que al parecer no se presenta en ningún otro páramo del país. Cuando llueve mucho, de estos hoyos sopladores emergen grandes chorros a toda potencia”.

Es tal la cantidad de agua que resguarda este páramo de los santanderes, que algunos terrenos cuentan con tapetes de musgos donde la gente puede pararse sin hundirse. “Parecen camas de agua, sitios donde los niños de las veredas juegan sin correr ningún riesgo. Desde las partes más altas de las montañas se puede apreciar todos los riachuelos de esta zona del páramo, que a simple vista parecen un parque de diversiones acuático”, dice la líder ambiental.

Darwin Ortega, director del Ecoparque Sabana del Jaime Duque y experto ambientalista, afirma que los humedales del páramo, también llamados turberas, son una parte fundamental en el ciclo del agua. “Estos ecosistemas funcionan como una esponja, ya que absorben y retienen el agua. Esto permite que los caudales de los ríos se puedan mantener a través del tiempo”.

Almorzadero alberga más de 110 humedales en sus tierras paramunas, sitios que en el pasado fueron venerados por los indígenas. “Los cuerpos de agua de los páramos hacen parte de la identidad cultural del territorio. Muchos indígenas veían a estos humedales y lagunas como sitios sagrados para conectarse con sus dioses, y en algunas partes del país, las mujeres iban a parir en sus orillas”, manifestó Ortega.

Una choza elaborada con frailejones marca el inicio del páramo del Almorzadero en el sector del Mortiño. Fue construida hace cientos de años, cuando los habitantes utilizaban esta planta insignia de los páramos para reforzar el bahareque. / Jhon Barros

El predio de Ceráfico Calderón, otro líder social que hace parte de la Asociación Campesina Coexistiendo con el Cóndor, también es un emporio de biodiversidad y agua dentro del Almorzadero. Además de contar con la presencia de varios cóndores andinos, en su finca habita el búho más grande de Colombia (Bubo virginianus), más conocido como búho real.

“En las cuevas que hay en mi finca la Angostura vive este búho que alcanza a medir hasta 60 centímetros de alto. En los últimos años hemos registrado cinco de estas aves, además de zorros, cóndores, colibrí chivito de páramo, cacharla, ardilla e incluso el puma. Almorzadero es un ecosistema rico en fauna”.

Durante el recorrido por el sector del Mortiño, los expertos del Parque Jaime Duque registraron en promedio 40 especies de animales, entre ellos 10 cóndores de los Andes sobrevolando en las partes altas de las montañas. “También vimos una gran cantidad de águilas de páramo, colibríes como el chivito, patos de páramo y conejos, además de una vasta riqueza de flora”, informó Castro.

Por su parte, doña Doris califica al páramo del Almorzadero como una estrella hídrica repleta de biodiversidad. “Acá nace el Servitá, el principal río de la provincia García Rovira que le tributa al río Chicamocha y luego al Sogamoso y Magdalena. Además, estas tierras le proveen agua a la región del Arauca, al darle vida a ríos como Chitagá. Cualquier cosa que afecte al páramo va a perjudicar a este centenar de lagunas y humedales y por ende a la población del país”.

La reserva del cóndor

Otra de las trochas en las montañas del Cerrito conduce hacia la vereda Cairasco, que hace parte del municipio de San Andrés. Es una zona ubicada a más de 4.000 metros de altura donde el común denominador son la niebla espesa y las formaciones rocosas extremas.

En el punto más alto de la vereda está la Piedra del Cóndor, una reserva natural repleta de vegetación paramuna y árboles del bosque alto andino creada por la Fundación Parque Jaime Duque a comienzos de este año gracias a una subvención económica dada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN por sus siglas en inglés).

“Esta en la primera reserva natural constituida en el Almorzadero, más de 280 hectáreas que serán destinadas para la protección del cóndor, el agua y el páramo, al igual que otras especies de la zona como el puma, coatí, zorros y diversas aves como los cucaracheros”, dijo Castro.

En la Piedra del Cóndor, nombre escogido por la comunidad a través de un concurso, el Jaime Duque también trabaja en un proyecto productivo sostenible para las ovejas y cabras del páramo, animales que en algunas ocasiones son atacados por el cóndor de los Andes.

“Desde 2017 venimos trabajando con 15 familias campesinas del Almorzadero para que realicen una reconversión de los sistemas de producción de cabras y ovejas. Les damos insumos y asesoría para que construyan corrales donde puedan tener controlados los corderos y así no dejarlos libres por todo el páramo”, complementa el zootecnista.

Estas familias también han construido viveros de especies nativas para la restauración ecológica del páramo, en especial los sitios cercanos a los nacimientos de los cuerpos de agua, una actividad que ha logrado conservar cerca de 1200 hectáreas.

“En varias zonas del páramo, como en la reserva, construimos plataformas de cinco metros de altura donde los mismos campesinos, guiados por nuestros expertos, les ponen carroña a los cóndores para que tengan alimento y así no ataquen a las ovejas pequeñas. Esto ha permitido que la comunidad comprenda que sí puede convivir en paz con el cóndor de los Andes”, indica Castro.

El ingreso a la reserva luce lleno de pequeños montículos de piedra, infraestructuras construidas por las personas que han visitado el predio como un agüero para poder avistar los cóndores sobrevolando por las cumbres borrascosas.

Carlos Suárez Grimaldo, habitante de Málaga y zootecnista del Jaime Duque, recorre la reserva cada ocho días para llevarle carroña a los cóndores e instalar cámaras trampa en varios sitios del páramo. “En lo corrido de este año, hemos logrado captar cerca de 10 cóndores en la reserva, una cifra bastante alta si la comparamos con los 68 registrados en el censo nacional realizado en febrero de este año en todo el país”.

Además del cóndor, el experto ha visto en la reserva otras especies emblemáticas de los páramos como pumas, venados, águilas de páramo y crestada, gualas, tinajos, guaches y colibríes. “Sin lugar a duda, el páramo del Almorzadero es una de las reservas naturales más importantes que tiene el país”.

Con la reserva y el trabajo con las familias campesinas, el Parque Jaime Duque busca mitigar los envenenamientos de los cóndores registrados desde hace varios años en el páramo del Almorzadero, un SOS en el que participan varias organizaciones y entidades.

“Desde 2004 se han registrado 10 cóndores envenenados en el páramo, de los cuales solo dos sobrevivieron. Ante esto, varias organizaciones trabajamos en conjunto con la comunidad realizando actividades de preservación, conservación, educación y monitoreo, con el fin de demostrar que sí podemos convivir con esta bella especie”, dijo Freddy Villamizar, comandante de Bomberos del Cerrito.

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