Sexo y tabú

Las experiencias más intensas que pueden vivir, desde el punto de vista puramente biológico, son el miedo y el orgasmo.

Ambas promueven el mantenimiento de las especies superiores; la primera –la más intensa y desagradable- generando en el individuo los cambios necesarios para enfrentar situaciones que ponen en riesgo su integridad o su vida, y la segunda –la más intensa pero agradable- recompensando al individuo por ejecutar el acto de reproducción

 Es tan fuerte el valor de un orgasmo, con todo su preludio, que supera con creces el temor a Dios. Tal vez por ello, algunos creyentes que se han comprometido con votos de castidad terminan cediendo a los placeres mundanos no solamente mediante calladas masturbaciones sino hasta con resonantes delitos de pederastia y violación, pasando por relaciones homosexuales o sexo con personas prostituidas; sin contar relaciones clandestinas pero consensuadas con la pareja

 Es tan versátil y creativo el impulso sexual humano, que rompe y traiciona todos los acuerdos de convivencia que se plasman en Manuales de Buenas Costumbres, en Manuales de Urbanidad y Civismo y en los códigos de Moral y de Ética. Por esta razón no ha servido que las religiones vinculen el acto sexual con tentaciones demoníacas como medio de control de lo que entenderíamos como peligrosa promiscuidad y desorden social; pero sí ha generado desinformaciones y creencias, hoy convertidos en tabúes

 Por ejemplo, la religión católica en la edad media, optó por hacer creer a sus fieles que la mujer era una tentación propuesta por el demonio para la perdición de los hombres. Sólo tocar la piel de una mujer ya representaba tal riesgo de caer en tentación (¡hasta razón tenían!), que ellas debían usar un atuendo interior denominado la “camisa cogulla” que consistía en un camisón que la cubría de cuello a pies para que no se le pudiera tocar directamente ninguna parte “no social” de su cuerpo. Como esto impedía el acto sexual, entonces “se ingeniaron” un orificio ante sus genitales para que el hombre pudiera penetrarla y embarazarla “sin tocar parte diferente y pecaminosa de su cuerpo…(¿?)”

 También las religiones, pero igualmente otras instancias de la sociedad, se han valido de desinformación para crear miedos y prevenciones con el fin de controlar el fortísimo impulso sexual humano. A mi juicio, con el propósito materialista de defender los bienes adquiridos y garantizar que ese legado quedara en manos de su propia sangre, se creó la mayoría de tabúes sobre la sexualidad humana: la importancia de la virginidad, los peligros del acto sexual durante la menstruación, lo sucio e impuro del acto sexual prematrimonial, etc

 “Lego mis bienes a mi primogénito” es tal vez el resultado de haber contraído nupcias con una virgen y tener relaciones sexuales con ella hasta la certeza de su embarazo, con lo cual se tenía una excelente probabilidad de que ese hijo fuese suyo, lo que no se podía garantizar en adelante con los subsiguientes, especialmente en grupos sociales de mujeres sedentarias y hombres cazadores o guerreros de largas ausencias ante su pareja. Con este tipo de creencias o premisas, fácilmente se entiende que se le fuera dando tanta importancia a la virginidad y con ella, tal vez una cadena de desinformaciones: La mujer debe llegar virgen al matrimonio para que su esposo pueda confiar en la sangre de su primogénito; pero para que llegue virgen debe controlársele el impulso sexual prematrimonial, entonces se le desinforma, por ejemplo, con el pecado de las relaciones prematrimoniales y con los riesgos de las relaciones durante la menstruación, etc. Si a esto se le suma que una madre soltera se convertía en una carga permanente para su padre por cuanto ningún otro hombre la desposaría y se haría cargo de ella, entonces los temores a infundir debían ser particularmente convincentes y fuertes

 Hoy, cuando manejamos un nivel de información, comunicación e inteligencia superiores, debemos actualizar nuestras reglas de convivencia para que se respete la equidad de género, se dignifique a la mujer y se proponga un orden social que fortalezca los lazos familiares mientras que se entiende la sexualidad de una manera diferente con la que se pueda vivir sana, plena, satisfactoria y responsablemente.

Cargando