Opinión

Dos poemas para Fernando Garavito

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Fernando Garavito fue muchas cosas en la vida. Fue una vida; una vida tan rica como las ideas que, generosas, salián de su cabeza. Fue, además de todo, poeta. Por eso, para recordar esa vida de poeta, nada mejor que citar aquí dos poemas que su amiga, la poeta y periodista Yirama Castaño, le dedicó. Poemas para Fernando que hoy son también para Melibea, Manuela y Fernando Jr. El uno fue publicado en el libro Jardín de Sombras y el otro está tomado del libro inédito Memoria de aprendiz, después de recibir una carta de Fernando sobre su estadía en Lisboa. Del libro Jardín de Sombras, publicado en 1994 SALMO DE LA DESTRUCCION Para Fernando Garavito ¿A dónde el corazón de los heridos? Eterno vuelo de ánimas confusas. Casta de amapolas y suicidas: pagamos la deuda del olvido. Regresaste al camino y no era tiempo. Nadie se mueve en este agujero ni siquiera la soledad del cedro. Cuál es la explicación del pobre orate: Yo no quise morir. Cayó el calor y me equivoqué de hastío. Oigo el rumor de la cuerda en la garganta. Se afloja. ¿Acaso es un hilo, o el apetito atroz? ¬Las migas de mi cuerpo son culpables de este eclipse. Me siento mal y entrego, de inmediato, mi íntima noche a todos los enemigos. El viento consume las barreras y el negro de mi ropa. Estoy desnuda, frágil e indefensa. Lejos viene el asesino que se resiste a mi dominio. Aniquilo, así, tanta fatiga. * * *Del Libro inédito Memoria de aprendiz Un ángel en Lisboa A Fernando Garavito Me imagino que se levanta cada día con ganas de zumbar, que se despliega sobre el papel con la rabia propia y las miradas ajenas puestas sobre él. Me imagino que despierta y persigue los olores más extraños, aquellos rancios, aquellos agrios. Me imagino que da vueltas sobre la palabra y se posa sobre ella, multiplicándola. Me imagino que busca la luz, limpia sus alas, se guarda de sí mismo y espera el golpe por venir. Me imagino que sigue atento, más allá de toda sombra, que busca los desechos, que los lame y los escupe. Me imagino que tiene frío que su cuerpo ya es poema y que la ciudad, adoquín por adoquín, se parece a él.

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