Opinión

No olvidarás el Holocausto

No es imposible salvar al mundo. Y Dios, que todo lo puede, agradece mucho cualquier ayuda que podamos darle. Unas palabras para no olvidar el Holocausto.

No olvidarás el HolocaustoPor Gustavo GómezCuando estuve en el museo en memoria del Holocausto, en Jerusalén, agradecí que Dios hubiera tenido tiempo y ánimos el tercer día para crear la oscuridad después de la luz. En ese, mi primer día en Yad Vashem, entré al Memorial de los Niños. Y agradecí, como les digo, a Dios, la buena idea de la oscuridad: rodeado de ella, pero en compañía de cientos de diminutos destellos con aire de estrellas, oí como docenas de voces repetían los nombres de los niños que murieron en el Holocausto. Y pude llorar tranquilo, a oscuras y a solas, sin molestar a nadie. Encima de mí, en el cielo del recinto, los luceros artificiales me recordaban a los miles de pequeños, muchos de ellos de la edad de mis hijos, que están en el cielo de verdad, sobre todas nuestras cabezas. Y que llegaron a donde están antes de tiempo. Y me plantee qué habría pasado si hubiera sido yo un judío de cuarenta y tres años, como los que tengo hoy, en la Polonia de 1943, y hubiera terminado apeñuscado en un tren, camino del suplicio, con la ira atada al infinito miedo por el futuro de los míos. Qué habría sido de Francisco y Gustavo, mis hijos, a quienes educo en la tolerancia y el respeto, si me los hubieran arrancado de los brazos para convertirlos en humo… Me lo pregunto porque creo que es en el recuerdo permanente de episodios tan insensatos y atroces como el Holocausto, que debemos fortalecer a diario nuestra vocación de no prestarnos para que estas cosas sucedan nuevamente. Como periodista, estoy permanentemente en contacto con la muerte, en formas que ni ustedes se imaginan ni yo quiero recordarles hoy. Asisto una y otra vez al espectáculo de la iniquidad y la sevicia, y siempre creo que lo que veo no va a ser superado. Me equivoco con frecuencia: cada tanto la maldad se supera a sí misma y me sorprende con formas que no acabo de entender. Pero lo que más me golpea y me aterra no es la maldad, que está en este mundo y jamás desaparecerá; lo que en realidad me descompone es la indiferencia de la gente frente al salvajismo y la manera peligrosa como solemos esquivar la desdicha ajena, amparándonos en el pobre argumento de que el asunto no es conmigo. Qué habría pasado, vuelvo a preguntarme, si la década del cuarenta hubiera sido fértil en hombres y mujeres dispuestos a darlo todo por los demás. Qué tal haber tenido cientos de personas como Raúl Valenberg, expidiendo visados y pasaportes para salvar al prójimo hasta el punto del sacrificio máximo… qué habría pasado si por toneladas hubiéramos tenido entonces tipos del talante de Víctor Kugler y Johannes Kleiman resguardando las paredes falsas detrás de las cuales hervía el amor verdadero de Ana Frank y su familia… qué habría pasado si hubiéramos contado con ejércitos de siplomáticvos como Ángel Sanz, que convirtió a miles de judíos húngaros y a sus hijos en españoles para evitarles la muerte… que habría pasado, me pregunto, si en aquella época los buenos hubieran entendido que la bondad no es susceptible de medida, que se es absolutamente bueno o no se es bueno… que no es posible ser bueno a medias. Sufro mucho cuando me enfrento en la prensa, el cine, la televisión o los libros al Holocausto. Pero con todo el desagrado que me produce, con sus millones de muertos y con su estela de sangre, sufro todavía más cuando encuentro por la vida personas que intentan minimizarlo, revisionistas muy serios que se esfuerzan en borrar del espíritu social una tragedia que, por mucho que nos duela, y sobre todo por lo mucho que nos duele, debe ser mantenida intacta en nuestros corazones. Créanme que podemos perderlo todo en un mundo donde perdemos dinero, amistades, bienes, amores, honras… pero nunca podemos darnos el lujo de perder a seis millones de personas. Nunca. Cada una de esas vidas que pudo haber engendrado a tantas y tantas otras vidas, debe inspirarnos en la tarea de no dejarnos tentar por los discursos de odio, los argumentos patrioteros de muerte y las venganzas de masa enfermiza. Debo decir, finalmente, para terminar como comencé, que así como no olvidaré la tragedia que me tocó el alma en el memorial de los niños del Yad Vashem, tampoco se me borrará la emoción que sentí cuando caminé por la Avenida de los Justos en las Naciones, donde árboles muy bellos resguardan placas con los nombres de todos aquellos que no tuvieron miedo a ser buenos. Y me acordé de una frase del Talmud que Spielberg eligió para promover en las carteleras de todo el mundo La lista del Schindler: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”. Déjenme ser de nuevo periodista para darles una buena noticia: no es imposible salvar al mundo. Y Dios, que todo lo puede, agradece mucho cualquier ayuda que podamos darle. Me entenderán mejor quienes hayan visto la cinta de Spielberg, y tengan siempre presente que en medio de este terrible mundo en blanco y negro que nos ha tocado vivir, debemos aprender a ver dónde están los niños con chaqueta roja.

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