AristiGol: del odio al apluso
Victor Aristizabal cambio un poco nuestro país. Lo hizo pasar del desprecio al reconocimiento, de la incomprensión a la admiración, del odio al paluso.
Me emocioné viendo la despedida de Víctor Hugo Aristizabal. Y una emoción a estas alturas del paseo en el fútbol con casi tres décadas de profesión, no es nada fácil. Y me emocionó por muchas cosas: por los 46.000 hinchas verdes que asistieron al estadio, por lo emotiva, porque el espectáculo giro en torno al protagonista, porque fue un acto familiar con todo el mundo y porque el país le devolvió a Aristi mucho de lo que algún día le quitó. Aristizabal ha sido el jugador más criticado en la historia de nuestro fútbol a pesar de haber sido el anotador más grande en la historia de Colombia. Hizo 348 goles. Ha sido el jugador más odiado por hinchadas distintas a la de Nacional, pero también el más querido por la propia y para la muestra un botón. Ha sido el peor goleador de la selección en el último cuarto de siglo y el mayor goleador del verde en toda su existencia. La vida de Víctor Hugo ha caminado por dos rieles que nunca se pudieron juntar, se ha debatido entre el amor y el odio, entre el reconocimiento y la critica, entre la aceptación y el rechazo. Pero el sábado 12 de julio por primera vez en su carrera, esos dos rieles se unieron en una comunión difícil de olvidar. La admiración, el respeto y el aplauso por su brillante carrera reunieron a todos los colombianos que esa noche fueron hinchas del antioqueño, incluyendo a aquellos que muchas veces le dimos palo ventiado. En 1996 en un partido de Copa Libertadores estaba con el empresario José Lázaro a quien lo llamó desde Brasil el técnico Tele Santana que le pedía ayuda para que Aristizabal llegara pronto al Sao Paulo. Tuve la oportunidad de escucharlo afirmar: “aquí yo voy a hacer de Aristizabal el mejor goleador del mundo”. Lo dijo un entrenador recordado y conocedor que lamentablemente no lo pudo tener mucho tiempo en el equipo. A pesar de haber sido criticado y cuestionado durante una década, de producir urticaria cuando lo llamaban a la selección, Aristizabal nunca tuvo rencores, ni odios, ni malas palabras con sus críticos. Todo lo contrario, en su despedida les agradeció porque con esas críticas creció y se fortaleció como ser humano. Aristizabal tuvo todas las condiciones de gran jugador y excelente goleador: tenía técnica, movilidad, inteligencia para ubicarse, resolver y provocar, podía jugar en punta, por los costados o arrancando de atrás, poseía la magia de los elegidos y el don del gol así le haya sido esquivo en la selección Colombia. Pero su mayor virtud fue otra y la compartió con todos en su último partido: la nobleza. Esa nobleza que lo hizo colectivo en la cancha y generoso en la calle, que lo convirtió en amigo de todos, que lo ratificó como gran hijo, esposo y padre, que le dio el reconocimiento del continente y que provocó que aquellos que lo odiaban lo aplaudieran. Por eso me emocioné, porque vi que un hombre común y corriente fue capaz con la pelota de cambiar un país que tiene que cambiar para que todos podamos disfrutar de una mejor convivencia.




