Hay un país
Este país nuestro, este país que amamos, disfrutamos y muchas veces lamentamos es una sumatoria gigante, hermosa, dura. Solidaria y generosa, además. Una sumatoria que vibra internamente y sacude a propios y extraños. Una suma que pasa tranquilamente y sin pudor del dolor del secuestro a la alegre celebración por una demorada liberación; esa suma que se alegra por un resultado futbolero, como también se aflige por la derrota y la eliminación del equipo nacional en un cualquier torneo.
Este país nuestro, este país que amamos, disfrutamos y muchas veces lamentamos es una sumatoria gigante, hermosa, dura. Solidaria y generosa, además. Una sumatoria que vibra internamente y sacude a propios y extraños. Una suma que pasa tranquilamente y sin pudor del dolor del secuestro a la alegre celebración por una demorada liberación; esa suma que se alegra por un resultado futbolero, como también se aflige por la derrota y la eliminación del equipo nacional en un cualquier torneo. Este país nuestro, este país que amamos, no se ha dejado derrotar por varias décadas de horror y violencia. No se deja vencer por la animadversión y la sevicia de los violentos, la crueldad de los secuestradores, os narcotraficantes ni la maldad de los avivatos, los de cuellos blancos o de cualquier color. Este país nuestro, este país que amamos, es esa enorme sumatoria de colores y fortalezas. Las mismas que desfilarán por este espacio, acompañadas de interrogantes y dudas, pero también de explicaciones, alertas, denuncias, convocatorias y exhortaciones. Este país nuestro, este país que amamos, es una magnífica suma de regiones. Una sorprendente sumatoria de contrates y profundas desigualdades; una suma de colores que va más allá del simple territorio, o del color de la piel. Una paleta enorme que va con frescura y sorpresa de los variadísimos verdes del Eje cafetero y el bananero territorio urabaense, el verde de las profundas, enigmáticas y carcelarias selvas del sur y el oriente, a los azules y aguamarina de nuestros océanos, a las planicies guajiras, y a la multiplicidad de colores de la sabana bogotana con sus extensos cultivos de flores y empleos. Este país nuestro, este país que amamos, se construye cada día con la fuerza del color regional. Con una vigorosa región central que sirve de locomotora, este país nuestro supera cada día sus complicados retos; se levanta cada día con la intención de olvidar sus problemas, e ilusionarse con el inmediato regreso de los secuestrados. Pero también se yergue para tratar de olvidar tantas yidis, teodolindos, jojoys, karinas, que siembran incertidumbres, zozobras, dolor y rabia. Este país nuestro, este país que amamos, es un país que sueña en sus regiones. En esas regiones que se cuestionan, por la pérdida de liderazgo en el Valle del Cauca, o a la enorme emigración en el Eje cafetero, o por qué persiste la ilusión sobre una diluida verraquera paisa. Que busca respuestas a las enormes diferencias sociales, a ese gigantesco contraste entre las riquezas que hay en las entrañas de las selvas y los ríos chocoanos y la miseria en la que vive la mayoría de sus comunidades negras e indígenas. Este país nuestro, este país que amamos, quiere seguir soñando con un territorio libre de grupos armados ilegales de todos los pelambres, libre del secuestro, ajeno a las componendas, los negociados, sin coimas ni cvy, con los secuestrados en casa, y sin el dolor de la miseria, el abuso sexual... Este país nuestro, este país que amamos, quiere vivir alegre como un carnaval en Barranquilla o Pasto, quiere ser una Feria de flores; tener la vibrante alegría del joropo llanero, de una cumbia o un fandango sucreño, o de un sanjanero bien bailao. Este país nuestro, este país que amamos, desfilará aquí con sus periodistas alertas, que opinan sobre los problemas de sus comunidades, que denuncian y explican, con la firme convicción de que este país se construye con el color regional. Por Luis Alberto Mogollón




