Internacional

Tormenta en la Antártida: olas de 12 metros y vientos de 140 kilómetros por hora

A bordo del "MV Ushuaia", 62 pasajeros y 30 tripulantes celebraban la inauguración de la primera sala de Cine en la Antártida, idea de los argentinos Jorge Coscia, director del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, y Mariano Memolli, director Nacional del Antártico

A bordo del "MV Ushuaia", 62 pasajeros y 30 tripulantes celebraban la inauguración de la primera sala de Cine en la Antártida, idea de los argentinos Jorge Coscia, director del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, y Mariano Memolli, director Nacional del Antártico.
La sala -el cine del barrio para ocho bases que hay en 35 kilómetros a la redonda- se inauguró el 13 de abril en la base científica Jubany, en la isla Rey Jorge.
De regreso a la ciudad de Ushuaia, la nave cruza el Pasaje de Drake, vasta extensión oceánica -380.000 kilómetros cuadrados- entre el Cabo de Hornos, extremo austral americano, y las Islas Shetland, confín norte antártico. Bautizado por el corsario inglés Sir Francis Drake, arrastrado a sus aguas en 1578, tiene merecida reputación como uno de los mares más peligrosos del planeta.
Por el Drake, donde se encuentran Pacífico y Atlántico, pasa el único mar que circunvala totalmente el globo sin masas terrestres que frenen el empuje del viento; aquí, la única tierra es el pequeño archipiélago de Diego Ramírez, 50 kilómetros al sur del Cabo de Hornos.
La inestabilidad es norma en estas latitudes, de la calma absoluta puede pasarse en poco tiempo a olas de 12 metros y vientos de 140 kilómetros por hora.
Fue lo que pasó mientras el pasaje del "Ushuaia" celebraba la inauguración antártica, acompañando los tragos con hielo "gruñón", como se llama el hielo polar, que se disuelve gruñendo al liberar partículas de oxigeno mantenidas a presión durante milenios; hielo de cincuenta mil años, que tiene la transparencia del cristal y tarda horas en disolverse. Pareciera que, tras siglos compactado en un bloque, es renuente a licuarse.
Hacia medianoche, la situación empieza a cambiar; las aguas se encrespan y el viento toma fuerza. Para las tres, las olas superan los doce metros, y la velocidad sostenida de los vientos, 120 kilómetros por hora, llega en rachas a 140. Los violentos embates de las olas vapulean el buque de manera inmisericorde.
Desde el puente de mando, espanta ver como la proa de la nave salta hacia arriba, apuntando al cielo en una ficticia sensación de verticalidad que provoca náuseas. Sigue lo que los marineros llaman pantocazo, la caída brusca, a plomo, de las 3.500 toneladas del "Ushuaia", que manifiesta con estremecedores chirríos sus tensiones estructurales. Otras veces, consigue romper la ola con algo más de dignidad, y en una nube de espuma, se desliza con cierta suavidad.
En el salón de popa, un periodista se suelta momentáneamente para encender un cigarrillo. Una sacudida le lanza por los aires de lado a lado del salón. Vuela unos metros y sus 120 kilos se estampan contra una mesa. Queda noqueado unos segundos; cuando abre los ojos, balbucea "sabía que los fasos (cigarrillos, en lunfardo) matan, pero no que matan a golpes".
Los objetos vuelan, tanto los que están sueltos como los guardados en armarios, cajones o, incluso, atornillados al suelo. La biblioteca se vacía y otro tanto ocurre con la cocina.
En los camarotes, vuelan lámparas, sillas, mesas... A una de las pasajeras se le viene encima la puerta de un armario. En algunos camarotes, revientan los inodoros.
Agrupados en el bar, una quincena de personas intenta inútilmente descansar. Se apiñan en una esquina, precariamente recostados sobre almohadones tendidos en el suelo y rodeados de sillones. Se cubren con mantas, parkas... Con el bamboleo del barco, la masa compacta que forman se mueve rítmicamente en bloque de un lado al otro de la sala.
Es sólo una fracción de segundo, pero el movimiento pierde su ritmo. La súbita interrupción de la rutina, ese momento cuando el navío queda repentinamente pegado en un extremo del péndulo, dispara la adrenalina.
Por las ventanas sólo se ve un muro de agua oscura, amenazante, se ve el infierno dantesco que el apellido del capitán del "Ushuaia", Aldighieri, evoca. El barco llega a escorarse 45 grados y, en esa fracción de segundo, queda suspendido al borde del abismo.
Hay ambiente de pánico contenido; los pasajeros intercambian miradas significativas: todos saben que si alguien sucumbe a la histeria, los demás seguirán inexorablemente igual camino. En su camarote, una pasajera sufre un ataque de ansiedad, y el doctor Petrossyan -armenio, nueve años en Argentina- tiene que dormirla.
La galerna alcanza su peor momento -la "tormenta perfecta" de George Clooney- entre cinco y ocho de la mañana; luego, amaina ligeramente, para volver a recuperar intensidad a las once.
La tempestad arranca una decena de metros de la barandilla estribor, se lleva una Zodiac, saca de su cabestrante otra y desplaza el eje de una grúa. Cuando la tempestad amaina momentáneamente, dos marineros se atan con cuerdas y salen a la cubierta de popa para salvar la segunda lancha.
La tormenta se mantiene hasta las once de la noche, cuando el "Ushuaia" alcanza aguas más tranquilas en el Canal del Beagle -nombrado por el barco en que Darwin hizo su viaje- que separa las
porciones argentina y chilena de Tierra del Fuego; para el pasaje del "MV Ushuaia", debiera llamarse la Tierra Prometida.

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