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País que duele

Hoy, como si lo que pasó no hubiera pasado, la gente de El Salado ha recibido una sentencia de muerte: o se van o los matan.

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"Con una pistola en la mano, y un puñal en la otra, el 'Gallo' buscaba casa por casa a la mujer que él creía era la novia de 'Martín Caballero', el jefe del Frente 37 de las Farc. El paramilitar, gritón y vulgar, recorrió las calles de El Salado, un pueblo remoto incrustado en los Montes de María, en Bolívar, dando patadas a las puertas y amenazando con sus armas a todas las muchachas que se encontraba a su paso. Hasta que encontró a Nayibis Contreras. Ella apenas sobrepasaba los 16 años. Cuando la tuvo al frente, el 'Gallo' enredó su larga cabellera en su brazo y la arrastró sin piedad por las polvorientas calles del pueblo. Dando tumbos entre las piedras, la llevó hasta la cancha de fútbol donde se agolpaba una multitud de campesinos, convertidos a la fuerza en público de la carnicería humana que se avecinaba.

"En el piso yacía el cuerpo aún tibio de Luis Pablo Redondo, un maestro al que habían torturado y asesinado cruelmente. Para empezar le quitaron las orejas con un cuchillo. Luego, lo apuñalaron decenas de veces entre las costillas y el vientre. Aún vivo, le pusieron una bolsa negra en la cabeza. Los gritos del atormentado se confundían con pequeños quejidos del público horrorizado. La voz del hombre se fue apagando y luego un tiro de fusil lo dejó todo en silencio. Y ahora Nayibis, apaleada en todo el cuerpo, estaba en el cadalso, atada al único árbol que le da sombra a la plaza, mirando de frente, con ojos despavoridos, la iglesia de la que hasta Dios había huido. 'La guindaron de un árbol y con las bayonetas de los fusiles la degollaron', reconoce el paramilitar 'Dique' en su versión libre.

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"Las muertes se producían cada media hora. La gente estaba bajo el sol inclemente, de pie, viendo cómo se llenaba de cadáveres la plaza, y como los paramilitares festejaban su 'hazaña'. Los paramilitares sacaron los tambores, las gaitas y los acordeones, y con cada muerto, hacían un toque. Era un ambiente de corraleja, donde las fieras tenían la ventaja y las víctimas estaban indefensas.

"Los paramilitares recién reclutados pedían a sus superiores que les permitieran disparar, como si fuera un privilegio. 'Ellos me decían: 'deme la oportunidad, quiero darle de baja a una persona...'', entonces yo se la daba', contó 'Juancho Dique'.

"Como si fuera poco, violaron a una mujer varios hombres en fila. Se ensañaron en las mujeres. A algunas de ellas les metieron los alambres donde se seca el tabaco por la vagina. A todas las insultaron diciéndoles que eran las amantes de los guerrilleros.

"Mientras tanto, un helicóptero que volaba bajito ametrallaba las casas del pueblo. En una de ellas murió destrozado Libardo Trejos, quien se escondía junto a varios vecinos, y cuya sangre bañó durante todo el día a una niña de 5 años, que desde ese día no ha vuelto a hablar ni se ha recuperado del trauma".

Esta es apenas una mínima parte de la dura crónica que escribió la periodista Martha Ruiz para Semana sobre esos días de sangre y dolor.

Cerca de 200 personas fueron torturadas y asesinadas, decapitadas, desmembradas con motosierra, destrozadas por dentro con puñales, bayonetas, destornilladores, palos afilados... El asesinato masivo fue cometido por el Bloque Norte y Bloque Héroes de los Montes de María de las Autodefensas, que comandaba Rodrigo Tovar Pupo (alias 'Jorge 40'), y Rodrigo Mercado Pelufo (alias 'Cadena').

Hoy, como si lo que pasó no hubiera pasado, la gente de El Salado ha recibido una sentencia de muerte: o se van o los matan. Están amenazados, asustados, acorralados, desesperados... más de veinte años pasaron y parece que alguien quiere repetir la historia en el país del todo es posible. País que avanza hacia el futuro sin mover los pies del pasado. Pobre país anclado en sus miserias.

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