Travesía por tierra, agua y aire del Coronel Pinzón para reforzar la seguridad en el sur de Bolívar

Policía de Bolívar
Dicen en el sur de Bolívar que los ríos tienen memoria. Que el Magdalena y sus brazos no olvidan a quienes pasan de largo ni a quienes se detienen a escuchar el rumor del agua. Aquel mediodía, mientras el sol parecía colgar inmóvil sobre los techos de zinc, algo distinto comenzó a moverse en el horizonte.
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Primero fue el helicóptero, trazando círculos lentos sobre la sabana húmeda, como si buscara un lugar donde posarse sin perturbar el silencio. Luego, la lancha abrió una herida brillante sobre el río espeso. Después, el polvo se levantó bajo las llantas en los caminos del sur.
Por tierra, agua y aire, el coronel, Diego Fernando Pinzón Poveda, nuevo comandante del Departamento de Policía Bolívar, irrumpía en el territorio como si la geografía no fuera obstáculo, sino invitación. No parecía una gira institucional.
Parecía una forma de promesa.
El sur de Bolívar no es un territorio sencillo. Aquí las distancias se miden en horas de río, las carreteras se diluyen con el verano y el servicio policial exige una vocación que pocas veces se narra.
La travesía ya había recorrido Magangué, el histórico Distrito de Mompox, Talaigua Nuevo, Cicuco, Río Viejo, Hatillo de Loba y San Martín de Loba, acompañado en uno de sus desplazamientos aéreos por el gobernador y el secretario de Seguridad. Desde el aire, el territorio se mostraba como un mosaico verde atravesado por venas de agua; desde abajo, era la confirmación de que el Estado decidía hacerse visible.
En la quietud de la estación de Policía de San Martín de Loba, entre turnos y recuerdos, la patrullera Helen Karina compartió una conversación cercana con el coronel. No fue un diálogo de cifras ni de órdenes, sino de vivencias marcadas por el servicio y el territorio.
El comandante evocó con especial afecto su paso por el departamento del Chocó, donde se desempeñó como comandante operativo entre 2019 y 2020. Habló de su gente pujante, resiliente y solidaria; de comunidades que, pese a las dificultades, enseñan a diario el verdadero significado del compromiso y la esperanza. Fue una charla sencilla, pero cargada de memoria y sentido humano, que reafirmó que detrás del uniforme también hay historias que unen y dejan huella.
La gira tenía nombre —Plan Dignidad—, pero lo que se respiraba en las estaciones iba más allá de un programa institucional: era la sensación de que alguien había decidido acortar la distancia entre el mando y el personal subalterno.
El mensaje del coronel fue directo: “Acompañar y respaldar a nuestros policías es un deber. Son nuestra familia extendida y el corazón de la Institución. Estuvimos con ellos, escuchándolos y fortaleciendo el trabajo en equipo”.
En ese sur donde las palabras suelen medirse por su cumplimiento, el comandante caminó sin prisa. Preguntó por los turnos que parecen no terminar nunca, por las noches en las que el silencio pesa más que el chaleco y por las familias que esperan lejos. Escuchó sin mirar el reloj.
Salir del despacho fue su primer gesto de mando. En un departamento donde la geografía es casi un carácter —ríos que separan, distancias que se estiran, caminos que desaparecen— llegar no es un trámite: es una declaración de voluntad.
Cada municipio visitado dejó un mensaje silencioso para los uniformados: el comandante sabe dónde están. Y cuando el mando sabe dónde está su gente, la moral cambia de temperatura.
No hubo discursos largos ni ceremonias innecesarias. Hubo diálogo. Ese acto aparentemente simple —mirar a un patrullero y preguntarle cómo está— tiene algo de extraordinario en territorios donde el servicio exige más de lo que muchas veces se cuenta. Porque cuando un policía se siente escuchado, ocurre algo casi invisible: el deber deja de ser carga y se transforma en convicción.
La patrullera lo resumiría horas después, apoyada en la baranda caliente de la estación:
—Se siente distinto cuando el comandante viene.
Entre estación y estación quedó flotando una idea que no necesita retórica: no puede haber seguridad fuerte sin policías respaldados. Trabajo en equipo, disciplina y sentido de pertenencia, no como palabras de pared, sino como arquitectura interna de la institución.
Para muchos uniformados, la visita fue más que un gesto protocolario; fue un reconocimiento al esfuerzo que se hace desde la distancia y un impulso silencioso para continuar una labor que rara vez concede pausas.
El recorrido por Magangué, Mompox, Talaigua Nuevo, Cicuco, Río Viejo, Hatillo de Loba y San Martín de Loba empieza a revelar el posible sello de esta nueva comandancia: cercanía operativa, presencia territorial y coordinación con autoridades civiles.
Pero hay algo más difícil de describir y más fácil de percibir: convicción. Una convicción que no se anuncia; se nota en la manera de llegar.
Cuando el helicóptero finalmente se perdió entre las nubes espesas de la tarde y las patrullas retomaron su rutina, el sur quedó envuelto en una sensación extraña, como si el aire hubiera cambiado de densidad.
Los viejos del puerto dirían después que hasta el río parecía correr distinto. Quizá era exageración, o quizá no. En el sur de Bolívar, los ríos no solo transportan agua: también arrastran la memoria de quienes se atreven a remontarlos. Porque liderar no es únicamente dar órdenes desde la distancia; es hacerse presente, mirar a los ojos y demostrar que también se sabe llegar donde más se necesita.



