Rosamira Guillén: la arquitecta que convirtió al mono tití en un símbolo de conservación
Lo que comenzó como una tarea en el Zoológico de Barranquilla en 1995 llevó a Rosamira Guillén a liderar un movimiento que cambió la historia del mono tití cabeciblanco en Colombia.

Desde 2005, Proyecto Tití ha reforestado al menos 370 hectáreas y almacenado 100.000 semillas de especies nativas del Caribe. | Foto: Cortesía - Federico Pardo
Durante más de dos décadas, Rosamira Guillén ha liderado uno de los esfuerzos de conservación más importantes del Caribe colombiano: la protección del mono tití cabeciblanco, una especie endémica del país que hoy es un emblema de identidad, comunidad y biodiversidad.
De la arquitectura al compromiso por una especie única
El camino de Guillén empezó lejos del mundo ambiental. Su proyecto de vida se centraba en la arquitectura y en estudiar en Estados Unidos, algo que logró gracias a una beca Fulbright. Tras su maestría en paisajismo en Nueva York, regresó a Colombia y en 1995 comenzó a trabajar en el Zoológico de Barranquilla. Fue allí donde conoció, por primera vez, al tití cabeciblanco. “No tenía ni idea de que existía y me dieron la misión de investigarlo para diseñar su exhibición”, señala. Esta investigación la llevó a un descubrimiento más profundo: en su ciudad había una riqueza natural desconocida incluso para muchos de sus habitantes.
Ese encuentro cambió su trayectoria profesional. Desde el zoológico, y luego como directora de la institución, trabajó con la bióloga Anne Savage, pionera en el estudio de la especie desde los años ochenta. En 2004 se vinculó como voluntaria al Proyecto Tití con la misión de convertirlo en fundación. Poco después asumió su dirección, desde donde ha articulado ciencia, conservación y comunidad para proteger al tití cabeciblanco (Saguinus oedipus), una especie propia del Caribe y del Urabá antioqueño.
Un modelo de conservación con ciencia, comunidad y territorio
Uno de los primeros desafíos del equipo fue realizar el primer censo nacional del tití, un trabajo que requirió diseñar metodologías propias, pues se trata de un primate pequeño que había sido víctima de la caza y del tráfico para experimentación científica hasta los años setenta. El resultado fue contundente: para 2005 quedaban alrededor de 7.500 ejemplares, presionados por la deforestación, la fragmentación del bosque seco y el comercio ilegal de fauna.
Con esos datos, el Proyecto Tití logró que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza UICN reclasificara la especie como En Peligro Crítico de Extinción, un avance que más tarde respaldó el Ministerio de Ambiente al actualizar la categoría en el país. Desde entonces, la organización ha realizado dos censos adicionales, en 2012 y 2022, este último aún en análisis.
“Ahí dejó de ser un proyecto de ciencia para migrar a uno de conservación. La investigación por sí misma no es suficiente para proteger a una especie. Te da información importante para saber qué pasa y diseñar estrategias, pero es un insumo como cualquier otro” asegura la arquitecta.
Paralelo a la investigación, Guillén lideró un enfoque de conservación basado en la participación comunitaria. La estrategia comenzó con educación ambiental y se fortaleció gracias al carácter carismático del tití: su cabellera blanca, su pequeño tamaño y el hecho de ser una especie “100% colombiana” facilitaron que niños, familias y comunidades lo adoptaran como parte de su identidad. “Tú llegas a un salón de clases y dices, ‘mira, nada más vive en Colombia’, y de inmediato se despierta un poquito de incredulidad, un poquito de asombro y un poquito de interés, porque es costeño, como nosotros. La gente concluye que hay que protegerlo porque es nuestro, porque genera orgullo” reconoce.
Escuche: El Tití Cabeciblanco reclama más bosque tropical
A ello se sumaron alternativas económicas como los acuerdos de conservación, que hoy vinculan a unas 200 familias que protegen fragmentos de bosque a cambio de insumos productivos y mejoras en sus condiciones de vida.
El trabajo territorial se ha consolidado con la creación de una reserva natural en San Juan Nepomuceno (Bolívar), que empezó con 70 hectáreas y hoy supera las 1.000. Además, el proyecto ha reforestado cerca de 370 hectáreas y conserva 100.000 semillas de 70 especies nativas del bosque seco tropical. También ha incidido en decisiones públicas, como la declaración de inviabilidad para la construcción de un aeropuerto en pleno hábitat de la especie, entre Cartagena y Barranquilla, una discusión que en 2010 y 2011 terminó generando tres áreas protegidas que hoy suman 5.100 hectáreas.
Más de 17.000 estudiantes han participado en procesos educativos del proyecto, que incluyen títeres, cuentos y una champeta dedicada al tití, acciones pensadas para cambiar actitudes y promover un sentido de responsabilidad frente al entorno.
Un símbolo de identidad y una apuesta a largo plazo
Para Guillén, conservar al tití es también fortalecer el vínculo de la gente con su territorio. La clave, dice, está en conectar desde la empatía y ofrecer oportunidades dignas para transformar comportamientos. Por eso, la estrategia no se limita a la ciencia, sino que integra diálogo con instituciones, educación, alternativas económicas y la visibilización de la especie como un símbolo regional.
Hoy, la Fundación Proyecto Tití cuenta con un equipo de 51 personas y un plan a diez años que busca lograr que el tití deje algún día la categoría de amenaza crítica. El objetivo es claro: consolidar su conservación a largo plazo. “Hace 20 años, el tití no estaba en la agenda de nadie. Ahora es parte de nuestra identidad”, afirma Guillén, convencida de que el camino recorrido demuestra que proteger una especie también significa fortalecer comunidad, territorio y futuro.



