Laura Restrepo, la voz que ha narrado nuestras fisuras más profundas

Tras el estreno de la serie basada en Delirio, la escritora regresa al país para seguir creando desde el Eje Cafetero y presentar su nueva obra Soy la daga y soy la herida.

Laura Restrepo, una de las voces más potentes de la literatura latinoamericana. |Foto: Andrés Galeano - El País

Laura Restrepo, una de las voces más potentes de la literatura latinoamericana. |Foto: Andrés Galeano - El País

La aparición de una obra en pantalla no siempre define la relevancia de un escritor, aunque suele servir para que nuevas generaciones regresen a sus libros. En el caso de Laura Restrepo, la adaptación de Delirio por parte de Netflix solo reactivó una conversación que nunca se había apagado. Antes de eso, ya era una figura sólida de las letras latinoamericanas, reconocida tanto por su literatura como por su voz política. Su defensa temprana de la población de Gaza es apenas uno de los ejemplos más recientes de un compromiso que arrastra desde su juventud, cuando estudiaba literatura y decidió vincularse a la militancia política inspirada por la Colombia que veía desde una escuela pública conocida como el ColCol.

Una vida marcada por contradicciones, cambios y lealtades

Restrepo nació en una familia acomodada, rodeada de viajes, arte y privilegios que nunca le impidieron desarrollar empatía por los demás. Su madre provenía de un linaje adinerado el mismo que dio nombre al Estadio Nemesio Camacho El Campín y su padre, comerciante liberal sin dogmas, le inculcó la libertad de pensamiento. En sus años universitarios, la efervescencia política que atravesaba el mundo de Cuba a Vietnam, pasando por España y el mayo del 68 la impulsó a sumarse a un bloque socialista. Lo hizo seducida por un militante que cargaba En busca del tiempo perdido bajo el brazo: para ella, prueba de que era posible unir la lucha de clases con el amor por la cultura.

En esa época repartía propaganda en barrios populares, editaba publicaciones y llegó a donar la herencia paterna al movimiento político que consideraba su segunda familia. Con uno de sus compañeros viajó a Argentina, donde nació su hijo Pedro. Paradójicamente, después sería ella quien tendría que enfrentar una odisea para traerlo de regreso a Colombia, experiencia que años más tarde narraría en Demasiados héroes, su única novela plenamente autobiográfica.

El periodismo la llevó a Semana, primero en páginas de cultura y luego como editora política, etapa que terminó por conectar su vocación narrativa con los acontecimientos del país. Allí fue contactada por Belisario Betancur para acompañar los primeros acercamientos de paz con el M-19. De esa experiencia surgió su novela Historia de un entusiasmo, así como las amenazas que la empujaron al exilio en México, donde siguió insistiendo en la necesidad de firmar la paz. Su regreso a Bogotá incluía un cargo burocrático como directora de Cultura y Turismo, del cual la apartó de nuevo la literatura cuando Delirio ganó el Premio Alfaguara en 2004.

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Una narradora que rompe moldes dentro y fuera de la ficción

Restrepo ha transitado su vida personal con una libertad inusual en su generación: parejas distintas, países diversos y un ejercicio permanente de independencia emocional e intelectual. España fue durante años su hogar, donde trabajó con el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), y luego los Pirineos catalanes se convirtieron en su refugio junto a su última pareja, el escritor y político mexicano Carlos Payán (qepd), y su hijo Pedro. Allí vivió entre montañas, aves y estaciones marcadas por sonidos naturales que la acompañaron mientras escribía.

Hoy trabaja desde el Eje Cafetero, pero su literatura nunca ha perdido la mirada sobre Colombia. Los divinos, por ejemplo, parte de un crimen real cometido por un joven de clase alta contra una niña, para revelar las raíces violentas y arrogantes de una élite que prefiere no mirarse al espejo. Aunque su obra evita caer en moralismos, sus narradores profundos y bíblicos exponen los matices más incómodos de nuestra sociedad, con un estilo que le debe tanto a la crudeza de Nabokov como a su propia sensibilidad política.

Restrepo suele decir que es novelista porque no pudo ser poeta, pero sus libros desmienten esa frase. En sus páginas hay una poesía visceral, más cercana al duende de una bailaora que a la delicadeza clásica. Esa fuerza se nota en Soy la daga y soy la herida, su publicación más reciente, una sátira feroz y oscura lo que llama “brutal noir” que retrata la violencia contemporánea desde un lugar que trasciende cualquier tiempo específico.

La vigencia de sus historias lo confirma: leer hoy Hot Sur en medio del debate migratorio en Estados Unidos, o volver a Delirio para recordar que la verdadera locura no es solo individual sino colectiva, demuestra por qué su obra se sostiene sin importar la década. Sus novelas, profundas y abrasadoras, parecen destinadas a sobrevivir el paso de los siglos, sorprendiendo a futuros lectores como piezas literarias excavadas de una época tumultuosa, indispensable para comprendernos.

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