Un inolvidable viernes de abril…

Enrique Portilla es un pensionado que vivió en el centro de la capital cuando se desató el ‘Bogotazo’. Sus memorias de un día que recuerda como si fuera ayer.

Algunas experiencias de la infancia pueden tener un impacto significativo a largo plazo. Expertos señalan que las situaciones importantes, positivas o traumáticas que ocurren en la vida de los niños, quedan guardadas en su memoria para siempre. Don Enrique Portilla Fuerte, es la muestra de que no hay nada más cierto.

A sus 83 años recuerda perfectamente y con una lucidez, que parece increíble, el 9 de abril de 1948. Un día que lo marcó, no solo a él, sino a un país que sigue luchando contra la violencia y por ese anhelo de dejar de lado las divisiones políticas y la polarización que tanto daño nos ha hecho.

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Enrique Portilla. (Caracol Radio)

Ese día, un poco después de la 1:05 p.m., Jorge Eliécer Gaitán, ‘el caudillo del pueblo’, fue asesinado por el impacto de tres balazos provenientes de un viejo revólver 38 corto. El hecho ocurrió a la altura de la Carrera Séptima con Avenida Jiménez. Gaitán no había caminado ni una cuadra, cuando Juan Roa Sierra, un hombre de baja estatura, desempleado y vestido de traje gris, le quitó a un pueblo la esperanza de cambio al accionar el arma.

Don Enrique solo tenía ocho años cuando el trágico momento sucedió y vivía en el centro de Bogotá junto a su familia. Aquel viernes salía del colegio de la mano de su papá, cuando empezó a ver en llamas la ciudad que lo vio crecer.

El caos se apoderó de Bogotá…

Recuerda los gritos, el caos, la violencia, la desesperanza y la fractura que esa muerte prematura provocó en su familia. Lo recuerda como si hubiera sido ayer.

“Yo vivía en la Calle 2b con Carrera Tercera y estudiaba en un colegio en la Carrera Tercera, entre calles 12 y 13. Tenía que desplazarme hasta la Carrera Tercera con Calle 12, mientras que mi papá trabajaba en la Gobernación de Cundinamarca, en la Avenida Jiménez con Carrera 7. Recuerdo que él pasaba todos los días a las doce y me recogía para ir a la casa a almorzar”, narra don Enrique.

Luego, “sobre la una de la tarde me volvía a llevar al colegio… Ese día, un nueve de abril, estábamos terminando de almorzar cuando publicaron en la radio que asesinaron al doctor Gaitán. En su momento, no se pensó que iba a pasar todo lo que sucedió”.

Mientras don Enrique terminaba el almuerzo junto a su padre no sonaba cosa distinta a las noticias en su casa. En la Radiodifusora Nacional se escuchaba: “por motivos de la irreparable desaparición del más ilustre hombre de Colombia, doctor Jorge Eliécer Gaitán, debe desencadenarse una revolución en la historia del país. Aquí nos apoderamos de la Radiodifusora Nacional (…) habla Jorge Gaitán Durán. Aló. Aló. Fuerzas liberales e izquierdistas de Colombia (…) apodérense del Gobierno sin temor para derrocarlos. A la carga”.

Y así sucedió. El caos se desató rápidamente en la ciudad. “Mi papá me cogió y me llevó al colegio y él siguió derecho para su trabajo. Yo calculo más o menos que pasaron unos 40 minutos, después mi papá se devolvió y me recogió nuevamente para llevarme para la casa. Cuando salí se oían muchos disparos”, recuerda don Enrique.

La incertidumbre de volver a casa

Y continúa: “salimos y cogimos hacia el norte, hacia la Calle 13 y subimos por la Plaza de la Concordia, hacia la Circunvalar. Llegamos allá y cogimos hacia el sur. Luego, sobre la Décima subía gente armada con machetes y hachas, mucha gente cargada también de comida y ropas, porque habían asaltado todas las ferreterías que había en San Victorino, unas cosas tremendas (...) ahí ya me di cuenta de que Bogotá se veía en llamas por todo el Centro. Habían empezado a quemar y a saquear todo lo que podían”.

En ese momento, cuenta don Enrique, que no dimensionaba la magnitud de los actos que estaba presenciando y más que sentir miedo o temor, lo invadía la curiosidad. Como todo niño, sentía ganas de salir corriendo a ver cuál era el alboroto unas calles más abajo. Por supuesto, su papá veía la situación con otros ojos.

“Caminábamos pegados hacia las paredes, para evitar los balazos. Pero a mí me llamaba mucho la atención ver cómo era que se quemaba Bogotá… Ya llegando a la Calle Décima veía a las personas con lo que habían asaltado. Ahí si la cosa se puso más seria”.

Don Enrique no olvida y guarda en su memoria con afecto al dueño de una tienda, un vecino suyo, que ante la escasez de alimentos que se empezó a vivir el segundo día le daba panes a él, a sus cinco hermanos y a sus papás. Les fiaba comida sin importar sus tendencias políticas, pues ellos también eran liberales.

“La pelea fuerte duró tres días. En la iglesia Santa Bárbara había francotiradores en la torre de la iglesia (en el barrio las Cruces). Luego llegó el Ejército y desde la Carrera Décima empezaron a bombardear la iglesia con disparos de cañón, hasta que tumbaron la torre de la iglesia. Los incendios y los disparos eran para todos los lados”, cuenta.

El encierro

En la radio, mientras tanto, solo se escuchan las noticias de los centenares de muertos en las calles capitalinas. “Contaban que los muertos estaban botados hasta en el piso. No había dónde enterrarlos. En ese entonces salió una revista y publicó las fotos. Me impresionó observar que en los corredores del cementerio había una cantidad de cadáveres botados en el piso. Las familias iban a ver si los podían reconocer para poder darles sepultura”.

En su vivienda poco se hablaba por esos días, todos estaban desconcertados. Pero afuera el sonido del caos no paraba. Don Enrique recuerda que, en frente de su casa, estaban edificando una vivienda poco común en esa época, con dos plantas.

Entonces, le ganó la curiosidad y junto a sus hermanos se subió hasta allí a observar qué pasaba afuera. “Nos tocaba estar agachados porque los balazos sonaban por todos lados. La carrera séptima estaba completamente incendiada, había fuego por todo lado y no podíamos respirar por el humo afuera, era surrealista ver todo eso”.

Un país dividido…

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Bogotazo /Rodríguez, Manuel H. (1920 - 2009) / 1948 / Número registro: 11780/ © Colección Museo de Bogotá

El panorama político don Enrique lo recuerda con mucho odio y poco diálogo. “Se oía a los curas en las misas decir que había que matar liberales, que se tenía el perdón de Dios si se hacía. Seguramente los curas eran conservadores”.

Su papá era liberal y a la edificación de la Gobernación de Cundinamarca, donde él trabajaba en la imprenta, la incendiaron. A los trabajadores, según cuenta don Enrique, les dieron hasta fusiles para defender el lugar.

“Después del incendio de la Gobernación, llamaron a todos los trabajadores para reconstruir la imprenta. Tras unos días la pusieron a funcionar, sin embargo, tan pronto funcionó, botaron a todos los liberales… Mi papá se quedó sin trabajo y nosotros sin sustento porque mi mamá era ama de casa”, narra.

A don Enrique le tocó observar días difíciles en su casa, a su papá no le quedó de otra que salir a buscar trabajo y mencionaba poco sus tendencias liberales. La situación no era para menos.

No obstante, el padre de don Enrique era muy conocido por su trabajo en la imprenta y consiguió trabajo tiempo después, tras varios días de pasar necesidades, en una cooperativa de artes gráficas. La persecución política para él y los liberales continúo por mucho tiempo.

Su papá repetía mucho una frase de Gaitán: “la misma hambre siente un liberal que un conservador”, una oración que recuerda como formadora y que le enseñó a no ver el mundo igual que los que lo antecedieron, a tratar a las personas con más respeto y dejando de lado los colores políticos.

Con el tiempo don Enrique salió del centro de Bogotá, trabajó en el departamento de bienes raíces de un banco por 27 años, viajó por el país y disfrutó de su vida hasta el cansancio. Nunca se casó, ni tuvo hijos y ahora pasa su vejez bajo el cuidado de unas profesionales enfermeras, en el hogar geriátrico Años Dorados, en el barrio Modelia.

Cuando vuelve al centro siente nostalgia de recordar esos tiempos, a su familia y a ese día que cambió la historia y no olvida. Ya no pasea mucho, sobre todo porque le da pereza el transporte y la ciudad caótica en la que se convirtió Bogotá.

“El centro nunca volvió a ser el mismo, tumbaron las casas e hicieron edificios. Ya no se veían los mismos almacenes, ni las ferreterías. Nada era lo mismo en el paisaje. Pero la gente tampoco volvió a ser lo que era. Para calmar a Bogotá, tuvieron que traer gente del Ejército de diferentes partes del país. Se veían soldados por todo lado, la gente vivía precavida… Ese día fue algo que, sin duda alguna, cambió a Bogotá y a nosotros, sus habitantes, para siempre”.