Dónde está la bolita

Rosa Elvira Cely, Miguel Uribe y el mea culpa

Las instituciones creadas para defendernos inclinan la balanza a favor de los hombres.

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Ese día en que iba caminando por la calle a las cinco de la tarde y un hombre se me mandó encima para tocarme, yo tuve la culpa. Debí buscar una calle diferente a la de mi propia casa, saber que ese tipo de cuarenta años no iba a poder controlar sus ganas de empujar a una niña de diecisiete para tocarle la vagina y los senos. Si. Ahora que lo pienso bien, fue mi culpa. Lo mismo el día en que iba en bicicleta hacia mi trabajo a las dos de la tarde y un tipo que iba de copiloto en un carro sacó la mano por la ventana y me apretó la nalga gritando cochinadas mientras yo me esforzaba por no caer. No entiendo cómo no me di cuenta que no debía usar mi bicicleta, ni agacharme para agarrar el timón. Claro, fue mi culpa. Entiendo que fue mi culpa que un invitado importante a una fiesta de la oficina me empujara contra la pared y me levantara la blusa para intentar agarrarme los senos. ¿Cómo no se me ocurrió pensar que al acompañarlo a buscar su chaqueta él se vería obligado a hacer eso? Él y yo solos, ya finalizando la fiesta, obvio que fue mi culpa, como también lo fue que hace poco al regresar de bailar con una amiga a la una de la mañana, un par de tipos se acercaran diciendo "a estas dos hay que ponerlas en cuatro y darles", obligándonos a esquivarlos asustadas. Merecía ese susto. No debí salir a bailar sin un hombre que nos escoltara, ni pasarla bien sin ellos, ni regresar caminando aunque el recorrido fuera de cuatro cuadras.

Luego de que la Secretaría de Gobierno de Bogotá haya dicho que Rosa Elvira Cely tuvo la culpa de que un compañero de estudios la golpeara, violara, empalara y matara, las mujeres colombianas debemos entender que todas las agresiones de género que suframos a lo largo de la vida serán nuestra culpa. Eso es lo que debe quedarnos claro al leer “si Rosa Elvira Cely no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte”.

Más allá de que el secretario de Gobierno, Miguel Uribe, se esté dando golpes de pecho al ver la indignación provocada por el concepto emitido por la institución a su cargo, y que la autora del mismo, la abogada Luz Stella Boada haya presentado su carta de renuncia, lo que debe quedarnos claro es que la pelea que tenemos por delante es larga, pues la creación, redacción y publicación de semejante concepto sexista no es un hecho aislado. Es la prueba de que al interior de las instituciones creadas para defendernos se dan condiciones que inclinan la balanza a favor de los hombres, de que en la mente de mujeres como Boada que han tenido la oportunidad de formarse y ayudar a otras mujeres existe la idea de que su género implica limitaciones que de ser traspasadas merecen castigo, y peor aún, es la evidencia de que en Colombia existe una forma de pensamiento terriblemente degradante para los hombres, según la cual toda mujer que decida interactuar libremente con ellos, debe pensar de antemano que no está tratando con personas sino con animales.

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