Dónde está la bolita

Te compro a tu novia

Cuando se produce un acto de violencia contra la mujer, el ejecutor suele estar convencido de que se trata de SU mujer.

Como parte de un supuesto experimento social para ver por cuánto dinero estaría dispuesto un hombre a vender a su novia, un fulano gringo decidió grabar un video en el que se acerca a una pareja y le dice al hombre “hola qué tal, ¿cuánto por tu novia?” El otro le contesta algo así como ¿qué quieres decir? Y el fulano le explica que quiere pasar una noche con ella, “favores sexuales incluidos” y el otro le responde sin pensarlo mucho que eso le costaría un millón de dólares.
 
La novia, el pedazo de carne que está a la venta, se queda absolutamente callada y apenas si da un paso detrás del cuerpo de su novio, el bulto de testosterona que está dispuesto a convertirse en  proxeneta, dedicada a observar pasivamente el típico tire y afloje de cualquier negociación. Mientras su novio agarra un fajo de 10.000 dólares que le ofrece el fulano, ella va y viene medio risueña, medio indignada, lo ve babear al revisar la autenticidad de los billetes, deja que le pregunte al otro si en podría quedarse con el dinero si accede a venderla, y cada vez que dice alguna cosa mínima e inaudible, lo hace dirigiéndose a su dueño, nunca mirando ni siquiera al fulano que quiere comprarla como para decirle “no estoy a la venta”, o “por 10.000 te doy cuarenta y cinco minutos y no hay sexo oral” o cosas por el estilo, tal como lo haría cualquier negociador que se sabe dueño de la mercancía. No. Ella tácitamente acepta que su cuerpo le pertenece a su novio y deja en sus manos toda la negociación.



¿Cómo es posible que en pleno año 2015 en Estados Unidos, todos los personajes involucrados en el video estén tan de acuerdo en que la potestad sobre el cuerpo de una novia es del novio, y que lo único que hay que cuestionar ante un escenario de venta es el monto?
 
Peor aún, ¿cómo es posible que al evaluar el video en un programa radial conducido por cuatro mujeres y dirigido especialmente a mujeres –que fue la manera como supe de su existencia- a ninguna le llamó la atención que la novia no jugara ningún papel en la negociación, pese a ser la dueña de la mercancía? Ninguna mencionó el hecho de que no fue ella quien dijo sí o no, o la que puso el precio, ni siquiera la que dijo “¿de verdad puedo quedarme con los 10.000 dólares?”
 
Tanto ella como su novio están convencidos de que el dinero será para él, y en lo único que se fijaron las cuatro (¡cuatro!) locutoras del programa de radio fue en el hecho de que el tipo estuviera dispuesto a vender su a su novia. Para ellas lo raro no es que él se crea dueño de ella y ella se asuma mercancía de él, no. Lo raro es que él se anime a vender su bien amada propiedad.
 
Tras este insignificante amague de indignación, las cuatro locutoras pasaron a recordar con nostalgia de colegialas aquella película noventera llamada “propuesta indecente” en la que lo indecente por supuesto no era que Robert Redford negociara con Woody Harrelson el cuerpo de Demi Moore ignorando que le pertenece a ella, sino que un hombre le ofreciera dinero a otro por su esposa.
 
Cada vez que se produce una violación, un feminicidio o un ataque con ácido, el hombre que ejecuta la barbarie suele estar convencido de que su víctima más que una mujer, era SU mujer, y que por tanto podía disponer de ella a su antojo.
 
Cada vez que este tipo de acciones se convierten en noticia, mujeres como las del programa de radio se lamentan al aire, condenan al agresor y se preguntan lloriqueando cómo es posible que tales cosas sucedan, por qué el sistema no opera eficientemente para hacer justicia, cómo es que las víctimas solían conocer al agresor, solían aceptar ser tratadas como un objeto de su propiedad.
 
Escuchándolas “analizar” cómo lo hacen un video en que un hombre compra a una mujer, cuesta creer que las locutoras de verdad se sorprendan al toparse con estas preguntas y se sientan completamente ajenas a las respuestas. 

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