El fútbol levanta una ola de sano patriotismo en Alemania
Alemania vive estos días el Mundial de fútbol en un clima de sano patriotismo, sin precedentes en la posguerra de un país donde una simple bandera nacional en público levantaba sospechas de simpatías hacia la ideología nazi. El Mundial de fútbol parece haber terminado con este tópico, aunque los efectos de la euforia de patriotismo desatada suelen ser pasajeros en los países anfitriones de la Copa del Mundo
Alemania vive estos días el Mundial de fútbol en un clima de sano patriotismo, sin precedentes en la posguerra de un país donde una simple bandera nacional en público levantaba sospechas de simpatías hacia la ideología nazi. El Mundial de fútbol parece haber terminado con este tópico, aunque los efectos de la euforia de patriotismo desatada suelen ser pasajeros en los países anfitriones de la Copa del Mundo. Dieciséis años después de la reunificación alemana, generaciones que no han conocido la Segunda Guerra Mundial pasean la tela negra, roja y dorada por las calles de Berlín y otras ciudades sin sonrojarse y con una naturalidad que ha sorprendido a propios y extraños. Puede afirmarse, pues, que los alemanes han redescubierto el orgullo nacional a través del fútbol, todo ello desprovisto del lastre histórico que acarreó la hecatombe nazi y que sigue pesando y estando presente aún sobre este pueblo. Un dato que atestigua que han cambiado las cosas en la nación más poblada de Europa es la aparición en público de banderas de todo tamaño dentro y fuera de los estadios. Típicamente, los preparativos para este campeonato no presagiaban nada bueno para una población insegura ante cualquier acontecimiento de alcance nacional, ya sea la formación de un nuevo gobierno de coalición o la celebración de un Mundial como el actual. De entrada, el entrenador, Jûrgen Klinsmann, había fijado su residencia en California (EEUU), un factor negativo, cuando su presencia era requerida en Alemania, y su táctica de juego no merecía la aprobación de personas tan cualificadas como el "kaiser" Franz Beckenbauer, presidente del Comité Organizador del Mundial. Pero bastaron la victoria en el partido inaugural del 9 de junio contra un rival fácil, Costa Rica (4-2) y un triunfo mucho más merecido contra Polonia por 1-0, cuatro días más tarde, para que el entusiasmo se desbordara desde el sofá de casa a las calles y plazas del país. La primera forma de exteriorizar este fervor ha consistido en colgar banderas bien visibles en los balcones y en las ventanillas de automóviles, lo que ha disparado su venta en las últimas semanas. La cadena de gasolineras Shell ha vendido 55.000 banderitas para coches y su competidor Jet ha repartido otras 75.000, mientras los grandes almacenes como Karstadt no pueden satisfacer la demanda y han vendido ya más de 200.000 unidades y a la cadena Kaufhof se le han terminado la existencias del simbólico artículo. En Alemania, un fenómeno de esta dimensiones merece comentarios de los más altos estamento, ya sean políticos o incluso religiosos, como el presidente de la Conferencia Episcopal alemana, cardenal Karl Lehmann, quien se muestra entusiasmado por la ola de patriotismo. "En Alemania padecemos la enfermedad de no tener una relación equilibrada con nuestra nación" y el Mundial ofrece "la gran oportunidad de abrir puertas y ventanas para portarse como buenos anfitriones y gente abierta al mundo", declaró el cardenal. Por su parte, el presidente alemán, Horst Koehler, comentaba que lo primero que ha observado es que la gente ondea la bandera sin envolverse en ella y que se alegra de identificarse con los colores nacionales. "Es una prueba de que el país se normaliza y que ahora uno puede mostrarse la bandera nacional de manera distendida y adornarse con ella, lo que es positivo", señaló el jefe de Estado. No todos están tan satisfechos con la ola de patriotismo desatada por el fútbol y se ha escuchado alguna que otra voz crítica al respecto. La dirigente de Los Verdes Renate Kûnast se felicitaba también por el fervor popular hacia todo lo alemán, pero ponía como condición previa para disfrutar esta exaltación que no cese un debate crítico sobre la propia historia alemana. El semanario "Der Spiegel" recogía el ambiente creado por el fútbol dedicando su portada de mañana al Mundial con el titular "La fiesta en Alemania" y escribe que este deporte es el tema dominante en casi cada esquina del país y ocupa la cabeza y el corazón de sus ciudadanos. Unos 24 millones de telespectadores pudieron ver, durante el encuentro de la selección nacional del pasado miércoles, a una canciller exultante que expresaba su alegría por un gol marcado por los anfitriones en la portería polaca, que fue posteriormente anulado, aunque finalmente los alemanes vencieron por 1-0. Estas expresiones de júbilo y alegría no son habituales en una nación que padece el contagioso mal del "vaso medio lleno", donde todo se pondera meticulosamente para sacar a la postre un diagnóstico, con frecuencia pesimista.




