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Alemania continúa pidiendo disculpas al mundo, por el daño causado durante la II guerra mundial

El presidente alemán, Horst Koehler, en las conmemoraciones del sexagésimo aniversario de la capitulación nazi, que Alemania nunca podrá dar por cumplida la labor de recordar el sufrimiento que llevó al mundo, pero insistió en que con la liberación no acabó el dolor en Europa.

El presidente alemán, Horst Koehler, en las conmemoraciones del sexagésimo aniversario de la capitulación nazi, que Alemania nunca podrá dar por cumplida la labor de recordar el sufrimiento que llevó al mundo, pero insistió en que con la liberación no acabó el dolor en Europa.
El discurso de Koehler, pronunciado en la sesión conjunta de las dos Cámaras del Parlamento celebrada en el Reichstag como acto central del aniversario de la liberación, estuvo en la línea de quienes, como el presidente de EEUU George Bush, insisten en recordar que la dominación soviética sustituyó a la nazi en el este.
"El fin de la guerra no significó el fin del sufrimiento", dijo Koehler, antes de recordar que muchos siguieron muriendo a consecuencia de lo sufrido y que "para los pueblos de centro y este Europa empezó una nueva privación de libertad que duró decenios".
El presidente alemán defendió asimismo la legitimidad de recordar las pérdidas alemanes, aunque estas fueran consecuencia indirecta de una violencia desatada por ellos mismos.
"Llevamos luto por todas las víctimas de Alemania, por las que fueron víctimas de la violencia emanada de Alemania y también por las de la violencia que volvió a Alemania. Lamentamos todas las víctimas porque queremos ser justos con todos los pueblos, también con el nuestro", aseveró el presidente.
Seguidamente evocó el dolor de los alemanes que murieron como presos de guerra, de los desplazados, de las mujeres violadas, de las víctimas de los bombardeos.
Previamente había recordado la crueldad del Holocausto "que, mientras siga habiendo seres humanos, conmoverá a todo corazón capaz de sentir y toda cabeza capaz de razón", la persecución de gitanos, homosexuales, minusválidos y opositores políticos, y las víctimas "de la rabia alemana, sobre todo en Polonia y la Unión Soviética".
Alemania, advirtió, "tiene la responsabilidad de mantener el recuerdo de todo ese sufrimiento y de sus causas y de vigilar que no se vuelva a repetir. No se puede poner punto y final".
El discurso empezó con la lectura de un pasaje del diario de soldado alemán preso en Escocia que, poco antes del final de la guerra, escribía que el pueblo germano no era un vencido honorable sino que: "nos ven como una banda de asesinos desenmascarados".
A lo largo de su alocución el presidente evocó el camino recorrido desde aquella Alemania que había quedado sin honor y rodeada de escombros hasta el país diametralmente distinto, en lo exterior como en lo interior, que es hoy.
El pasaje sobre la evolución de Alemania estuvo jalonado de elogios a la generosidad de los aliados occidentales que ayudaron al país a levantarse económica y políticamente y de críticas a la opresión que se vivió en el este del país.
Las celebraciones de este año han suscitado en Alemania, pero también fuera como demuestra la polémica provocada por el viaje de Bush a Riga, un debate sobre hasta qué punto se puede considerar al Ejército Rojo como libertador y si hay que estarle agradecido.
En su discurso, Koehler (cuya familia, instalada en Polonia dentro de una política de colonización del Tercer Reich, tuvo que huir del Ejército Rojo) no mencionó el hecho de que la URSS sufrió en la II Guerra Mundial las mayores pérdidas, ni dio las gracias a los libertadores de Berlín.
Tan sólo los incluyó implícitamente al dar las gracias "a los pueblos que vencieron a Alemania y la liberaron del nacionalsocialismo".
El discurso concluyó con un balance satisfecho de la Alemania actual, de sus relaciones con Israel, Estados Unidos, o sus vecinos de Europa, con los que "por primera vez vive en paz"; de la vivacidad de su cultura y de la aceptación que ha conquistado en la comunidad internacional.
Finalmente, expresó su confianza en la capacidad de la juventud de asumir la responsabilidad del recuerdo cuando hayan muerto los últimos supervivientes de la guerra, y de evitar que triunfen "quienes quieren volver al racismo y el extremismo de derechas".
Manifestantes de izquierdas evitaron, de hecho, hoy, que prosperara una manifestación de neonazis que debía desfilar por el centro de Berlín, pero no pudo salir de su punto de encuentro.
El presidente del Parlamento, Wolfgang Thierse, que abrió el acto del Reichstag, defendió también la legitimidad de recordar a las víctimas alemanas, "sin que se utilice para paliar la culpa" y pidió a la juventud que tome el relevo en el cuidado de la memoria.
El recuerdo de lo ocurrido a raíz de la llegada al poder de los nazis "forma parte -dijo- de nuestra identidad colectiva".

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