Nuevo suicidio colectivo levanta alarma en Japón ante "muertes pactadas"
Un nuevo suicidio en grupo, el segundo en menos de 24 horas, disparó la alarma en Japón, donde en los últimos meses se ha producido una oleada de estas "muertes pactadas" de jóvenes que eligen internet para acordar su cita mortal.
Tokio - Un nuevo suicidio en grupo, el segundo en menos de 24 horas, disparó la alarma en Japón, donde en los últimos meses se ha producido una oleada de estas "muertes pactadas" de jóvenes que eligen internet para acordar su cita mortal. El último caso de suicidio pactado se produjo en la noche del sábado pasado, pero fue este lunes cuando la policía lo comunicó tras el hallazgo de los cadáveres de los tres jóvenes asfixiados al inhalar monóxido de carbono dentro de un automóvil cerrado. El vehículo se encontraba en un camino forestal cercano al pueblo de Minakami, en la provincia de Gunma, y en su interior, además de los braseros cuya combustión causó la asfixia de los jóvenes, había una carta que confirmaba su intención de suicidarse y lamentaba "las molestias" derivadas de tal acto. Los muertos eran un joven estudiante de 24 años de Tokio, una chica de 23 de Niigata, en el noroeste del país, y una mujer identificada como un "ama de casa", de 29 años, también oriunda de la capital nipona. Este dispar origen de los suicidas fue la primera pista que llevó a la policía a sospechar que se encontraba ante un nuevo caso de los "pactos de muerte" por internet, un macabro fenómeno que tiende a difundirse como una plaga entre los japoneses y que ya ha movilizado a departamentos enteros de agentes y psicólogos. Según indicó a EFE un portavoz policial de Nomata, localidad de Gunma a 150 kilómetros al noroeste de Tokio, los familiares de los jóvenes dieron diferentes motivaciones que podrían haberles llevado a su decisión fatal, lo que apoya más la teoría del suicidio pactado probablemente a través de internet. Cuando se reveló este suceso, no habían pasado 24 horas desde que la policía de Tokio informara sobre el hallazgo de los cuerpos de otros cuatro suicidas también asfixiados a base de monóxido de carbono procedente de la combustión de cuatro hornillos portátiles en un apartamento de la capital. Desde enero de 2003, unos sesenta jóvenes acordaron su muerte en grupo por internet, un canal que facilita su determinación para suicidarse sin levantar las sospechas de sus allegados. Los jóvenes acuden a páginas web en las que pueden encontrar a personas que pasan por similares crisis como las que les impulsan a dar ese drástico paso y en cuya compañía encuentran la fuerza necesaria para cometer el suicidio. Sólo en los últimos dos meses han muerto 22 jóvenes en estos pactos de la muerte con el método de la asfixia colectiva. El automóvil cerrado o un apartamento con las ventanas y puertas selladas, mientras en su interior braseros portátiles desprenden el venenoso monóxido de carbono en su interior, se han convertido en los escenarios preferidos por estos jóvenes para consumar sus suicidios. El pasado 22 de noviembre, otros seis jóvenes se mataron en dos sucesos diferentes pero con la misma pauta, en el sur y oeste de Japón, también tras inhalar, dentro de un coche, el monóxido de carbono desprendido por dos hornillos portátiles. En uno de los dos casos, ocurrido en Fukuoka, suroeste de Japón, murieron una mujer y dos hombres de poco más de veinte años; el segundo suceso tuvo lugar en la provincia de Hyogo, a unos 450 kilómetros al suroeste de Tokio, y en el murieron otros tres jóvenes por el mismo método. El pasado 11 de octubre, nueve jóvenes se suicidaron de esta forma en dos casos independientes pero con el mismo trasfondo de la "cita mortal" concertada por internet. En uno de estos dos suicidios colectivos murieron cuatro muchachos y tres chicas, en el otro dos mujeres jóvenes. El año pasado, hubo 34.427 suicidios en Japón, es decir, un 7,1 por ciento más que en 2002, la peor cifra desde que en 1978 se comenzó a recoger datos para esta estadística. Los suicidios se han multiplicado precisamente entre los jóvenes, incapaces de adaptarse al ritmo que impone una de las sociedades más competitivas del mundo, que, tras la crisis económica de los años noventa, se ve además incapaz de garantizar seguridad laboral para todos.




