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Resultado muy ajustado, esperan los analistas

El ganador de las elecciones presidenciales de Estados Unidos del 2000 se decidirá por un puñado de votos.

WASHINGTON . --- El ganador de las elecciones presidenciales de Estados Unidos del 2000 se decidirá por un puñado de votos.
Ni el republicano George W. Bush ni el demócrata Al Gore despiertan grandes entusiasmos entre el electorado y, si las encuestas no fallan, el suspense del ganador se prolongará hasta bien entrada la madrugada del 7 de noviembre.
Hay que remontarse a las elecciones de 1976, 1960 y 1948 para encontrar situaciones similares. En las tres ganaron, casualmente, los candidatos demócratas y con un reducido margen de diferencia.
En 1948, Harry Truman ganó en contra de los pronósticos de las encuestas e hizo historia al día siguiente con la portada del diario Chicago Tribune que daba como vencedor a su oponente Thomas Dewey.
En el 60, unos pocos miles de votos inclinaron la balanza hacia John F. Kennedy, quién obtuvo el 49,7 por ciento de los votos, mientras que Richard Nixon logró el 49,5 por ciento.
Gerard Ford perdió en 1976 ante Jimmy Carter por dos puntos porcentuales y, ahora, las encuestas indican que se repetirá algo semejante a lo ocurrido en esas tres elecciones.
Los sondeos colocan a George W. Bush y Albert Gore en una situación de empate técnico. Cualquiera de los dos puede ganar, aunque sigue siendo Gore el favorito para obtener la mayoría de votos electorales.
El ganador de las presidenciales es el candidato que obtiene un mínimo de 270 votos electorales, del total de 538.
A cada estado le corresponde un número de determinado de votos electorales en función de la población. El ganador de cada estado se lleva todos los votos electorales, salvo en Maine y Nebraska, donde el reparto es proporcional.
De ahí que la lucha se libre estado por estado y, especialmente, en aquellos del Este y Medioeste del país como Pensilvania, Michigan, Ohio y Misuri.
California con 54 votos electorales, Nueva York, 33, Texas, 32 y Florida 25 son los estados con más peso electoral.
La diferencia entre ambos candidatos es tan estrecha que los expertos han comenzado a prever todo tipo de escenarios. Entre ellos, que Gore pueda perder en votos populares y ganar en votos electorales e incluso que se llegase a un empate en votos electorales: 269 para cada uno.
En este último caso, la Cámara de Representantes se encargaría de elegir al Presidente.
La situación no deja de ser una sorpresa para los politólogos que habían pronosticado una cómoda victoria de Gore, dado que una economía boyante suele ser un elemento determinante.
Allan Lichtman, profesor de la American University, hace meses indicó que Gore tenía todo a su favor para ganar. Ahora, sin embargo, es más cauto y reconoce que Bush puede vencer.
Desde principios de octubre, cuando la ventaja de Gore parecía sólida, Bush ha dado la vuelta a la campaña al sacar a relucir lo mejor de su personalidad en los tres debates presidenciales.
Con un mensaje sencillo y directo, Bush ha hecho calar entre los estadounidenses la idea de que es el líder capaz de acabar con las luchas partidistas de Washington.
La fiel base republicana está unida y motivada porque entienden que ahora sí tienen un buen candidato para ganar la Casa Blanca y recuperar el orgullo perdido en 1992.
Gore, por su parte, sigue despertando reacciones contrapuestas. Pocos dudan de su preparación, pero su actitud resulta excesivamente arrogante y no consigue llegar al corazón de la gente.
En los tres debates en televisión desaprovechó la oportunidad de convencer al norteamericano medio y los demócratas no se sienten igual de atraídos que con el presidente Bill Clinton.
Justamente el protagonismo de Clinton en los últimos días de la campaña puede ser vital. Gore se resiste a utilizar al presidente para motivar a las minorías, liberales y la base demócrata, pero, si no cambian las encuestas, no tendrá más remedio.
La fuerte participación electoral favorece más a demócratas que a republicanos y, según el senador Paul Wellstone, Clinton es el único que a estas alturas puede arrastrar a los indecisos.
El voto hispano adquiere una importancia inusitada, al igual que el de la comunidad negra que mayoritariamente vota demócrata.
Tras su éxito como gobernador de Texas, Bush ha sabido atraerse el voto hispano y su victoria puede depender en buena parte del número de latinos que voten y de si se sienten atraídos por el mensaje de "conservadurismo solidario" del candidato republicano.
A pesar del interés que ha adquirido la campaña, la abstención puede seguir en torno al 50 por ciento, una cifra muy alta que se explica, en parte, por la apatía de los estadounidenses hacia el sistema bipartidista.
El desencanto es más manifiesto entre la clase media porque el período de prosperidad económica no les ha beneficiado tanto como a los más poderosos.
Gore insiste, por ello, en que los votantes deben acudir el 7 de noviembre a las urnas para decidir con cuál de los dos candidatos estará el país mucho mejor dentro de cuatro años.
La trascendencia del resultado va incluso más allá porque el nuevo presidente tendrá la oportunidad de nombrar a cuatro de los nueve miembros del Tribunal Supremo, varios gobernadores de la Reserva Federal y multitud de jueces de tribunales intermedios.
Esos nombramientos marcarán, en gran parte, la orientación conservadora o liberal del próximo decenio en Estados Unidos.

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