EDITORIAL
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Qué se puede esperar

Palabras que tomamos prestadas de Fernando Garavito, poeta metido a periodista y periodista forrado en poesía.

Por Fernando Garavito, en la voz de Gustavo Gómez

Qué se puede esperar de un país donde la vida importa un higo y la muerte un adarme. Qué de un sitio donde la gente no tiene esperanza, donde los seres son rebaños, donde la libertad no es siquiera un ejercicio doméstico. Qué de un lugar que está hecho de luz y vive en perpetuo interrogatorio, siempre oculto, siempre acorralado.

Qué se puede esperar de algo que anuncia que quiere ser sin ser jamás lo que quiso haber sido. Qué de ese ser limitado, estrecho, cabizbajo, tan dos de la mañana en su desvelo, de ir bajo aguacero, de ser bajo palabra. Qué se puede esperar de un sitio así, donde la igualdad no es igual para todos, donde cualquiera despliega su verdad como una razón de ser violento.

Qué se puede esperar de un país donde los árboles son tan poco Casona y mueren derribados, donde todos morimos derribados. Qué, también, de un sitio áspero, lleno de inflexiones, de genuflexiones, un sitio donde la autoridad se ejerce porque sí, donde se es enemigo porque se es idéntico, donde se respira un aire irrespirable, donde el lema de todos habla de libertad y añade orden.

Qué se puede esperar de un país heredero, de un país sucedáneo, de un país sujeto pasivo y minusválido, de un país hecho de guerras y más guerras, donde se sobrevive sin vivir, y se muere habiendo nacido apenas. Qué de nuestros bolsillos vacíos y de nuestra boca llena de palabras sin llegar a la palabra verdadera. Y qué se puede esperar, qué se podrá esperar de un país como éste, tan urgido de asomarse a lo otro sin posibilidad alguna de ventana, de ser trampa irrisoria, ser ausencia, ser lengua sin conexión con el cerebro, puerta sin vano, marco sin afuera.

Qué se puede esperar, en fin, de un vacío lleno de zancadillas y panfletos, de pontífices corno pavos y acólitos corno renacuajos, y honores y medallas y zarzaparrillas, y, claro, de "todo no vale nada si el resto vale menos", y de regímenes y de diccionarios y de principios y normatividades. Qué se puede esperar, qué se puede esperar de todo esto. De la miseria como norma de vida. Del odio como norma de vida. Qué se puede esperar de un lugar tan definitivamente lugareño, de un sitio tan situejo, de un catalejo ciego, de un trípode sin instrumentos. País sin instrumentos: qué se puede esperar de todo esto.

Qué se puede esperar del hecho de ser lugar sin circunstancia, agua sin sed, verbo sin sujeto. Del hecho de ser lecho sin amor, desvencijado. Qué se puede esperar que sea noviembre u once o marzo, como podría ser esfera o péndulo o perro bajo la luna y las estrellas. Ah, qué se puede esperar de esto que hacemos, del hambre que padecemos para ser estadística, de la injusticia en que somos delito por el solo hecho de vivir en desamparo. Y claro está que somos desamparados, desamparados de nosotros mismos, dejados de la mano de nosotros mismos, a la vera de nuestro camino.

Qué se puede esperar de quienes nada esperan, de nuestra sombra sin nombre conocido, de nuestra forma sin esencia, de nuestra hora sin segundero ni minutos. Somos radicación y memorando, y como tales, qué se puede esperar de un nosotros que es apenas ceniza y deterioro. Vivimos y morimos y somos asesinados, expoliados, somos prostituidos, vendidos, marginados, somos lo que no deja huella, los degollados, los cuidadosamente llevados al abismo. Callamos: qué se puede esperar de nuestra habla, qué de nuestro silencio y nuestro miedo. Qué se puede esperar del hecho de que vayamos por la calle, de que nos hagan vegetales sometidos, que asistamos al cotidiano asalto de lo nuestro y seamos victimarios de nuestro deseo.

Así somos Colombia, somos nosotros, un nosotros ajeno, vergonzante, que no dice su nombre, que no nombra, que no tiene nosotros sino ellos, un ellos hecho de sangre y de violencia. Qué se puede esperar de un país que ha dejado de ser país, de un sitio que no es sitio, de un espacio que no nos pertenece, que es de quienes viven con el único fin de asesinaros. Ya no solemos ser lo que solíamos. Qué se puede esperar, en fin, si no esperamos nada, si estamos tan cansados de esperar sin espera, de esperar sin espera, en agonía.

Palabras que tomamos prestadas de Fernando Garavito, poeta metido a periodista y periodista forrado en poesía. Salen de una columna suya en El espectador, de septiembre 11 de 2002, dedicadas a su amiga María Elena Triana. Recuerdo cariñoso hoy para Fernando, a quien muchos leyeron como Juan Mosca y, en tanto, muchos trataron de aplastar con el peso del poder. Diez años de su muerte en el exilio. Recuerdo fervoroso de quienes nos formamos en el periodismo a su lado y saludo cariñoso para Melibea, Manuela y Fernando, sus hijos.

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