El partido del siglo Por, Alfredo Relaño del periódico El País.com
Ayer, a las cuatro, en una gris tarde de invierno, en la cazuela del Wembley Stadium, ocurrió lo inevitable.

Así empezaba Geoffrey Green su crónica en The Times. Una crónica que tituló The Match of the Century, El partido del siglo. ¿Qué era eso inevitable que había ocurrido? Pues que Inglaterra había perdido (3-6) en Wembley con un equipo del continente. Fue algo así como la Toma de la Bastilla. Hoy hace de eso exactamente 60 años
Los ingleses ya habían tenido alguna pista. No habían acudido al Mundial hasta 1950 y de aquél regresaron con dos derrotas (ante Estados Unidos y España) y una sola victoria, ante Chile. Pero desdeñaron el aviso. Lo interpretaron como mala adaptación tras un largo viaje, descuido, confianza… En amistosos posteriores llegaron a ceder algunos empates en Wembley contra Francia, Austria e Italia, incluso habían perdido en Argentina y Uruguay una gira en verano del 53, pero aún se sentían los mejores. Entre otras cosas, porque se molestaban poco en mirar hacia fuera
En octubre de 1953 el fútbol cumplió 90 años y se celebró con un partido en Wembley que se llamó, pomposamente, Inglaterra-Resto del Mundo. El cartel llevaba ENGLAND en letras mayúsculas, y debajo, en minúsculas, Rest of the World. No era exactamente el resto del mundo. No había americanos. La mayoría eran yugoslavos y austriacos. El único húngaro era Kubala, ya en el Barça. Nadie de la fabulosa selección húngara. En las entrevistas previas al partido, los jugadores invitados se asombraron del desconocimiento de la realidad exterior que había en la Isla. Al alemán Posipal le preguntaron si conocía la WM, táctica ya extendidísima pero que allí veían todavía como un misterio que solo Inglaterra poseía. A los austriacos, si en su país había campeonato de Liga, todos contra todos, al modo inglés. A Kubala y Nordahl, si eran profesionales. Así de cerrada era la mirada inglesa en esos años. El partido acabó con un equívoco 4-4, gracias a un penalti de última hora, obsequio del árbitro galés Griffiths, a los inventores, que se sintieron cómodos en ese resultado: si ni una selección del resto del mundo podía ganar a los ingleses, significaba que seguían siendo los mejores



