Francisco el defensor del ambiente
Rafael Vergara recuerda el mensaje del papa sobre la conservación de la naturaleza

Francisco el defensor del ambiente(Rafael Vergara)
Cartagena de Indias
En la agenda oficial de la visita de Francisco aunque se reseña poco también hablará de la Encíclica Laudato Sí: el compromiso que convoca a creyentes y no creyentes a que también hagamos la paz con la Naturaleza.
Desde la identificación de los humanos como hijos de Dios y de la Madre Naturaleza, apelando al amor a la Creación, Francisco urge parar, cambiar y revertir el irresponsable abuso y daño que cometemos con nuestros generosos ecosistemas. Y a hacer conciencia que la violencia que hay en el corazón humano, herido de pecado, se manifiesta en la enfermedad del suelo, el agua, el aire y los seres vivientes.
Como pastor o guía habla con dureza y ternura:
“Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin la apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo”.
El depredador del ambiente, dice el papa Francisco, justifica su acción en la creencia de que es propietario y dominador del entorno natural.
No le inquieta que los crímenes contra la naturaleza nos lesionen a todos, entre otras, porque el violador no acata normas, ni admite instancia por encima de sí.
Lo sabemos y padecemos: el depredador grande o pequeño se impone porque en relación con el ambiente todo pareciera evadible o comprable o negociable, incluso el silencio.
La impunidad que estimula el delito premia la depredación del ambiente y la apropiación de los bienes de uso público.
El que desprecia o deprecia las protecciones legales del capital natural es un engendro del modelo productivo del todo se vale, que da más valor al oro que al agua y al que el Papa le desnuda sus antivalores: el derroche y el descarte, la “rapidación”, las armas del consumismo que como civilización nos consume.
Y hace su llamado cargado de optimismo:
“El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra Casa Común.
Francisco reconoce, alienta y da las gracias a todos los que trabajamos para garantizar la protección de la Casa compartida, y exalta a quienes lo hacemos para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo.
Pensando en que la juventud reclama un cambio llama a un diálogo que nos una porque “las raíces humanas del desafío ambiental nos interesan e impactan a todos.
Reconoce y se inserta en el largo camino del “movimiento ecológico mundial y las numerosas agrupaciones ciudadanas que han y siguen concientizando, lamentándose que muchas soluciones concretas a la crisis ambiental se frustren no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás.
“En los pecados contra la creación, su desfiguración y destrucción –dice- tenemos que reconocer nuestra contribución, por acción u omisión. No hay duda, necesitamos una solidaridad universal nueva. Pide no mirar solo los síntomas sino ir a las causas más profundas de la crisis climática mundial y opta por la ciencia para valorar lo que está pasando al planeta. Alerta que la aceleración de los cambios de la humanidad y en el planeta y la intensificación constante de los ritmos de vida y del trabajo en eso que llaman ‘rapidación’. Algo que va más allá de la desdichada frase de “tiempo es oro” y no vida.
“La velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica”, es un cambio que sigue deteriorando el mundo y la calidad de vida de gran parte de la humanidad.
Pero tengámoslo claro, los objetivos de este cambio veloz no necesariamente se caracterizan en favorecer el Bien Común.
La Encíclica al referirse a la contaminación y el cambio climático hablan duro y directo:
“La Tierra, Nuestra Casa parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”
Muchas veces se toman medidas cuando se han producido efectos irreversibles para la salud de las personas.
Vivimos la cultura del descarte, de la obsolescencia programada.
En los ecosistemas naturales las plantas sintetizan nutrientes que alimentan herbívoros, estos alimentan carnívoros que con sus residuos dan lugar a una nueva generación de vegetales.
No es propiamente lo que hacemos con los residuos que generamos y al ir al fondo es porque les resulta más rentable el desperdicio.
Francisco nos llama a limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar.
Y es claro al decir que el clima es un Bien Común, de todos y para todos.
Francisco asume el consenso científico que indica el origen humano del calentamiento global y es esencial su mensaje precisamente porque Colombia con sus dos mares asiste a la amenaza irreversible y constante crecimiento del nivel del mar y al aumento de eventos meteorológicos extremos, le pedimos que en su visita llame a la reflexión a los poderosos para que cambien su proceder sobreexplotando los ecosistemas en aras de la ganancia, que reparen o compensen los daños infringidos a la Creación.
Parar la contaminación, la deforestación, reubicar dignamente a los pobres que sobreviven en zonas de alto riesgo, proteger los vitales y agredidos manglares, sembrar como lo hacen en la Ruta Verde del Papa, y hacer un acuerdo de respeto a los maravillosos corales de Varadero, sobrevivientes de la contaminación y amenazados por las ambiciones portuarias.
Con su presencia en Colombia llegó “la hora de asumir la dolorosa concientización: convertir en sentimiento personal lo que le pasa al mundo”, y al terruño y dominar la ambición y firmar la paz con la Naturaleza.



