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Uno de los pilares del periodismo iberoamericano: Jaime Abello Banfi

El ganador del Premio Maria Moors Cabot ha dirigido a la Fundación Gabo durante más de tres décadas en una labor por la vida y la democracia de la información.

El cofundador y director de la Fundación Gabo lleva una vida luchando por la democratización de la información. | Foto: Erick Galet

El cofundador y director de la Fundación Gabo lleva una vida luchando por la democratización de la información. | Foto: Erick Galet

El cofundador y director de la Fundación Gabo lleva una vida luchando por la democratización de la información. | Foto: Erick Galet

Jaime Abello Banfi (@jaimeabellobanfi), uno de los 100 Nuevos Líderes en Colombia, aún recuerda los aplausos que resonaban cuando subía al escenario. Cuando llegó al micrófono, desplegó una hoja doblada y recuerda como otras veces: “Estoy aquí gracias a una llamada telefónica que recibí en 1993”, ante el público de la Universidad de Columbia, en Manhattan.

Director y cofundador de la Fundación Gabo

Tal ceremonia sucedió el 8 de octubre de 2025 en la ciudad de Nueva York y se dio por lo que sucedió después de aquella llamada, la creación y el desarrollo de la Fundación Gabo, una organización que ha marcado la formación y el ejercicio periodístico en Iberoamérica bajo la visión de que “el periodismo es indispensable y único porque busca la verdad con independencia y al servicio de la gente”, recalca Abello.

Durante sus más de 30 años de trabajo, la fundación ha formado tres generaciones de periodistas y ayudado a consolidar una red que hoy conecta a más de 100.000 profesionales. Trabajo reconocido por el jurado por su defensa a la libertad de prensa y su impulso a la ética y la excelencia periodística.

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El camino que llevó a Jaime Abello Banfi a ser un referente del periodismo

En sus inicios, estudió en el Colegio Alemán. Ahí comenzó una afición al ver películas de 16 milímetros en el cineclub; en su casa la cultura era parte del día a día: su madre era licenciada en música y su padre, aunque dedicado a los negocios, cantaba.

En ese cruce entre empresa y arte salieron dos hilos: ver la cultura como un trabajo organizado y, además, tratar la gestión como una forma de conversación.

A comienzos de los años ochenta, estudió derecho en la Universidad Javeriana mientras trabajaba como representante a la Cámara, leyó a Michel Foucault con Vigilar y castigar y decidió hacer su tesis en el anexo psiquiátrico de la cárcel La Picota. Desbordado por las zonas más duras, renuncio al proyecto.

Posteriormente, el viceministro de Justicia le ofreció ser su asesor y pasó “de ser un abogadillo de La Picota a tener carro y secretaria”. A los dos meses volvió a irse por diferencias con el Gobierno sobre la reforma constitucional.

Volvió a Barranquilla y decidió ser gestor cultural. Desde la Cámara de Comercio impulsó el proyecto de Telecaribe cuando aún era solo una idea, cofundó la Cinemateca del Caribe, organizó los primeros foros del Carnaval de Barranquilla y puso en marcha iniciativas de archivo documental, promoviendo la entonces inexistente memoria audiovisual.

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Abello: de abogado a influencia mediática

Durante este camino, su nombre circuló en conversaciones entre cineastas, empresarios, políticos y periodistas, entre ellos Gabriel García Márquez. Con esto su carrera se movió al centro de las decisiones sobre política cultural y medios.

En aquella época, dirigió la Asociación de Cinematografistas Colombianos y luego creó y lideró la Cámara Colombiana de la Industria Cinematográfica. Pasó al Incomex y fue secretario del Consejo Directivo de Comercio Exterior, lugar en donde dialogó con ministros y economistas mientras el país se abría al comercio internacional.

Entonces, María Emma Mejía, exministra de Relaciones Exteriores, en ese entonces gestora cultural, lo llamó para integrar el equipo de empalme del Gobierno de César Gaviria, cargo en el que Abello detectó algo que casi nadie había visto: las facultades que permitían al presidente reformar el sector de las telecomunicaciones estaban a punto de vencerse.

En caso de expirar, Gaviria perdía la posibilidad de hacer el ajuste por decreto, pero Abello logró que el Gobierno emitiera un decreto transitorio que preservara las facultades. Con esta movida se logró decretar una reforma —hoy en día histórica— que liberalizó las telecomunicaciones a nivel nacional.

Después de ese recorrido, volvió a Telecaribe como gerente general; para él era “un campo de batalla”, plagado de presiones políticas, pugnas regionales, disputas por el control de noticieros y concesiones repartidas como botín.

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¿Cómo era la relación entre Jaime Abello y García Márquez?

En tal ambiente, Abello discutía sobre televisión regional, pluralismo y democratización de los medios cuando García Márquez le propuso crear la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en la que el Nobel sería presidente y Abello director.

Renuncio y la fundación nació el 25 de junio de 1994, en un país con una Constitución reciente y atravesada por los debates sobre cómo lograr una distribución y acceso a la información más equitativo.

Abello, con su conocimiento de los foros de regulación y los cineclubs, y García Márquez traía la literatura, la prensa alternativa y las discusiones globales que había ayudado a moldear como miembro de la Comisión MacBride. A aquella mezcla se le sumó una lectura clave: De los medios a las mediaciones de Jesús Martín-Barbero.

Texto que lo había convencido de que la democratización de los medios pasaba por deselitizar el acceso y ampliar el espectro de quienes contaban y quienes eran contados. La Fundación se concibió como un lugar donde fueran compatibles “el periodismo bien hecho y creativo” y “una responsabilidad ética explícita”.

El cheverismo, la línea editorial de la Fundación Gabo

Se instaló una palabra que Abello usa sin ironía para describir el tono de la casa: cheveridad. “Gabo decía que los talleres tenían que ser alegres, como la vida”, recuerda. Para él, eso se tradujo en una informalidad cuidadosa, en tertulia y en un cierto igualitarismo opuesto a la solemnidad de los congresos tradicionales.

Años después, cuando le ofrecieron ser ministro de Cultura, Abello le pidió consejo al escritor. “No te preocupes, es simple: tienes que escoger entre el ministerio y la vida”, le respondió. Abello eligió la vida.

Hoy la Fundación Gabo –el nombre que adoptó en 2019– ha capacitado a más de 15.000 periodistas y administra una red de más de 100.000 profesionales, funciona con un presupuesto cercano a los tres millones de dólares, un equipo de unas 40 personas y proyectos que van desde el Premio y el Festival Gabo hasta programas educativos para niños y jóvenes, además del Centro Gabo y la Casa Gabriel García Márquez en Cartagena y la reciente “Ruta Macondo”. Abello enumera todo eso con la naturalidad de quien pasa lista a un día de trabajo y cierra con la frase: “¡La lucha continúa!”.

La tercera gran oleada de crisis: la IA

Lucha que ve ahora con la inteligencia artificial, dice, la preocupación de fondo ha sido la misma: reconocer el derecho a la información y un conjunto de nuevos derechos (datos, privacidad, protección) y preguntarse quién ejerce el poder detrás de los sistemas que median todo eso.

“La gente está empezando a tener una relación casi personal con la inteligencia artificial, de intimidad”, dice, “pero lo que en realidad está haciendo es dialogar con un espejismo, con una máquina diseñada para leerte y espiarte. Te conforta y te da soluciones, pero todo lo hace para extraerte el alma”.

De ahí que una parte creciente de la agenda de la Fundación esté dedicada a la educación mediática y digital para distintas edades: “A ayudar a la gente a espabilarse”.

Abello mantiene y amplía su discurso de que hay que ser “buena persona, pero no ingenua”, responde. Luego repite la segunda parte, como si quisiera subrayarla, y añade: “Necesitamos estar más alertas que nunca. ¡Más moscas!”.

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