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China: el nuevo imperio en Suramérica

Atrás quedó Estados Unidos, Hoy un gobierno comunista expande cada vez su influencia con préstamos e inversiones millonarias.

China es la segunda economía más grande del mundo pero en el 2030 economistas pronostican que será la primera superando a Estados Unidos. En Suramérica, desde el 2015, China ya es el principal socio comercial de la región y de países como Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y Venezuela. Sin hacer mucho ruido y a través de grandes inversiones, proyectos de infraestructura, préstamos y un comercio de materias primas por tecnología, China reemplazó a Estados Unidos como potencia en Sudamérica. Hoy, aunque el discurso de muchos líderes de izquierda siga siendo contra el imperialismo yankee, el verdadero imperio en la región es el gobierno comunista en Beijing que está a más de 15.000 kilómetros de distancia de Bogotá.

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Su estrategia para lograr tanta influencia se basa la nueva ruta de la seda hoy llamada la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative en inglés). Bajo esta iniciativa China invierte y financia millones de dólares en proyectos de infraestructura, energía, minería y agricultura para conectar a China y expandir su influencia en el mundo. Hoy 152 países hacen parte del proyecto de desarrollo chino que analistas ven como una nueva forma de colonización.

“Desde hace tres años, China empezó a expandir la iniciativa más allá de la región de Eurasia y llegó a África, el Ártico y desde el año pasado a América Latina. A este punto, 13 o 14 países latinoamericanos han firmado acuerdos bilaterales de Belt and Road. Esta estrategia de Belt and Road es el principal objetivo de política exterior del presidente Xi Jinping”, dice Margaret Myers, directora del programa Asia - América Latina del Diálogo Interamericano en Washington.

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China se planteó como meta un intercambio comercial con América latina de 500.000 millones de dólares y una inversión directa de 250.000 millones entre el 2015 y 2019. Meta que se ejecuta con un estilo de nuevo mercantilismo en el que China se enfoca en la exportación de sus bienes de valor agregado, importa materia prima y pone altas barreras para que otros países no entren a su mercado, el más grande en el mundo en términos paridad de poder adquisitivo.

La región le vende principalmente soya, metales y petróleo a China. Beijing le vende a Suramérica principalmente tecnología, celulares y productos terminados. Algunas de estas empresa como Huawei, Alibaba, Lenovo y Didi y ya tienen un mercado bastante desarrollado en la región.

Pero la penetración de la tecnología china en el mercado suramericano y en el mundo preocupa en Estados Unidos porque a través de esta tecnología, el gobierno de Beijing está quedándose con mucha información y datos confidenciales sobre el consumo y los hábitos de vida de los ciudadanos de la región. De hecho, empresas como Huawei están obligadas por ley a compartir la información con el gobierno chino. Así lo afirma Kimberly Breier, subsecretaria de estado para asuntos del hemisferio occidental de Estados Unidos. Algo no muy diferente a los que hace Facebook con otras empresas de Silicon Valley.

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La ley de inteligencia china obliga a cualquier empresa a cooperar con los servicios de inteligencia. Esto quiere decir que cualquier dato o información que sea transferida o procesada a través de una empresa china está potencialmente disponible por el gobierno chino, por ley”, dice Kimberly Breier.

Adicionalmente, se estima que China le ha prestado más de 140.000 millones de dólares a América Latina desde el 2005 y el 90% de estos préstamos van a Venezuela, Brasil, Argentina y Ecuador. Esto es más de lo que el Banco Mundial, el BID y la CAF combinados, le han prestado a la región en los últimos años.

Venezuela es uno de los mejores ejemplos de la influencia China en la Región. Beijing le ha hecho más de 18 préstamos a Caracas desde el 2005. Préstamos que superan los 65.000 millones de dólares, esto es el 40% del total de préstamos que China le ha dado a América Latina. Dinero que se presta con intereses mucho más bajos, sin muchas explicaciones, sin estudios de factibilidad o impacto ambiental. El respaldo de la deuda es el petróleo, por eso desde el año pasado Venezuela le envía a China más de 300.000 barriles de petróleo diarios solo para pagar deudas. Esto equivale a casi un tercio de su producción diaria actual. Pero China, que a este punto sabe que no va a recuperar el dinero prestado, sigue financiando al gobierno de Maduro - aunque mucho menos de lo que financiaba a Chávez-. Préstamos que generan dependencia y sobre los cuales el gobierno interino de Juan Guaidó ha dicho que no reconoce porque se adquirieron de forma ilegal. Algo que no da incentivos para que China apoye un gobierno de transición porque por más comunistas que digan ser, tampoco van a perder su plata en el ‘proyecto bolivariano’.

En Colombia, China se ha convertido en el segundo socio comercial después de Estados Unidos comprándole sobretodo petróleo (1,6 billones de dólares en petróleo en el 2017) y vendiéndonos tecnología y productos terminados. Beijing, también tiene en varios proyectos de infraestructura en el país como la Carretera al Mar que comunica a Medellín con el Atlántico, el parque industrial en Buenaventura y el Proyecto de Carretera Orinoco. Además, tienen otros proyectos en estudio como en el dragado del Río Magdalena y un tren que comunica el pacífico y el atlántico colombiano. Proyectos que se financiarían con recursos del Banco de Desarrollo de China.

Mientras todo esto ocurre, Estados Unidos invierte cada vez menos en la región y Trump sigue apelando al proteccionismo y al nacionalismo gringo, cazando peleas con socios estratégicos y abriéndole camino a que China aproveche y siga ganando influencia en el mundo. Un nacionalismo que por un lado le ayuda en su campaña de reelección, pero va en contravía del papel hegemónico que tiene Estados Unidos en el mundo.

“Creo que en general, hay mucha presión por parte de Estados Unidos de tratar de que los países no se comprometan con China del todo y eso va a poner a los países latinoamericanos en una posición muy difícil”, dice Margaret Myers. 

Los países de América latina enfrentan entonces una elección complicada entre ceder frente la presión de Estados Unidos para no comerciar con China o seguir haciendo negocios con Beijing que es en muchos casos la única opción de inversión extranjera que tienen.

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