Columnista Invitado
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María Claudia Lacouture: Turismo naranja

La importancia y el aporte de la economía cultural y creativa que, a la hora de concretarse por sectores

La Ex Ministra de Comercio, Industria y Turismo, ahora directora de la Cámara de Comercio Colombo Americana, AmCham Colombia, María Claudia Lacouture (@mclacouture ) dedica su columna a hablar de la economía cultural y creativa como herramienta para el desarrollo.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) publicó en 2013 un estudio denominado “La economía naranja: una oportunidad infinita”. Fue un análisis sobre la importancia y el aporte de la economía cultural y creativa que, a la hora de concretarse por sectores, dio paso al término “turismo naranja” como el fomento del desarrollo cultural, económico y social popular con sostenibilidad.

Este concepto, en cuyo desarrollo intervino el presidente Iván Duque, lo cual es una buena noticia, encaja a la perfección en el turismo como el mejor vehículo para desarrollar la economía naranja y abre un enorme abanico de posibilidades para los destinos del país si tenemos en cuenta que varios de ellos han incorporado la cultura, la innovación y la creatividad como pilares.

Los “millennials” y los “centennials”, como se denominan a los grupos de la era digital según su año de nacimiento, son buenos focos para ensayar el turismo naranja. No son los turistas convencionales y su afán por informarse y conocer de la manera más completa e intensa posible el destino ha generado un modelo turístico donde estos jóvenes van tras experiencias que efectivamente marcan sus vacaciones, visitando espacios que los incorporen e integren con su generación local y sus comunidades.

La diversificación de la oferta turística en lo que tiene relación a experiencias sostenibles, la ruptura de la estacionalidad y la combinación de diferentes segmentos turísticos son algunas de las características del turismo naranja.

Imprimir a los destinos altas dosis de creatividad, cultura e innovación y formar focos de emprendedores capaces de crear bienes y servicios con posibilidad de generar un circulo virtuoso de impacto social y económico.

Hacer atractivas las expresiones de arte, bailar los ritmos típicos, probar sus gastronomías, sumergirse en sus comunidades e incluso estudiar en detalle las características de su identidad.

Los artesanos forman parte de este mundo, en cuya actividad la creatividad y la cultura como materia prima se integran a conocimientos y saberes locales colectivos que deben ser protegidos con la propiedad intelectual.

Así, se configura una cadena de valor productiva y competitiva que va desde el uso sostenible de materias primas hasta la comercialización en contextos regionales, nacionales e internacionales.

La producción creativa, la economía naranja¸ es un pilar para muchos países y ya representa el 3% del PIB mundial, más de 2,25 billones de dólares. Unos 30 millones de empleos provienen de esta economía, según cifras del 2015 de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores (CISAC), una organización internacional no gubernamental sin ánimo de lucro destinada a proteger y promover los intereses de los creadores a nivel mundial.

La Economía naranja en Latinoamérica alcanza alrededor del 6% del PIB de la región, según la CISAC, el BID y otras fuentes (2,6% en Brasil, Chile 2,2%, Argentina 3,8%, México 7,4%, Colombia entre el 3,3 y el 3,5%).

En Colombia ya existe la llamada “ley naranja”, sancionada el 23 de mayo de 2017, que establece como una prioridad el fomento a la economía creativa y fue gestionada por el entonces senador Iván Duque.

La norma ordena incentivos y facilidades de financiación para productores creativos y culturales y debe dar paso a la creación de un reglamento que le permitirá aportar los mecanismos para administrar esos incentivos, por lo que la ley aún no colma de los beneficios que se espera que brinde.

Las industrias creativas han transitado un camino muy solitario para ser competitivas, especialmente en América Latina donde se aguarda que leyes como estas mejoren, por ejemplo, la calidad de vida de los artistas y se les dote de herramientas para profesionalizarse y que así regrese a ellos, en apoyo efectivo, el dinero que pagan en impuestos. En el caso colombiano hemos tenido la fortuna de contar con una voluntad presidencial de sacar adelante la economía naranja, sin embargo, pasados algunos meses de gestión, aún no está claro cómo se ejecuta, en blanco y negro, esa política sobre la cual hay gran expectativa.

Cuando los sectores económicos formales reconozcan el impacto de los productos culturales y creativos, la oferta estallará en nuevas direcciones y se pavimentará mejor la ruta del turismo naranja. Y mucho más si tenemos un Presidente con especial sensibilidad sobre el tema.

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