Dónde está la bolita

Paja

Por Carol Ann Figueroa

De paja era el muñeco de tamaño real que Katharina Detzel hizo un buen día. Medía un poco más de un metro con ochenta, su contextura era similar a la de ella, su nariz aguileña y su pene, del cual no sabemos si estaba erecto o en reposo apenas sobresalía entre sus piernas. A pesar de esto, algunos de quienes han publicado la fotografía que registra su existencia, han decidido pixelarlo por alguna extraña razón, pues tratándose de un pene de paja en un muñeco de paja, resulta verdaderamente difícil ver en él un órgano sexual masculino digno de ser censurado.

La fotografía en cuestión anda dando vueltas por ahí como parte de uno de esos listados interesantísimos tipo “cinco cosas que no sabías de, o que las mujeres no quieren de, o que jamás creíste que, o que ellos esperan de etc, etc”, y que en este caso se titula “29 fotos del pasado que no tienen explicación alguna”. Está la famosa y escalofriante fotografía del neurólogo que aplica choques eléctricos a un hombre para estudiar sus músculos, la de una niña que nació con cuatro piernas, la de una enfermera que usa máscara de gases y sostiene a un recién nacido que también lleva máscara, pero casi ninguna genera comentarios tan arrebatados como los que produce la de fotografía de Katharina, casi todos provenientes de cabezas de hombres que pese a ser reales, parecen tener solo paja en el cerebro.

Gracias a esa suerte de efecto bola de nieve que suelen producir los comentarios concatenados en redes sociales, y que en este caso termina convertido en un tsunami virtual de testosterona, descubrimos que al menos para una cierta cantidad de hombres nada resulta más patético, desesperado, desquiciado y digno de burla que la idea de que una mujer satisfaga sus necesidades sexuales con un muñeco, en lugar de hacerlo con un hombre. Muchos condenan la sola idea de que ella admita a través de la fotografía que se masturba, otros se “ponen locos” imaginando sus “noches de calentura”, y otro tanto se burlan de ella asegurando que al crear ese muñeco, básicamente estaba admitiendo públicamente que no tenía “quien le hiciera el favor”.

A ninguno se le ocurre pensar que quizás Katharina haya sido la visionaria que les hizo el favor de crear eso que tanto bien les ha hecho, ese invento por el que no suelen censurarse y al contrario tienden a aplaudirse, ese objeto que se comercializa sin ningún pudor pese a las patéticas imágenes que pone en nuestra mente cuando reparamos en la obviedad de su destino: la muñeca inflable. Replicas de mujeres que miden un poco más de un metro con setenta, cuya contextura obedece a los parámetros aplicados a los cuerpos de las reinas, cuya nariz suele ser respingada, y cuya boca, vagina y pezones pese a estar siempre abiertamente dispuestos al acto sexual, jamás son pixelados en las fotografías que se publican de ellas.

Por alguna razón el hombre que acude a la paja con una muñeca no sorprende a casi nadie, y no solo no resulta patético, desesperado, desquiciado y digno de burla, sino que además produce fenómenos como que algunas mujeres se hagan cirugías para simular ser una de ellas.

Caso contrario es el de una mujer que posa junto a un muñeco de paja, pues nada resulta más evidente que condenarla o mofarse de ella, incluso si su fotografía nada tenía de pajera, excepto claro por el material el muñeco. Resulta que su fotografía si tenía explicación: lo que Katharina muestra es la réplica que hizo de los médicos del hospital siquiátrico en el que había sido internada por sabotear las vías de un tren como acto político de protesta. Réplica que a menudo utilizaba como saco de boxeo para descargar su ira contra los hombres a quienes consideraba los verdaderos locos.

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