A ocho se eleva el número de muertos en las protestas de Egipto
La situación de enfrentamiento entre partidarios del presidente, Hosni Mubarak, y la población que quiere que se vaya pasó de los palos y las piedras a las armas de fuego.
La situación de enfrentamiento entre partidarios del presidente, Hosni Mubarak, y la población que quiere que se vaya pasó de los palos y las piedras de ayer a las armas de fuego esta madrugada en la plaza Tahrir de El Cairo. Los seguidores del presidente han disparado y lanzado cócteles molotov contra un grupo de opositores. Cinco manifestantes más han muerto, según ha confirmado a la agencia Reuters el ministro de Sanidad egipcio, Ahmed Samih Farid. "La mayor parte de las víctimas son resultado del lanzamiento de piedras y los ataques con barras metálicas. Al amanecer de hoy hubo disparos. El número real de heridos que han sido desplazados a centros sanitarios es 836, de los cuales, 86 aún están en el hospital y hay cinco muertos", ha dicho por teléfono a la televisión nacional
El Ejército egipcio ha desplegado varios tanques en la plaza Tahrir. La agencia Reuters, citando al canal de televisión Al Arabiya asegura que ha comenzado a arrestar a responsables del estallido de violencia. Los manifestantes contrarios al Gobierno, acampados en los alrededores de la plaza tras la protesta pacífica del martes habían pedido al ejército que interviniese. Sin embargo, Al Yazira informa de que los soldados se han abstenido de intervenir y se han limitado a dejar que su presencia calmara los ánimos
El origen de los movimientos de esta madrugada se encuentra en la explosión de violencia de la tarde de ayer. El presidente egipcio decidió que solo un baño de sangre podía salvar su régimen y lanzó a miles de sus matones, camuflados como manifestantes, sobre este centro simbólico de la revuelta. Fue una jornada tan violenta como grotesca. La represión se disfrazó de enfrentamiento civil, mientras los militares asistían a la venganza de Mubarak tan impasibles como en días anteriores. Según el Gobierno, murieron tres personas -uno de ellos, un militar- y más de 600 sufrieron heridas graves. Al Yazira y Reuters citan fuentes médicas que elevan a 1.500 la cantidad de heridos. Tres cosas quedaron claras en la confusión de la batalla: que el dictador no pensaba rendirse, que estaba dispuesto a infundir un terror profundo en la población y que no era ya posible una transición negociada
En una semana de extraordinarias convulsiones, el día de quedó marcado para la historia. Resultaba difícil predecir si el violento coletazo de Mubarak y los suyos marcaba el triunfo de la contrarrevolución o si, más posiblemente, condenaba a Egipto a adentrarse en una era de inestabilidad y radicalización
El discurso de Mubarak el martes por la noche fue la señal de que el régimen y su jefe aún se sentían fuertes. No importó que centenares de miles de personas acabaran de pedir en las calles de El Cairo y otras ciudades la dimisión del presidente y una transición a la democracia. Mubarak anunció que no se presentaría a la reelección en septiembre (un gran sacrificio por parte de un hombre de casi 83 años con cáncer), prometió que moriría en Egipto y dirigió un hábil mensaje a sus ciudadanos en el que apeló a las emociones, al pasado y a la patria. Buscó que vibrara el nacionalismo egipcio, el más antiguo del mundo. Y reiteró que solo él separaba a Egipto del caos. No avisó, sin embargo, de que precisamente él pensaba desatar el caos solo unas horas después
Varias manifestaciones de apoyo a Mubarak se formaron en distintas zonas. La marcha más numerosa confluyó en la plaza de Tahrir, donde seguían concentrados miles de opositores al régimen. En un primer momento, ambas multitudes se aproximaron con relativa tranquilidad. Los opositores trataron de bloquear el paso a los recién llegados con una cadena humana. Los fieles a Mubarak expresaron su intención de "tomar la plaza para demostrar quién es la auténtica mayoría". "No queremos revolución, sino paz; estos días hemos respetado a la oposición, ahora exigimos respeto nosotros porque el momento es crítico", declaró Ahmad Osman, un farmacéutico de 36 años que parecía, en efecto, un farmacéutico. Otros jalearon sus palabras
Poco después de mediodía se desató el infierno. Miles de personas surgieron de las filas de la manifestación favorable a Mubarak y cargaron contra los opositores, en maniobras organizadas. En ese mismo momento, el servicio de Internet reaparecía en el país. Una extraña coreografía se desarrolló en la plaza: abrazos que simulaban la reconciliación entre los bandos y gritos de "paz, paz" lanzados por gente que portaba retratos del presidente, posiblemente para ser captados por la televisión local (que durante la jornada entera emitió imágenes de manifestantes eufóricos que lanzaban loas a Mubarak), se mezclaban con agresiones brutales
Los opositores reaccionaron y se lanzaron también al choque, en una escena que evocaba las batallas medievales. Para reforzar esa impresión, decenas de fieles a Mubarak iniciaron una carga a lomos de caballos y camellos. Los jinetes utilizaron porras, látigos y cadenas, hasta que dos o tres de ellos fueron descabalgados y apaleados; los otros se retiraron con rapidez. Volaban las piedras desde ambos lados.




