EDITORIAL

Un pañuelo para Maluma

Mientras Maluma llora con su juguete, lloremos todos los demás, en sentido figurado, por el catálogo de malos momentos que a veces nos hacen pasar

Maluma llora al recibir su avión privado. La sola frase es como para echarse a llorar. Y voy más allá en la dimensión de estas palabras que han dado la vuelta al mundo en varios idiomas: “Maluma llora al recibir su avión privado” es un titular que es como para echarse a llorar o como para reír a carcajadas. Ayer alguien que mucho aprecio me decía: el problema no es que llore por tener un avión de lujo, sino permitirse el lujo algo vacuo de exhibir el momento en redes.

 

Maluma, dirán algunos, es una estrella maravillosa, que ha trabajado para lograr lo que tiene y le asiste todo el derecho de llorar al lado de un reluciente Gulfstream G450, de derramar unas lágrimas frente a un sueño cumplido. Otros pensarán que es una soberana tontería y que tiene más de show mediático que de sentimiento sincero. Recuerdo que lloré la primera vez que vi un cohete Saturno V… la diferencia es que no pude comprarlo.

 

No entro a juzgar a Maluma, cuya música escucho menos de lo que me recomiendan y cuyos llantos atiendo más de lo que dicta la sensatez. Que disfrute su avión y que la pase bien volándolo. Si muchos de los que lo critican con saña tuvieran el dinero suficiente, tendrían uno o dos aviones como el de Maluma, con o sin video lacrimógeno de por medio.

 

Mientras Maluma llora con su juguete, lloremos todos los demás, en sentido figurado, por el catálogo de malos momentos que a veces nos hacen pasar. Lloremos por los saqueos a la salud, lloremos por la violencia en las regiones, lloremos por la manera en que se roban la comida de los niños en los colegios públicos, lloremos por la impunidad… y, eso sí, no nos quedemos solo en la lloradera, en aquello de “llorar sobre la leche derramada”.

 

Desde hace unos días nos tiene llorando Juan Pablo Barrientos en 6AM Hoy por Hoy con las numerosas imprecisiones que nuestros congresistas consignan en los documentos que dan cuenta de sus estudios. No sobra recordar que no está mal no haber ido a la universidad o no haber hecho maestrías o doctorados. Nada de eso. Lo que está mal es no decir la verdad, sobre todo si se tiene la responsabilidad de legislar con transparencia. Para que lo entendamos de manera coloquial, otra frase de la sabiduría popular: “la caridad comienza por casa”. Si no dices la verdad en una irreal hoja de vida, vamos a tener que dudar de ti en la vida real.

 

Si usted quiere llorar, llore, bien pueda. Y, en el más figurativo sentido de la palabra, llore hoy con nosotros y díganos qué es lo que le saca las lágrimas: vale desde el cierre eterno de la vía al Llano hasta los triunfos de nuestros ciclistas. Y si le nace llorar por el avión de Maluma, chille delicioso y gócelo, como Maluna, que pasó de la Malumeta al jet.

 

 

 

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