EDITORIAL GUSTAVO GÓMEZ

Cambiar o morir

Nos dijeron que somos los reyes de la creación. Y nos lo creímos.

Por Gustavo Gómez Córdoba

Nos dijeron que somos los reyes de la creación. Y nos lo creímos. Pero que nadie se extrañe, por favor, con semejante credulidad mayestática, porque los reyes son una de las grandes contradicciones de la humanidad: ellos sostienen que su poder viene directamente del Creador, pero suelen ser crédulos, acomplejados y timoratos.

Del Creador derivan sus derechos y calidades, pero toman las decisiones asesorados por hechiceros de utilería, seudocientíficos de todos los pelambres, timadores que se presentan como dueños del futuro y lectores de cartas astrales y cartas de tute.

Por eso no entendemos que el fuego que consume al Amazonas es la hoguera donde se queman algunos de los calendarios que nos quedan en estos predios terrenales como regentes de un planeta que administramos con más odio que amor.

¡Que ardan los árboles!, pues los terrenos se necesitan para el pastoreo de vacas, la cría de cerdos y los galpones de pollos. Después de los perros y de los gatos, que desbordan el mundo solo porque los aman los reyezuelos humanos, las especies más exitosas lo son para propiciar su sacrificio y mantener bien alimentada a la torpe corte que es la humanidad.

Somos extraños padres de la creación, pues el amor por nuestras criaturas no va más allá del bautizo: por eso al Amazonas lo llamamos el Pulmón del Mundo, pero estamos empeñados en destruirlo.

Ejemplos sobran, y más cerca que la Amazonía: el Llano es la Despensa de Colombia y no hemos podido ni proporcionarle una carretera decente; Cartagena es la Ciudad Heroica y llenamos sus aguas de excrementos; “eres la tierra más rica de nuestra rica nación”, dice el himno del Chocó, uno de los tres departamentos más contaminados por los químicos de la minería ilegal… y así.

El profesor Manuel Rodríguez Becerra, uno de esos Quijotes ambientalistas obsesionado por cuidar lo que nosotros no, acaba de publicar “Nuestro planeta, nuestro futuro”, una sincera radiografía de la crisis ambiental que atravesamos, cuya lectura debería ser obligatoria por decreto. Al final del libro, cita la decisión de la Corte Suprema de Justicia de declarar a nuestra Amazonía como sujeto de derechos.

El profesor comenta cómo los defensores de la Amazonía hacen parte de un nuevo ambientalismo “dictado por el imperativo de que toda persona se haga partícipe y responsable de dos países: el suyo propio o el planeta”.

A estas alturas de nuestro trasegar como especie, la ruta se abre frente a nosotros y solo hay dos senderos posibles: cambiar o morir.

 

 

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