Enseñando en un muro, así este ingeniero cambió uno de los barrios más vulnerables de Manizales
Nelson Cardona creó a Chispas de Esperanza, una organización dedicada a transformar la vida de niños y jóvenes en contextos complejos a través de la educación en ciencia, tecnología y humanidades en el barrio Solferino, de la comuna 12 de Manizales.
Chispas de Esperanza ha beneficiado a 2 barrios en Manizales: Solferino y San Sebastián. | Foto: Chispas de Esperanza
Por: Juan Camilo Paiba Castellanos
En Manizales, decir que alguien es de Solferino suele provocar un gesto: una ceja levantada, un silencio incómodo, una pregunta que nadie que vive allí quiere responder. El barrio carga desde hace décadas con una reputación marcada por la violencia, las drogas y el miedo. La estigmatización suele llegar antes que sus habitantes.
Nelson nació y creció ahí. A los 10 años, como muchos niños del sector, encontró lo que el entorno ofrecía: una botella de “bóxer”, el pegante que se consume en bolsas y que destruye neuronas casi con la misma rapidez con la que mitiga el hambre.
Durante años también consumió marihuana, perico y ácidos; incluso, los vendía. Algunos lo llaman “la vida fácil”, dice, aunque de fácil no tenga nada.
No hubo un instante definitivo para dejarlo. “Fue un tránsito”, relata. “Uno no se despierta diciendo: ‘hoy lo dejo’. Lo fui dejando poco a poco, hasta que un día no lo volví a hacer”.
Lo que sí hubo fue una pregunta. La escuchó en la fundación Huellas de Vida y terminó persiguiéndolo durante años: ¿por qué los jóvenes de Solferino parecen condenados a la muerte o a la criminalidad?
Ese cuestionamiento lo marcó y empezó a buscar una respuesta.
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El estudiante que nadie esperaba
Al 2030, la organización aspira a que 3 de cada 10 niños y niñas que estudian con ellos estén cursando una carrera universitaria exitosa. | Foto: Chispas de Esperanza
Contra todo pronóstico (y en este caso, literalmente), explica Nelson, se presentó a la Universidad Nacional de Manizales para estudiar Ingeniería Electrónica. “No era el estudiante estrella”, recuerda entre risas. “Era de los más vagos”.
Se preparó con algunos documentos académicos que leyó durante algunos ratos dispersos. No confiaba demasiado en sí mismo. Pero pasó. No fue un milagro, cuenta, fue, más bien, la oportunidad de encontrarse con algo distinto.
Mientras estudiaba en la Universidad, siguió vinculado a Huellas de Vida. Allí empezó a ver jóvenes que querían terminar el colegio, entrar a la educación superior y cambiar su historia. Entendió entonces algo que terminaría siendo central en su vida: rodearse de personas que avanzan también cambia la dirección de la vida.
En 2016, una ola de violencia se llevó a varios de sus amigos. Ese fue el punto de quiebre. “No tenía plata. No tenía nada. Pero tenía conocimiento. Y pensé: hay que hacer algo”.
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El tablero en la pared
Entonces llegaron las ideas, entonces, un buen día, pintó una pared y la convirtió en tablero. Después salió a buscar niños por el barrio y les ofreció enseñarles a hacer robots y circuitos. Eso bastó.
Primero llegaron tres. Luego cuatro. Después el voz a voz hizo el resto. Al principio no había sillas, los vecinos empezaron a sacar las suyas: las del comedor, las de la sala. Las ponían en la calle, frente al tablero improvisado. “Eso movió algo”, recuerda Nelson. “La gente sentía que algo iba a pasar ahí, aunque todavía no supiera muy bien qué”.
Comenzaron con 12 niños en 2016. Un año después ya eran 50. Cuando llovía (algo frecuente en Manizales) se refugiaban en un cuarto prestado por una tía de Cardona. El resto del tiempo daban clases en la calle, en la cancha, con una pared como único recurso.
Así estuvieron durante cuatro años.
Lo que nació sin querer
El proyecto educativo de Chispas de Esperanza aplica la metodología STEAM, un enfoque educativo interdisciplinario que integra Ciencia, Tecnología, ingeniería, Arte y Matemáticas. | Foto: Chispas de Esperanza
Nelson evita decir que “fundó” Chispas de Esperanza. “Eso suena pretencioso”. “Yo empecé enseñando y terminé metido en todo este mundo de fundaciones. Se fue dando”.
Hoy el proyecto cumple diez años. Tiene salones propios gracias a una alianza con Sumatec, seis profesores y 32 niños activos divididos en dos grupos que alternan entre formación técnica y desarrollo socioemocional.
El programa dura cuatro años y sus estudiantes aprenden de electrónica básica y desarrollo emocional, programación y pensamiento crítico, reciclaje electrónico e innovación social y agricultura inteligente e intervención comunitaria.
Al final, los niños no solo aprenden a programar o armar circuitos, también trabajan en equipo, entienden su entorno y desarrollan empatía como una habilidad.
Y es que, este modelo de comunidades de aprendizaje, de acuerdo con la Fundación Empresarios por la Educación, es una alternativa que cada vez toma más fuerza en el país para cerrar brechas de acceso.
Según la organización, esta estrategia genera tres resultados notables en los territorios: fortalece la participación de la población, mejora los índices de aprendizajes y competencias académicas, y por último, la comunidad transforma su realidad.
Estas experiencias han mostrado, explica la Fundación en su informe Comunidades de aprendizaje: una alternativa para garantizar educación rural de calidad en Colombia, que cuando esta apuesta educativa llega a una población mejora el rol de las familias en sus escuelas, pues estas personas se sienten más involucradas en los asuntos escolares, ya no solamente para ayudar en temas logísticos y ornamentales, sino para dar su opinión sobre los componentes de los programas.
Ese sentido de apropiación es el que mantiene vivo a la iniciativa, tanto así que, todas sus necesidades operativas las gestionan, entre todos, por medio de proyectos estatales o de ayudas que llegan de donantes regionales.
Todo para los niños es gratuito, sostiene el fundador. Antes de los refrigerios (donados este año por la Fundación Nutrir) algunos jóvenes guardan parte de la comida para llevarla a casa. “El conocimiento sigue siendo un privilegio en estos barrios”, aclara Nelson. “Y la idea es que deje de serlo”.
El círculo que se cierra
Para Nelson, las habilidades para la vida son fundamentales ya que le permiten a las niños enfrentar y adaptarse de manera efectiva a los desafíos cotidianos. Por eso, en la fundación él les enseña: pensamiento crítico, resolución de problemas, comunicación asertiva, adaptabilidad, conciencia social y ambiental. | Foto: Chispas de Esperanza
Lucas David Díaz Moncada fue uno de los niños que aprendió electrónica frente a ese tablero pintado en la calle, hoy es profesor en Chispas de Esperanza. También estudia ingeniería. “Esa era la meta”, afirma Nelson. “Que ellos mismos regresaran a enseñar”.
“Me motivó mucho ver el cambio que se estaba dando en las cuadras. Queríamos aprender a hacer robots, a integrar circuitos. Mi familia se sorprendía porque estábamos estudiando en lugar de estar jugando”, recuerda Diaz. Él fue el primer estudiante de Chispas en lograrlo, pero no el único.
Otro de los profesores, Juan Fernando Montoya, también creció en el barrio y de igual manera estudia ingeniería. Nelson los llama “estrellitas”. Y se entiende por qué: en Solferino, llegar a la universidad todavía sigue siendo noticia.
El salvavidas sin chaleco
Nelson trabaja medio tiempo en una empresa de desarrollo electrónico. El otro medio tiempo se lo dedica a Chispas. No vive de la fundación. La fundación, como él mismo dice, “vive de él”.
Hace algún tiempo, un salvavidas le dijo una frase que todavía no olvida: “Usted está salvando niños en el mar, pero se tiró sin chaleco”.
Ese es el reto ahora: lograr estabilidad. Que los profesores voluntarios puedan vivir de lo que hacen. Que la trabajadora social que viaja una hora para llegar pueda quedarse. Que el proyecto no dependa únicamente de la voluntad. El sueño es tener una sede propia. Pero antes de eso, claro, lo más importante es ponerse el chaleco.