Dónde está la bolita

Sexycienta en Halloween

El efecto se termina a las doce de la noche o quizás un poco antes.

No desaparece la carroza ni el chofer ni el príncipe –pues nunca los hubo- pero si el vestido, el maquillaje, los tacones y ante todo el desenfado con el que las Sexycientas, Suciasnieves y Pocasropas recorrieron la ciudad durante el día.

Año tras año, cada 31 de octubre, cientos de mujeres recorren las calles transformadas por un par de días en la mujer que desearían ser: mezcla de frágiles princesas en busca de salvador y mujer autónoma dueña de su cuerpo y su sexualidad, exhiben sin pudor el poder de su voluptuosidad avaladas no por la venia de una rechoncha y rectada hada madrina, sino por el entusiasmo que nos produce celebrar el día de las brujas.

Ese es quizás el único día del año en que las mujeres bogotanas pueden recorrer las aceras luciendo vestidos de redondeado escote y diminuta falda sin temor al escarnio público, o a cierta indeseable cercanía masculina. Las miradas de ellos por supuesto van y vienen y se pierden como siempre, la sonrisita sonrojada tipo adolescente de cincuenta años también, pero ellas nada temen y sonríen contentas, seguras de que su disfraz tiene el efecto deseado es decir hacerlas sentir muy deseables pero así mismo dibujar una barrera invisible entre el querer y el hacer de ellos, dado que ellas no son ellas, son la versión del 2015 de una princesa del 1400.

Su vestuario al igual que el de las chicas de Disney lamentablemente viene con hora de caducidad, no porque sean de mala calidad o cosa semejante, sino porque no conviene seguir caminando así de contentas a partir de digamos las diez de la noche, hora en que cualquier transeúnte que las haya visto durante el día, poco a poco las verá desaparecer.

Se cubrirán con gabanes, chaquetones y chaquetas que si bien las protegen del frío también ocultan sus pechos y sus piernas; si están solas o con alguna amiga evitarán subirse en Transmilenio o decidirán quedarse en el lugar al que fueron de fiesta, donde quizás pasada la media noche el disfraz habrá caído al suelo pero la princesa erotizada continuará siendo una realidad. Realidad privada, no pública.

Las calles empezarán a extrañar su presencia pues lo único que se verá merodeando por ahí serán zombies, piratas, payasos, dráculas y hombres lobo con el maquillaje corrido que se abrazan para evitar se derribados por la borrachera, y que de alguna manera nos ponen a pensar de qué va ese alter ego que dejan salir el día de las brujas. Nadie pero nadie, con toda seguridad verá a ningún hombre disfrazado de príncipe dando vueltas por ahí.

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