Un Ministro de Guerra
Tal vez es que cuando Gabriel Silva hablaba de café, hablaba como un contertulio de aquellos de tomemonos un tinto, seamos amigos. Tal vez es eso lo que contrasta con el Gabriel Silva de ahora que no habla siquiera como Ministro de Defensa sino como Ministro de Guerra. Vive con la palabra armada. De su boca sale pólvora cada vez que habla. En su debut se hizo famoso por la grosería innecesaria contra el presidente del gobierno de España a quien mandó al carajo con una insolencia desmesurada.


Tal vez es que cuando Gabriel Silva hablaba de café, hablaba como un contertulio de aquellos de tomemonos un tinto, seamos amigos
Tal vez es eso lo que contrasta con el Gabriel Silva de ahora que no habla siquiera como Ministro de Defensa sino como Ministro de Guerra
Vive con la palabra armada. De su boca sale pólvora cada vez que habla. En su debut se hizo famoso por la grosería innecesaria contra el presidente del gobierno de España a quien mandó al carajo con una insolencia desmesurada
Y ahora, cuando se intenta un acercamiento diplomático con Ecuador, habla de agresión jurídica al referirse al caso del general Padilla de León. Y conmina al gobierno de Quito. Y dice que estamos ante un caso con visos políticos
Le falta tacto al Ministro Gabriel Silva. Le falta tacto y táctica. Le falta tacto, táctica y estrategia. Y le sobra candela a su palabra que vive tan encendida que alguien como el presidente Uribe o el Canciller Bermúdez deberían decirle que no se pase de revoluciones. Que no se meta en las relaciones exteriores. Que zapatero a tus zapatos
Puntillazo. Si el periodismo deportivo es capaz de elegir a Juan Pablo Montoya como el mejor deportista de la historia, es capaz también de seguir enredando el tema del fútbol. Sigue insistiendo en cuál debe ser la sede de la selección cuando lo primero que hay que tener es selección. Como dice la Vendedora de Rosas en la película de Víctor Gaviria, para qué zapatos si no hay casa. Para qué sede si no hay selección. Ni hay fútbol




