Misterios y creencias

Los creyentes tienden a alargar su agonía

Un estudio estadounidense muestra que las personas religiosas son más proclives a prolongar artificialmente su vida

Los creyentes tienden a alargar su agonía

Un estudio publicado en 2006 mostraba que rezar por alguien no mejoraba su estado de salud. El trabajo, hecho en Estados Unidos, fue sólo una aproximación más a la interferencia (o no) entre la fe y la ciencia. Pero hay otros parámetros que sí recogen esta influencia. Los expertos en medicina paliativa saben que las personas con un profundo sentimiento religioso sobrellevan mejor el malestar de los últimos días o semanas de vida. Pero esto puede volverse en su contra. En pleno debate sobre los límites del derecho a decidir, una nueva investigación ha demostrado que las personas muy creyentes son más proclives a prolongar artificialmente su vida

El trabajo se ha hecho en el prestigioso Dana-Farber Cancer Institute, y ha consistido en un seguimiento de la evolución de 345 personas con un cáncer terminal. El tiempo medio de supervivencia fue de 122 días. El principal hallazgo, según publican los autores en JAMA es que los pacientes que se definían como más religiosos se sometían más veces a tratamientos como respiradores artificiales u otras técnicas agresivas, que no tienen una capacidad curativa pero sirven para alargar la agonía

En el estudio no se indica qué religión profesaban los enfermos, aunque el centro tiene una fuerte vinculación con la comunidad judía. "Un tratamiento agresivo al final de la vida cuando se tiene cáncer se asocia a menudo con una peor calidad de la muerte", lo que puede representar "un efecto negativo para las personas más religiosas", señalan los autores del informe, dirigido por Andrea C. Phelps, del Beth Israel Deaconess Medical Center (Boston), que apuntan a que estos datos "deben ser tenidos en cuenta por los encargados de dar asesoramiento pastoral a las personas con un cáncer terminal"

Las cifras contrastan con lo que opinan las religiones mayoritarias, que rechazan -como las sociedades médicas- el llamado encarnizamiento terapéutico, es decir, aplicar tratamientos muy agresivos que no tienen como fin curar sino prolongar la agonía. Por poner un ejemplo cercano, el propio papa Juan Pablo II rechazó ser ingresado en el Hospital Gemelli de Roma cuando su médico personal, Renato Buzzonetti, le dijo que no iba a servir de nada. Entonces, Wojtyla prefirió quedarse en el Vaticano, aun a sabiendas de que con ello aceleraría su muerte

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