Un sobreviviente o una decepción?
Hace cuatro años, en un legendario discurso en Boston, Barack Obama se presentó a sí mismo como la esperanza del Partido Demócrata. Recuerdo las llamadas de un par de amigos impresionados con la fulgurante aparición. Es el nuevo Kennedy, dijo uno, parodiando el carisma del ex presidente.
Hace cuatro años, en un legendario discurso en Boston, Barack Obama se presentó a sí mismo como la esperanza del Partido Demócrata. Recuerdo las llamadas de un par de amigos impresionados con la fulgurante aparición. Es el nuevo Kennedy, dijo uno, parodiando el carisma del ex presidente. Obama se robó la atención de los participantes en esa convención, pero especialmente de los medios de comunicación que lo catapultaron como un figurín joven, atractivo, inteligente y exitoso. El otro amigo mío fue más allá. Me habló del discurso, de su trayectoria como Senador por Illinois, y me apostó que ahí, en ese escenario esperanzador, había nacido una candidatura. “Será el próximo Presidente de Estados Unidos”, pronóstico con extrema confianza. Me temo que estaba en lo cierto. Obama se convertirá seguramente en el sucesor de George Bush haciendo una campaña mediocre, llena de lugares comunes, con propuestas contradictorias y desaprovechando le merecida impopularidad del Gobierno saliente. Obama es un líder opaco. Su mayor mérito, que no es poco pero es insuficiente, es representar una minoría étnica. También, es cierto, encarna el sueño americano, pero ese es un argumento aplicable a cualquiera. A la señora Palin, que representa al norteamericano medio que no viaja y que va a la iglesia todos los domingos, o al otro vicepresidente, Biden, que crió a sus hijos haciendo impresionantes sacrificios personales y laborales. Inclusive al propio McCain, que es rico y héroe de guerra. Digo, pues, que no es suficiente la carta del candidato segregado por el color de su piel, que es el terreno en el que Obama ha jugado siempre sus cartas: fue el primer presidente de raza negra de la revista jurídica de Harvard (Harvard Law Review), y desde entonces, catapultado por el pantallazo que le brindó la televisión nacional, se hizo a la imagen de sobreviviente de la discriminación que aún reina en la clase dirigente. Tiene razón en que esa pelea la ha ganado. Obama público hace más de 10 años un libro que retrata las relaciones interraciales en Estados Unidos, y ha sido activista permanente de los derechos civiles. Pero no ha pasado de allí. Su etapa en el Capitolio no ha sido particularmente sobresaliente. Ha trabajado temas de medio ambiente y obras públicas, y en vísperas de la campaña presidencial emprendió funciones adicionales relacionadas con salud y educación. Para ganarle la nominación demócrata a Hillary Clinton se mostraba como un combatiente aguerrido, desafiante ante ella y ante el poder gigante de su esposo. Pero luego, desde la comodidad de la candidatura oficial, ha cambiado las propuestas por los discursos blanditos y sin sabor. En un foro en Miami, que es la única referencia a su política hacia América Latina, repitió todos los estereotipos posibles. Desde la necesidad de la buena vecindad, hasta una nueva alianza sin discriminaciones. Ese discurso, prodigo en diagnósticos y escaso en recetas, lo ha cambiado dependiendo de las circunstancias. Había hablado de un diálogo abierto y sin restricciones refiriéndose a Fidel Castro y Hugo Chávez, pero cuando McCain lo asustó con un comercial de televisión, cambió de posición y dijo que todo tenía matices. Este Obama es así. Demasiado tibio y conciliador, obsesionado con el consejo de quienes manejan su campaña: no debe asustar más de lo que ya asusta un negro que en época de guerra contra el fundamentalismo islámico se llama Barack Hussein Obama Jr. Por estar en esas, cuidándose de ser políticamente correcto y no asustar, se ha convertido en este personaje sin brújula, sin encanto, que no maneja ni a su propio partido.




