Decenas de niños salvadoreños se recuperan en hospitales y albergues
Con el rostro sucio, descalzos y durmiendo a la intemperie en los refugios, miles de niños salvadoreños, que han resultado ser los más afectados por el terremoto, muestran el dolor de la tragedia.
SAN SALVADOR.---- Con el rostro sucio, descalzos y durmiendo a la intemperie en los refugios, miles de niños salvadoreños, que han resultado ser los más afectados por el terremoto, muestran el dolor de la tragedia.Mucha de la población infantil damnificada es portadora de enfermedades respiratorias, parásitos intestinales y erupciones en la piel y algunos otros resultaron heridos durante el terremoto del pasado día 13, dijo el médico Raúl Pineda, de la organización española no gubernamental (ONG) Ayuda en Acción.Decenas de niños se recuperan en los hospitales, donde algunos luchan con la muerte, como Guillermo Edenilson Cruz, de cuatro años de edad, quien sufrió una fractura en el cuello y golpes en la cabeza que le han provocado una inflamación cerebral.El pequeño Guillermo, a quien en el Hospital "Benjamín Bloom" de San Salvador le dicen "el desconocido", porque fue llevado por alguien que no es familia suya, es una de las víctimas registradas en la comarca occidental de Sonsonate.En el centro médico no conocieron el nombre del niño hasta que una fotografía suya apareció en un periódico salvadoreño.Margarita López, portavoz de la Alcaldía de Santa Tecla, una de las regiones más afectadas por el seísmo, que tuvo una intensidad de 7,6 grados en la escala de Richter, dijo que "en el albergue El Cafetalón más del 50 por ciento de los damnificados son niños".En este refugio se han registrado hasta el momento 12.720 personas, que viven hacinadas en tiendas de campaña cubiertas con plásticos, lonas, cartones o sábanas."Aquí no hay familia que no traiga niños, algunos llegan hasta con cinco y siete", añadió López.Para aliviar un poco el dolor de los chicos en los distintos albergues del país, voluntarios locales y extranjeros desarrollan terapias de grupo que incluyen juegos, bailes, la presentación de payasos o un baño colectivo al aire libre con la manguera de un camión cisterna.Otros, encaramados en una portería de fútbol, fijan su mirada en el campamento de damnificados, y unos pocos se sientan en un estrado frente al trío veterano de la Policía Nacional Civil que trata de poner una nota de alegría con canciones de Los Panchos.Carlos Armando Valladares, de 12 años, uno de los albergados en el Cafetalón, que también perdió su casa, dijo que vive "donde está aquel volado" (una carpa hecha con pedazos de plástico negro), y que tiene zapatos, pero no se los pone "porque mi mamá no quiere".En El Salvador un "volado" puede ser cualquier cosa, los zapatos, un plato o un coche. Una mujer guapa, no es cualquier cosa, pero es "un buen volado".En el interior de las tiendas de campaña de los albergues, sobre colchonetas tiradas en el suelo, están los niños más pequeños, en edad de lactancia. Algunos perdieron a sus padres con el terremoto.La situación también es dolorosa en zonas rurales donde los niños se alimentan con mangos verdes, tubérculos o tortilla de maíz con sal porque la ayuda humanitaria no ha terminado de llegar."Yo no quiero regresar a mi casa porque está tumbada, tengo miedo, pero mi mamá dice que no tenemos a dónde ir, comemos de lo que nos dan aquí", dijo Evelyn Raquel Umaña, que vive en un albergue en Comasagua, a unos 28 kilómetros de San Salvador, donde el 95 por ciento de las viviendas resultaron dañadas.La pequeña vive con sus padres y tres hermanos en un campamento de damnificados levantado en una cancha deportiva de cemento, frente a la iglesia del pueblo, que también fue derribada por el terremoto.En Puerto El Triunfo, en el Pacífico, a unos 100 kilómetros de la capital, sus habitantes levantaron sus carpas con plásticos en las calles polvorientas, terrenos baldíos y en la cancha de fútbol.A esta comunidad del departamento oriental de Usulután, donde también la mayoría de damnificados son niños y mujeres, la ayuda humanitaria del Gobierno ha demorado en llegar."Queremos comida y una casa para vivir porque el terremoto nos partió la casa", expresó a EFE una niña de cinco años que jugaba con una muñeca sin cabeza y un gato que rescató de los escombros de lo que fue su hogar construido con adobes, en El Triunfo.




