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Gabriel Muñoz López, ¡precioso!

Qué tipo enorme, enorme, fue Gabriel Muñoz López, y cuánto le debemos todos a los que pudo tocar con su don de gentes

Cuando hace unos años asumí la dirección de La Luciérnaga, encontré muchos tesoros. La mayoría de esos tesoros, para felicidad de nuestra audiencia, siguen allí, en las tardes mezcla de ficción y realidad de Caracol Radio.

Los días previos al comienzo de mi trabajo me reuní con todos esos locos geniales que le heredé a Hernán Peláez. Y cuando conversé con don Gabriel muñoz López, sentí que estaba algo nervioso. Le manifesté lo mucho que apreciaba su trabajo y lo feliz que me hacía el saber que íbamos a ser parte del mismo equipo. Y, entonces, sentí que le cambiaba el tono y que parecía que había dejado un peso que llevaba a hombros.

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Mucho después me confesó que pensó que lo buscaba para decirle que no lo necesitaba ya en La Luciérnaga. Don Gabriel era un señor, un persona irrepetible y alguien cándido: imagínense, pensar que le iba a decir adiós, cuando precisamente tanto me dolió decirle adiós y saberlo ido hace un año. Mañana cumplimos un año sin él. Pasa el tiempo, pero don Gabriel, el hombre del "precioso horario" no pasa.

Había algo invisible que lo rodeaba, algo que no podría describir, pero que yo, como muchos otros, sentimos cuando nos acercábamos a él. Cuando uno estaba junto a don Gabriel, juro que el aire se ponía deliciosamente tibio y que sus palabras gratas, y su fino humor, su picardía, lo acariciaban a uno, con la suavidad del genuino maestro, con la humildad que tan bien les sienta a los de verdad talentosos, con la dulzura que se le escapaba por todas partes.

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Su partida, como la del padrino Alberto Piedrahíta Pacheco, aún no la puedo superar, y no estoy solo en esta barca triste, porque aquí se acomoda media Colombia.

Su vida era la radio y Gabriel solo la soltó cuando las fuerzas se le escapaban y su familia le pidió quedarse en casa, para enfrentar lo inevitable recibiendo el amor que él cultivó y regó todos los días.

Qué tipo enorme, enorme, fue Gabriel Muñoz López, y cuánto le debemos todos a los que pudo tocar con su don de gentes, con su afabilidad, con su ejemplo de devoción al trabajo, con su ética y con su espíritu siempre lozano.

Guardo con cariño y gratitud los videos que me mandaba desde casa, sentado en el sillón de la sala, siempre dándome ánimo y felicitándome por esto o por aquello. Solo una vez me hizo daño, y no fue su intención; hace un año, cuando su hija Andrea me dio la noticia de su muerte, que me partió algo por dentro.

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Cómo lamento que los jóvenes periodistas que llegan a Caracol Radio no puedan conocerlo y aprenderle. Cómo lamento que Colombia ya no cante tan así. Cómo lamento no verlo por los corredores con sus libretos en la mano y su música repleta de nación y de amor. Cómo lamento que no esté en casa, pegado al radio.

Que se haya tenido que perder de esta maravilla que Carlos Castro, otro de sus pupilos, le preparó con inmenso cariño y admiración. La que tuvimos y mantenemos todos en esta casa radial por el maestro Gabriel Muñoz López, a quien le estamos cumpliendo: lo recordamos como él quería ser recordado.

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