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Policías en Córdoba: crónica de valentía y solidaridad frente a la furia del río

En las veredas de Córdoba, donde el agua borró los caminos, los uniformados se convirtieron en el único refugio para niños y ancianos atrapados por la creciente

Policía de Bolívar

Policía de Bolívar

En Colombia hay guerras que no avisan. No traen uniformes enemigos ni disparos al amanecer. Llegan de sorpresa, crecen en silencio y, cuando el país despierta, ya han tomado caminos, patios y recuerdos. Son ríos que se salen de su cauce como si hubieran decidido volver a reclamar lo que un día fue suyo. Y cuando el agua ruge, la Policía aparece.

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En Córdoba —y en muchas otras regiones golpeadas por la ola invernal— los uniformados han demostrado que la valentía no siempre se mide frente a un fusil. A veces el adversario es un río enfurecido que arrastra gallinas, colchones, retratos familiares y la calma de comunidades enteras. Entonces el arma se vuelve innecesaria, el chaleco pesa más por el agua que por el deber, y la misión se reduce a lo esencial: que nadie se ahogue, que nadie quede atrás.

En las veredas Leticia y Martinica, zona rural de Montería, el tiempo pareció detenerse. El río crecido avanzaba como una bestia antigua, oscura, decidida a llevarse todo. Frente a él, policías que no pidieron permiso ni aplausos. Se despojaron del miedo como quien se quita una prenda mojada y entraron a la corriente. El agua les golpeaba el pecho, las piernas y la respiración… pero no la voluntad ni el compromiso con su gente.

No hubo cámaras buscando la escena perfecta. Hubo escenas que parecían irreales: un niño cargado sobre hombros firmes como si flotara sobre el peligro, una anciana aferrada a un uniforme como si fuera la última tabla del naufragio, una nevera rescatada como si guardara dentro algo más valioso que comida: la dignidad de una familia. En cada gesto, la solidaridad hablaba más fuerte que cualquier consigna.

Cuando el río arrastra con fuerza, el agua no es transparente. Es espesa, color de barro antiguo, como si la tierra hubiera decidido levantarse y caminar. En estas calles rurales —que ya no son calles sino ríos— la inundación no pide permiso: entra a las casas, se sube a las camas, rodea los postes y borra las orillas de la vida cotidiana. Y, aun así, la gente avanza, acompañada.

En medio de la creciente, un policía camina con el agua hasta el pecho. Sobre sus hombros lleva a un niño que no llora. El niño confía. Sus manos pequeñas descansan sobre la gorra verde como si ese uniforme fuera una barca. Detrás, una mujer avanza con el agua a la cintura, con el rostro tenso, pero sin soltar la mano de otro agente. Un anciano, descalzo y sin camisa, es sostenido por dos policías que no lo dejaron hundirse. No hay gritos. Solo pasos lentos y medidos, porque cada paso puede ser el último si el fondo cede.

Más adelante, el pueblo parece suspendido en una pausa irreal. Árboles frondosos observan desde arriba como testigos antiguos. Las casas, con techos de zinc y paredes humildes, resisten como islas. El agua pasa, pero no se lleva la dignidad. Un policía avanza con determinación. No corre. No duda. Camina como si conociera el lenguaje del río, como si supiera dónde pisa, aunque el suelo esté oculto.

Cada policía presta su cuerpo para que el otro no caiga. El anciano se aferra al uniforme como si fuera una promesa cumplida. A su lado, una mujer aprieta una linterna y mira al cielo, quizá preguntándose cuánto más falta para que el agua se retire o si la noche será piadosa. Y allí, en ese silencio, la solidaridad se vuelve refugio.

En otra vivienda, el agua ya entró sin pedir disculpas. Un policía sale cargando una tina verde con alimentos rescatados, como si sacara del naufragio lo último que aún puede alimentar a una familia. OtrO carga cobijas empapadas, pesadas como la tristeza, pero necesarias. El agua les llega a las rodillas, pero la urgencia —y la empatía— le llega al alma.

La ola invernal encontró una respuesta inmediata. Los hombres y mujeres de la Policía Nacional caminaron donde ya no había caminos, avanzaron por calles convertidas en ríos y convirtieron el lodo en trinchera humanitaria. Cada paso fue una promesa silenciosa: mientras haya un policía de pie, la tragedia no tendrá la última palabra.

Aquí no hay armas desenfundadas ni órdenes gritadas. El uniforme se despojó de la rigidez y se volvió hombro, espalda, equilibrio. La Policía no solo enfrenta enemigos visibles; enfrenta corrientes traicioneras, pisos invisibles y cansancio acumulado. Y aun así, permanece.

Las imágenes no muestran héroes posando. Muestran servidores empapados, rostros concentrados y manos firmes. Muestran que, cuando el río se desborda y amenaza con llevárselo todo, hay quienes deciden quedarse para sostener lo poco que queda: la vida.

En estos territorios donde la naturaleza también pone a prueba, la valentía no hace ruido. Camina despacio, se moja hasta el pecho y se multiplica en solidaridad.

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