Un día de mercado en Venezuela
Las filas arrancan en la madruga con niños, adultos mayores y personas discapacitadas, todos deben pasar el filtro.
Para tener un buen lugar en la fila y comprar los vivieres, los venezolanos tienen que acomodarse a su número de cédula y madrugar mucho.
Tienen que pedir permiso en los trabajos, faltar al estudio y disponer de horas de paciencia para completar las filas con la ilusión de encontrar lo básico, porque lujos como los huevos o la carne, hace rato que salieron del menú.
Hacer fila ya es rutina, pero quienes no se acostumbran son los niños y adultos mayores que hace años, dicen, profetizaron la crisis venezolana, aseguran que lo leyeron en alguna parte pero no recuerdan donde.
Un día se puede conseguir harina, otro pasta, otro jabón, otro pañales, pero nunca todo junto. Incluso pasan días sin comprar lo necesario, hay que racionalizar y convertir la paciencia comida.
Las madres deben llegar con los niños en brazos, estar de pie durante cuatro horas, no hay sillas, no hay trato especial, la tercera edad, los discapacitados y lactantes hacen fila. La Guardia sólo tiene una frase que repiten si mirar quien pregunta “la fila está allá”.
La espera trae hambre y desespero, los niños lloran y se duermen en el piso, los abuelos caminan de un lado a otro, se soban las piernas y lamentan el día en que las diferencias políticas se posaron encima de las necesidades del pueblo.
A las ocho de la mañana dan paso, pero en grupos de 20 personas. No pueden correr, no puede gritar, ni mirar para atrás, si se quedó un familiar tendrá que volver hacer fila.
Las madres y las embarazadas, deben cargar con las ecografías, los registros de nacimientos y una barriga bien pronunciada para probarle a la Guardia que su caso es prioritario y lo que buscan es urgente, como pañales.
Denuncian que la mirada cómplice de las autoridades permite a los llamados “Bachaqueros” (hombres que de forma violenta se quedan con la mayoría de productos en los mercados) revenderlos al triple del precio normal.




