Dónde está la bolita

Natalia Ponce – Natalia París

Por Carol Ann Figueroa.

La situación debió durar menos de tres minutos pero este tiempo bastó para provocar cierto estremecimiento en mis conexiones neurológicas, cierta sensación de que algo allí estaba muy, pero muy mal.

Oprimiendo desinteresadamente los botones del control remoto saltaba yo de canal en canal sin pretender ver nada, hasta que la imagen de un panel aparentemente periodístico llamó mi atención. La única cara que reconocí fue la de Natalia Paris y me detuve a escuchar y ver de qué se trataba, pues justo en la tarde había visto la última portada de Soho de la cual ella es protagonista, y por repetición de imagen supongo, quise escucharla.

Esta fue la secuencia de acciones y comentarios que se dieron a continuación: un hombre de unos cuarenta años que oficia de entrevistador y que ojea con mirada de triste adolescente volando en hormonas el nuevo libro de fotos Natalia Paris, anuncia a cámara que ha encontrado una foto que le encanta y pregunta ansioso si puede mostrarla.

“Es la del oso” dice. “¡Esa es mi favorita pero no la muestres!”, contesta ella y sonríe con la dulzura infantil que la caracteriza. Acto seguido comienza a explicar que el dinero recolectado como producto de la venta de su libro será donado a la Fundación de Natalia Ponce y explica que “ella es la chica que fue atacada con ácido, a la que le desfiguraron el rostro. La idea es ayudar a muchas mujeres que han sido víctimas de esta canallada”, concluye.

Entonces el hombre vuelve a intervenir y anuncia emocionado (evidentemente sin haber escuchado una sílaba de lo que ella dijo) que alguien le acaba de dar permiso de mostrar la foto.

La cámara hace un zoom sobre la imagen. Vemos que dada la posición de la modelo y el tamaño del oso que usaron, el “concepto” de la fotografía es crear la “ilusión” de que Natalia Paris le está haciendo sexo oral al muñeco. “¡Mire la cara del oso! “¡Mire la cara del oso! ” dice con tono alterado y mirada brillante el ya a estas alturas pajero presentador, y algo le contesta Natalia pero yo ya no la escucho.

Me distraen demasiado las últimas intervenciones “estéticas” que evidentemente se ha hecho en los pómulos y en la quijada, y que han acabado con la simetría y delicadeza de sus facciones. Escucho en mi cabeza las frases que ella misma acaba de decir –“la chica a la que le desfiguraron el rostro” … “víctimas de esta canallada”–, y no puedo evitar sentir que Paris delira si se siente muy diferente de Ponce y que el entrevistador también lo hace si se asume como un tipo completamente opuesto al monstruo del Batán.

Ella tiene el rostro desfigurado según los mandatos de un supuesto deseo masculino que exige que ella se vea así, un deseo que no quiere escuchar nada de lo que tenga para decir, que lo máximo que espera de ella es una imagen de su boca puesta sobre un órgano sexual masculino, así sea el de un oso de peluche.

El entrevistador, por su parte, tiene la mente desfigurada. Pese a su rol de presentador, no intenta siquiera disimular la erección que parece estar teniendo, y tras pasar las páginas del libro con ansiedad no se toma la molestia de ocultar la excitación que le produce ver una imagen de su invitada entregada a practicarle a un oso sexo oral.

Podría haber escogido otra foto o, mejor aún, podría al menos haber fingido que escuchaba a su invitada. Pero no lo hizo. Ella tampoco hizo nada para existir como algo más que ese objeto de deseo por el que los hombres están tácitamente autorizados a perder el control.

Entonces, donar el dinero de la venta de un libro que alimenta los mecanismos mentales por los cuales un hombre cree poder disponer del cuerpo de la mujer incluso para desfigurarlo, a una causa que busca todo lo contrario no solo parece contradictorio, sino más bien un tanto perverso además de macabro.

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