Como en Babia
Puede que sea arar en el desierto de las conveniencias políticas, pero no está de más insistir en la falta de transparencia y sinceridad de quien utiliza en su tarjeta de presentación, al lado del membrete como Presidente de la República, el eslogan del político más transparente y sincero del país. Y frentero.
Puede que sea arar en el desierto de las conveniencias políticas, pero no está de más insistir en la falta de transparencia y sinceridad de quien utiliza en su tarjeta de presentación, al lado del membrete como Presidente de la República, el eslogan del político más transparente y sincero del país. Y frentero. Pero escojo al azar una de las muchas preguntas que le han hecho a Álvaro Uribe sobre su interés en un nuevo periodo presidencial. Esta es su respuesta (miércoles, 11 de junio): “Usted sabe que yo prefiero que estimulemos otros liderazgos, a que se perpetúe al Presidente, uno; que no soy indiferente a los superiores intereses del país; que no eludo las responsabilidades democráticas; usted sabe que estoy es en procura de hacer una pedagogía, para que los colombianos reelijan la Seguridad Democrática, la confianza inversionista, para que este país pueda superar la pobreza y construir equidad social”. Es, por supuesto, una respuesta con una perversa dosis de ambigüedad. Ambigüedad que él mismo desconoce. Le habían preguntado antes cuándo conocerían los colombianos su posición acerca de la nueva reelección. Y el asegura: “La conocen ampliamente”. No es cierto. Todo alrededor del tema es una gran mentira. Ni el país sabe que piensa, de verdad, su Presidente, ni el Presidente es capaz del mínimo de honestidad. No se atreve a ensayar respuestas como “estamos pensándolo”, “aún no decidimos”, “veremos que dicen los electores en el referendo”, o cualquier cosa que evite las sospechas. Opta en cambio por el camino gris de la incertidumbre. Y no puede aceptarse la excusa de la gobernabilidad que alegan en privado sus ministros o amigos. Al Presidente Lula, de Brasil, le preguntaron hace menos de dos días lo mismo, porque allá él también tiene altos niveles de popularidad. Vean la contundencia de su respuesta: “Le entregaré la Presidencia a alguien y me voy a mi casa a convivir con mi familia”. Por si hubiera dudas y ante versiones de que podría aspirar a otro escenario electoral, dijo “no tengo interés en ser candidato a senador, a gobernador, a concejal, nada”. En circunstancia similar (declaraciones a periodistas) Lula aclaró versiones sobre un posible dedazo, al estilo mexicano, que sugieren que una de sus ministras y jefe de gabinete –Dilma Roussef- podría sucederlo. “Si usted me pregunta si Dilma tiene competencia, yo le digo que sí tiene; creo que hay poca gente hoy en Brasil con la capacidad gerencial que tiene la ministra Dilma. Ahora, entre tener competencia gerencial y una candidatura a la Presidencia, hay una distancia del ancho del océano Atlántico” Eso sí es transparencia. Lo que hay aquí, en cambio, es un estilo que lleva a torcerle el pescuezo a las palabras para justificar una jugada electoral. El país, mientras tanto, se queda como en Babia, esa zona española legendaria porque sus habitantes nunca sabían que estaba sucediendo. A diferencia de la primera reelección, en donde había apoyos explícitos, en esta el Gobierno se está quedando en cueros, porque ni siquiera los grandes empresarios, uno de los trípodes que ha soportado el quinquenio de Uribe, están dispuestos a meterse en el baile de otro período. El Presidente de la ANDI asegura: “Lo que ha hecho el presidente Uribe pasará, de todas maneras, a la historia. Y no vale la pena agregarle su apego al poder. Creo, sí, que el Presidente tiene gran responsabilidad en la escogencia de su sucesor. Ese debería ser su empeño”. Todos, pues, están leyendo que detrás de las melindrosas respuestas del Presidente sobre su futuro, hay un interés para quedarse en la Casa de Nariño. Y no es capaz de confesarlo.




