Más de cien policías custodian en silencio la fe y la seguridad de los fieles en la Semana de Mompox
La estrategia de seguridad liderada por el Departamento de Policía de Bolívar garantiza la protección de los menores y la tranquilidad de los feligreses en los templos históricos de la isla
Policía de Bolívar en Mompox
Por: Emilio Gutiérrez Yance
Hay lugares donde el tiempo no pasa: se posa.
Santa Cruz de Mompox es uno de ellos. Allí, donde la historia respira entre muros de cal y balcones detenidos en otro siglo, la Semana Santa no se anuncia: sucede. Se filtra en el aire tibio, en el murmullo contenido de la gente, en la luz temblorosa de las velas que parecen contar, una a una, los años de fe que habitan este territorio.
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El Río Magdalena, testigo antiguo, avanza lento, como si también respetara el ritmo solemne de estos días. Y en sus orillas, Mompox se transforma en un escenario donde lo sagrado no es representación, sino presencia viva.
Cada año, la fe se vuelve multitud. Peregrinos llegan con promesas, turistas con asombro y los momposinos con una devoción heredada. Las velas iluminan los rostros en la noche, las túnicas púrpuras avanzan en silencio, y las bandas sacras rompen la quietud con notas que parecen antiguas plegarias.
Pero en esta escena —tan cargada de misticismo— hay una presencia que no irrumpe, sino que se integra. Silenciosa, firme, casi invisible: la de la Policía Nacional de Colombia.
Son más de 100 hombres y mujeres los que, sin protagonismo, han asumido una tarea que va más allá del deber: custodiar la fe. No interrumpen las procesiones, no alteran la solemnidad. Caminan al ritmo de los pasos lentos, observan sin invadir, protegen sin imponerse. Como si entendieran que en Mompox, incluso la seguridad debe guardar silencio.
Desde los primeros días de la Semana Mayor, su despliegue comenzó a tejer una red invisible. Bajo la estrategia “Seguridad, Dignidad y Democracia”, liderada por el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, cada punto clave fue pensado con precisión: la Inmaculada Concepción, Santa Bárbara, San Agustín, Santo Domingo… templos donde la fe no solo se profesa, se respira.
“Queremos que el visitante no solo encuentre belleza, sino también tranquilidad”, dice el coronel, mientras su mirada recorre el centro histórico. No hay rigidez en su gesto, sino una calma que parece contagiarse del ambiente sagrado.
Pero la seguridad aquí no se limita a custodiar espacios. También protege lo más frágil. Con la estrategia E-PAIS, la Policía de Turismo dirige su atención a los niños, evitando que la celebración se convierta en escenario de explotación o mendicidad. No es solo vigilancia: es cuidado. No es solo control: es presencia con sentido humano.
Y es que en Mompox ocurre algo singular: el turista no se siente vigilado, se siente acogido. Un policía entrega recomendaciones frente al templo de Santa Bárbara mientras el incienso asciende en el aire. Su voz no rompe el silencio, lo acompaña. Porque aquí, incluso la autoridad parece inclinarse ante lo sagrado.
Este despliegue hace parte de la estrategia Seguridad, Dignidad y Democracia, una apuesta que no termina con los días santos. “Nuestro objetivo es que Bolívar sea un destino seguro los 365 días del año”, insiste el coronel Pinzón. Y en sus palabras no hay promesa vacía, sino convicción.
Gracias a esa presencia casi imperceptible, la Semana Santa transcurre sin sobresaltos. Las familias caminan sin prisa, los peregrinos oran sin temor, los niños corren libres por las plazas. La fe florece. Y la seguridad, sin hacerse notar, la sostiene.
Declarada Patrimonio de la Humanidad, Mompox no solo deslumbra por su arquitectura o sus procesiones. Este año brilla por algo más profundo: por estar protegida desde lo invisible, desde ese equilibrio delicado donde la autoridad no interrumpe la devoción, sino que la resguarda.
Porque cuando la fe y la seguridad caminan juntas, ocurre algo extraordinario: el turismo deja de ser visita y se convierte en experiencia. Una que se siente. Una que permanece.
Y cuando todo pase —cuando el humo del incienso se disuelva en la tarde y las últimas velas se apaguen— Mompox volverá a su calma antigua. Pero algo quedará latiendo en sus calles.
Quedará la certeza de que hubo una presencia que no buscó ser vista, pero que sostuvo cada paso.
Que no levantó la voz, pero garantizó el silencio.
Que entendió, como pocos, que custodiar la fe también es una forma de honrarla.
Y en esa memoria, discreta pero firme, la Policía Nacional de Colombia no será recordada por vigilar, sino por haber sabido permanecer.