Cartagena

Héroe en uniforme y en la radio: homenaje al policía locutor que cambió una vida con su voz

El texto rinde homenaje a un profesional de la locución que sirve a la patria

Policía Nacional

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Dicen que hay voces que no salen de la garganta, sino del alma. Voces que no se escuchan con los oídos, sino con algo más profundo, algo que vibra en el pecho como un eco antiguo. La del subintendente de la Policía Nacional, Marcos Alfredo Romero Maldonado es una de ellas.

Ingresa al grupo de alertas de Caracol Radio Cartagena

No importa que nadie lo vea cuando habla, que su rostro se pierda detrás de un micrófono en una cabina donde el tiempo parece moverse distinto. Porque su voz —como esas señales invisibles que viajan a través de las ondas hertzianas— llega a lugares donde ni la luz alcanza, atravesando paredes, montañas y silencios, como si conociera de memoria el camino hacia cada corazón.

Él mismo lo ha entendido con los años: “hablar por radio no es solo emitir palabras, es abrir el pecho… y dejar que el mundo escuche lo que hay adentro”.

Todo comenzó en Agua de Dios, Cundinamarca, en un hogar donde la radio no era un objeto, sino una presencia. Nunca se apagaba. Respiraba con la familia, susurraba en las madrugadas y acompañaba las tardes largas en las que el calor se quedaba pegado a las paredes. Las voces que salían de ese aparato no solo informaban: ordenaban el mundo, lo hacían comprensible, lo volvían cercano.

Entre boleros, rancheras y locutores que hablaban como si conocieran a cada oyente por su nombre, fue creciendo sin darse cuenta de que ese sonido constante le estaba marcando el destino. Sus abuelos, fieles devotos de la radio AM, dejaban que el dial viajara como quien recorre la memoria. Y entonces aparecían Javier Solís, Rómulo Caicedo y otras voces que enseñaban que incluso la tristeza podía ser hermosa. Ahí aprendió a escuchar. Y quien aprende a escuchar… tarde o temprano aprende a decir.

En el colegio, el micrófono empezó a buscarlo. No con ruido, sino con insistencia. En cada evento, en cada oportunidad mínima, ahí estaba él. No por protagonismo, sino por algo más profundo: la necesidad de conectar, de decir algo que tocara a alguien más. Como si intuía que las palabras, cuando nacen bien, pueden alcanzar lugares invisibles.

Pero fue en una emisora comunitaria, Manantial Estéreo, donde su historia encontró forma. Allí apareció Tomás, un maestro de los que no abundan. No solo le enseñó a hablar, le enseñó a respirar. A vocalizar. A respetar los silencios. A entender que la radio no consiste en llenar el aire de palabras, sino en saber cuándo dejarlo en calma. Porque el silencio también habla… y a veces dice más.

Pasaron los años. Dieciséis, para ser exactos. Y sin darse cuenta, su voz empezó a hacer lo que hacen las voces que encuentran su destino: viajar sola. Se colaba en los hogares, se quedaba en las madrugadas difíciles, acompañaba caminos largos. Se volvía compañía.

En La Guajira, donde el viento parece arrastrar historias antiguas, su voz se convirtió en ese amigo invisible que nunca falla. Ese que está sin ser visto, pero que se siente.

Pero hubo un día en que entendió realmente el peso de lo que hacía. Una mañana cualquiera, de esas que parecen no tener nada especial, habló al aire. Dijo palabras que ya había dicho antes: de fe, de no rendirse, de seguir incluso cuando todo pesa demasiado. No sabía que, al otro lado por un viejo transistor, alguien lo escuchaba con la vida en pausa.

Era una mujer que luchaba contra un cáncer invasivo. Estaba cansada. Dudaba si seguir, si someterse nuevamente al tratamiento, si resistir un poco más. Entonces la voz llegó. No como sonido, sino como señal. Como si el aire hubiera decidido llevar ese mensaje justo donde hacía falta. Ella decidió continuar.

Tiempo después, una llamada rompió la rutina del programa. Era la hermana. La voz le temblaba. Contó la historia. Dio las gracias. Dijo que ese mensaje había cambiado una decisión. Dijo que su hermana vivía y en ese instante, algo dentro del subintendente Marcos también cambió. Entendió que la radio no es solo un medio sino una forma de salvar sin tocar, de llegar sin estar y de acompañar sin ser visto. Un milagro cotidiano.

Hoy todo es más rápido. Las pantallas gritan, las redes corren y la atención dura segundos. Pero hay algo que permanece intacto: la credibilidad. “Un locutor no solo habla, transmite confianza”, dice. Y en un mundo saturado de ruido, la confianza es un bien escaso.

Por eso sigue ahí. Día tras día. Hablándole a personas que no ve, pero que, de alguna manera, siempre están porque al final, todo se resume en algo sencillo: no se trata de hacer lo que uno quiere… sino de querer profundamente lo que uno hace. Y él lo hace con su voz, sí, pero sobre todo… con el alma. Porque hay voces que no se ven pero cuando llegan…cambian destinos.

Andrés Vizcaíno Villa

Periodista cartagenero con experiencia en comunicación...