El sancocho paisa: la tradición que sigue hirviendo al comenzar el año en Antioquia
Más que un plato típico, el sancocho es una costumbre familiar que reúne generaciones y marca el inicio de año en el Valle de Aburrá y otros municipios del departamento.
Archivo: cortesía / ©Daniel Pradilla
Antioquia
En Antioquia hay tradiciones que no necesitan invitación formal ni recordatorio en el calendario. Simplemente pasan. Una de ellas es el sancocho, ese plato que aparece cuando hay motivo para reunirse y, sobre todo, cuando el año apenas empieza y todavía quedan historias por contar de la noche anterior.
El sancocho paisa no es una receta rígida, es una costumbre. Se cocina en ollas grandes porque nunca se piensa para uno solo. Desde temprano, alguien pone a hervir el agua y otro se encarga de las carnes; mientras tanto, se pela la yuca, se parten las mazorcas y se discute, como siempre, si lleva más papa o más plátano.
En muchas casas del Valle de Aburrá y de otros municipios antioqueños, ese ritual se repite cada enero como una manera de alargar la celebración y empezar el año alrededor de la mesa.
El origen del sancocho
Su historia es larga y mezcla muchos tiempos. Antes de ser plato festivo, el sancocho fue comida de trabajo y de campo. Viene de la costumbre de cocinar tubérculos y vegetales en caldos espesos, una práctica ancestral que luego se transformó con la llegada de las carnes y los nuevos ingredientes.
En Antioquia, donde el trabajo rural exigía comidas rendidoras y nutritivas, el sancocho se volvió habitual: alimentaba a muchos, aprovechaba lo disponible y se adaptaba a cada región y familia.
Con el tiempo, el sancocho dejó de ser solo alimento y se convirtió en punto de encuentro. No se prepara a la carrera ni en silencio. Mientras se cocina, se conversa; mientras se sirve, se recuerda.
Es común que alrededor de la olla se junten varias generaciones: el que sabe cuándo echar la yuca, la que insiste en que el cilantro va al final, el que asegura que sin mazorca no es sancocho de verdad. Cada versión tiene algo de herencia y algo de improvisación.
Por eso no sorprende que el sancocho esté tan ligado a celebraciones como el inicio de año. Después de la fiesta, cuando el cuerpo pide calma y la familia sigue reunida, el caldo caliente cumple una doble función: reconforta y reúne.
Se sirve con arroz, aguacate, arepa o ají, y se come despacio, sin afán, como si el tiempo también se cocinara a fuego lento.
Más información
Una tradición culinaria
En barrios, veredas y fincas, el sancocho sigue siendo una excusa válida para quedarse un rato más. No importa si es de pollo, res, cerdo o una mezcla de todo. Lo esencial es la olla al centro y la gente alrededor.
En una época donde muchas tradiciones cambian, el sancocho paisa se mantiene porque no depende de modas, sino de costumbres compartidas.
Así, más que un plato típico, el sancocho es una forma de empezar el año: juntos, sin prisa y con algo caliente que se reparte entre todos.