Expediciones

La vida en el páramo más grande del mundo

Las más de 333.000 hectáreas de Sumapaz, lo convierten en el titán de todos los ecosistemas de alta montaña del planeta. Conozca a quienes lo cuidan

La laguna de los Tunjos, ubicada en el páramo de Sumapaz, le da vida al río Tunjuelo, un cuerpo de agua que en su paso por Bogotá queda totalmente lastimado /

La mayoría de los habitantes de Bogotá desconocen que más de la mitad de la ciudad está cubierta por frailejones, lagunas glaciares y nacimientos de ríos de aguas cristalinas, un vasto terreno que hace parte de Sumapaz, el páramo más grande del mundo.

El complejo de páramos de Sumapaz, al que pertenecen otros ecosistemas paramunos como Cruz Verde, Las Ánimas, Las Mercedes, El Cedral y Los Tambos de Colorado, suma 333.420 hectáreas de 25 municipios de Cundinamarca, Meta y Huila, de las cuales más de 90.800 están en la gran capital.

Según el Instituto Humboldt, el 56% de Bogotá es páramo, una joya hídrica y biodiversa distribuida en las localidades de Sumapaz, Ciudad Bolívar y Usme, la puerta a un mundo repleto de agua que en el pasado fue epicentro de rituales sagrados por parte de los muiscas.

Pocos se imaginan que a un poco más de una hora del relleno Sanitario Doña Juana, la zona minera de Ciudad Bolívar y la transitada Avenida Boyacá en su último tramo, inician los dominios de este titán planetario embellecido por más de 1.500 especies de plantas, mamíferos, aves, anfibios e insectos.

El viaje hacia las entrañas de Sumapaz da sus primeras muestras paramunas en el antiguo pueblo de Usme, un sitio donde ruanas, tractores, azadones, papas y cebollas marcan la parada. Una trocha se eleva hacia lo alto de la montaña, por donde zigzaguean camiones con vacas, bultos de cultivos y tanques con leche.

Las más de 330 000 hectáreas de Sumapaz lo convierten en el páramo más grande del mundo. La mitad del área de Bogotá está dentro de este ecosistema encargado de almacenar agua / Foto: Tomás Ortiz.

La importancia hídrica de Sumapaz aparece a pocos minutos en la represa de La Regadera, un sitio rodeado por especies foráneas como pinos, eucaliptos y el retamo espinoso a donde llega el agua del páramo para proveer a una pequeña parte del sur de Bogotá y los acueductos veredales de las zonas rurales.

Entre más aumenta la altura, extensos valles de frailejones se apoderan del panorama, plantas que descargan el agua de la lluvia en las lagunas, quebradas y ríos de este páramo bañado por las cuencas hidrográficas de los ríos Bogotá, Sumapaz, Cabrera, Metica, Guayuriba, Ariari, Güejar, Guape y Guayabero.

La niebla gobierna la carretera pavimentada hasta que a lo lejos se ve un gran pasacalles con las palabras “Localidad de Sumapaz”, la más extensa de Bogotá. Pocos metros después, al costado derecho, una inmaculada laguna con agua que se mueve sincronizada al ritmo de los fuertes ventarrones, muestra su magia.

Se trata de la laguna de Los Tunjos, un antiguo sitio donde los muiscas realizaban ofrendas doradas y rituales sagrados a sus dioses y la cual le da vida al río Tunjuelo, afluente urbano que en su paso por Bogotá recibe toneladas de basuras, vertimientos y desprecio por parte de los ciudadanos.

Un águila paramuna sobrevuela con cautela los aires de la laguna de aguas inmaculadas rodeada por musgos de color verde intenso. Desde lo alto agudiza su mirada para cazar algún conejo o curí que esté desprevenido. Desde hace varios meses, Los Tunjos luce acordonada por una cinta plástica amarilla para evitar que alguien ponga fin a su calma.

Más de 12.800 campesinos viven en Sumapaz. El Monumento al Campesino es una de las puertas de entrada al titán de todos los páramos del mundo / Foto: Tomás Ortiz

“En esta laguna y otras zonas de Sumapaz se han presentado casos de quemas de la vegetación nativa por parte de algunos turistas, por lo cual realizamos varias acciones en colaboración con entidades como Parques Nacionales para evitar impactos ambientales. El páramo, donde habitan muchas especies de frailejones y colibríes, es un lugar que debe ser apreciado pero sin causarle daños”, dijo Germán Medellín, alcalde local de Sumapaz.

Los sumapazeños

Desde Los Tunjos, la vía que va hacia lo más profundo del páramo pierde el cemento para convertirse en una trocha no apta para cualquier vehículo. Luego de 15 minutos por el recoveco de barro aparece un mural en una vivienda con rostros de campesinos y tupidos frailejones.

La obra de arte indica que en el páramo de Sumapaz conviven la población campesina y la biodiversidad. Según el Instituto Humboldt, cerca de 12.800 personas viven dentro del complejo, personas que sobreviven de cultivar papa, cebolla, fresa, mora y habichuela, además de la ganadería.

En la vereda Santa Rosa, una de las más de 20 que hay en la localidad de Sumapaz, una estatua de un hombre con sombrero y ruana y un azadón levantado con sus manos, le recuerda a los transeúntes que el páramo más grande del mundo no es un sitio apartado de la civilización humana.

Expedición Páramo, en compañía de funcionarios de la Alcaldía de Sumapaz, conversó con algunos campesinos del páramo, quienes además de luchar por las tierras que han heredado de sus antepasados, conservan los tesoros ambientales de este terruño que está conectado con la cordillera de Los Picachos, los cerros orientales y el páramo de Chingaza.

Las Frailejonas de Sumapaz

Rosalba Rojas lleva el páramo en su sangre. Nació hace 66 años en Cocuy (Boyacá), municipio que hace parte del territorio paramuno que lleva el mismo nombre. Desde muy pequeña aprendió a trabajar la tierra y a cuidar los mayores representantes de estos ecosistemas: los frailejones.

“Cuando tenía como 10 años, por las vueltas que da la vida, mis papás tomaron la decisión de salir del Cocuy para mudarnos al páramo de Sumapaz, a más de 350 kilómetros de distancia. El panorama era casi el mismo: valles de frailejones, mucha agua y un frío que pocas personas pueden aguantar”.

En una casa humilde en la vereda Taquecitos, con una vista envidiable del páramo y a más de 3.600 metros de altura, Rosalba pasó su niñez y adolescencia. “Al comienzo fue muy duro, porque la casa estaba medio construida. Dormíamos como 12 personas en un solo cuarto sobre cueros de oveja y no teníamos ni muebles. Acá llegamos con las manos vacías”.

El agua que resguarda el páramo de Sumapaz es vital para algunos habitantes del sur de Bogotá / Foto: Tomás Ortiz

El machismo del campo estuvo presente durante esos años de infancia. Mientras que sus hermanos hombres solo ayudaban a cultivar, Rosalba tenía que realizar tanto las labores de la casa como las actividades del campo.

“Mi papá construyó la cocina con partes de frailejones y un techo de paja, una técnica que se usaba bastante en esa época. Sufrí bastante porque me tocaba cocinar para mis hermanos y primos en un sitio lleno de barro y que se inundaba cuando llovía. A veces caía nieve”.

A Rosalba le encantaba ir a la escuela; siempre sintió una gran pasión por los libros, la escritura y el arte. “Cuando vivía en Boyacá, una profesora me enseñó sobre literatura y me motivó a escribir. Pero mis años de adolescente en Sumapaz fueron muy duros por todo lo que me tocaba hacer. La vida para una mujer en el páramo es bastante complicada”.

Salió de su casa paterna cuando conoció a Fabio, con quien se casó y tuvo cinco hijos. Sus suegros les heredaron una casa amplia ubicada a las orillas de la carretera, hogar que Rosalba califica como un palacio. “No tiene comparación con la casita donde viví de niña. Acá críe a mis hijos y hoy me visitan mis nueve nietos”.

Más de 200 especies de aves han sido registradas en el páramo más grande del mundo. Una de ellas es este chirlobirlo / Foto: Tomás Ortiz

Aunque siempre se ha sentido orgullosa de su familia y sus raíces, durante años doña Rosalba estuvo afligida e incompleta. Quería hacer algo que motivara a sus amigas mujeres a alzar la voz sin miedo a sentirse juzgadas por los hombres del páramo.

“Encontré en la escritura mi mayor escape. Siempre inspirada en el páramo y las mujeres, empecé a escribir poemas y coplas, pero yo quería darlas a conocer. Entonces hablé con varias de mis amigas para hacer algo juntas”.

Uno de sus primeros escritos fue el de una niña llamada Libertad, basado en todo lo que pasó su mamá en el campo. “Mi mamá tuvo tres hijos acá en Sumapaz, de los cuales uno falleció porque acá no había médico; ella daba a luz solita. También recuerdo el relato de dos campesinos, Mario y Noé, uno cazador de fauna y el otro amante de los animales y el páramo”.

Hace 13 años, con la ayuda de una pareja de profesores que estaba en Sumapaz, doña Rosalba le propuso a una decena de sus amigas crear una obra de teatro basada en los tesoros naturales del páramo, el primer grano de arena que le dio vida al grupo llamado Las Frailejonas.

Inmensidad de frailejones y agua en el páramo de Sumapaz, el más grande del mundo / Foto: Tomás Ortiz.

“Nos bautizamos así para rendirle un homenaje al frailejón, el mayor símbolo del páramo que nos da vida. Los profesores nos ayudaron a crear la obra ‘Doña Encarnación y el último frailejón’, basada en las lagunas y todos los tesoros de Sumapaz. Ella es la comunidad, que está a la expectativa de cuidar el páramo”.

Una parte de la obra dice: “la vida está unida por hilos que van más allá de la comprensión humana; la naturaleza tiene alma propia pero jamás ha podido ser escuchada y mucho menos por los seres humanos”.

Rosalba atesora uno de los versos que compuso para esta obra. “Por aquí me voy metiendo como raíz de frailejón, para cuidar el agüita que baja del chorrerón. Las lagunas de Sumapaz son un tesoro divino, también los lindos senderos por donde siempre camino; como buena campesina me gusta participar y aprovechar los proyectos que llegan a Sumapaz”.

Las Frailejonas, que desde hace más de una década se reúnen cada 15 días para crear canciones y obras de teatro, también hacen sus disfraces de frailejones, aves, osos y campesinos de la región con materiales reciclados.

“Yo soy la más viejita de todas. Nos hemos presentado en varios festivales y eventos culturales tanto en Sumapaz como en ciudades como Bogotá y Villavicencio. Pero la verdad prefiero hacerlo afuera del páramo, ya que aún siento que los hombres de acá nos juzgan por no ser mujeres que solo hacen oficio”.

Por la pandemia, los ensayos y las creaciones artísticas se vieron bastante interrumpidas. Sin embargo, Rosalba sigue anotando en sus cuadernos las palabras que le llegan a la mente al apreciar el páramo de Sumapaz.

“Siempre me despierto y pienso muchas cosas bonitas, las cuales escribo en el cuaderno. Tal vez en otra vida sea una escritora famosa de libros sobre los tesoros que esconde el páramo más grande del mundo, donde los frailejones crecen un centímetro cada año. Para mí, Sumapaz significa vida, libertad y el territorio que le puede dar más voz a la mujer”.

Salvadores de abejas

Nohelí Santana nació hace 52 años en el Líbano, municipio del Tolima donde creció en medio de cultivos y ganado. En 1986, cuando apenas despertaba su adolescencia, se fue del pueblo por varios problemas que tuvo su papá con su mamá y algunos vecinos, que incluso terminaron en peleas con machete.

“Primero llegamos a Bogotá, donde vivía una tía. Trabajamos en varias granjas de Sibaté, pero como la plata no alcanzaba me puse a vender chance y periódicos; también trabajé en montallantas y restaurantes”.

El dueño de una de las granjas les contó que en Sumapaz habían tierras donde podían vivir mejor con lo que da el campo. “Pero no le copiamos la idea. Nos fuimos para el Duda, una vereda de Uribe (Meta), un sitio repleto de naturaleza con mucha flora y fauna”.

En los Llanos Orientales, Nohelí conoció a las abejas. “Yo me la pasaba por la vereda buscando colmenas, de donde sacaba hasta 10 botellas llenas de miel que vendía muy bien en el pueblo. Al poco tiempo decidimos irnos para Sumapaz, donde seguí trabajando con estos insectos”.

Padre e hijo se asentaron en la vereda La Unión, que hace parte del corregimiento de San Juan ubicado en la localidad de Sumapaz. “Durante mucho tiempo solo ví a las abejas como una fuente de dinero, ya que ignoraba su importancia planetaria. Ellas son las encargadas de que tengamos cultivos y plantas que producen agua y aire”, dice Nohelí.

Hace 12 años, un proyecto de la Umata de la localidad le cambió su forma de ver a las abejas. Estaban buscando personas que quisieran trabajar con ellas, un insecto con el que estaba bastante familiarizado pero solo para sacarles la miel, y al que la mayoría de la comunidad desprecia.

Le dieron ocho colmenas para que empezara a consolidar su propio apiario, al que bautizó ‘Manantial de amor’. “Pero primero los expertos me enseñaron, durante más de 70 horas de clase, la importancia de estos insectos: polinizar el 80 % de las plantas al consumir el néctar de las flores. Su gran enemigo son los químicos de los cultivos, una plaga que los está matando”.

Nohelí se enamoró perdidamente de las abejas. En las zonas más bajas de Sumapaz empezó a recoger los panales que alarmaban a la comunidad para ir nutriendo su apiario, que hoy en día ya supera las 20 colmenas.

“La gente les tiene mucho miedo, porque si pican producen hinchazón, vómito y diarrea. Por eso les prenden candela a los panales o les echan agua caliente. Además de mi apiario, mi trabajo desde hace 12 años es sensibilizar a la gente para que no las mate y recoger todos los panales que encuentro en Sumapaz”, comenta Santana.

Ya es conocido en varias veredas de Sumapaz como el salvador de las abejas. “Muchas personas me llaman para que recoja los panales que aparecen en los patios y tejados de las viviendas. Con trajes especializados para que no me piquen, las ubico delicadamente en mi apiario. Siempre le digo a la comunidad que no las altere, ya que son un tesoro”, agrega Nohelí.

Este tolimense con alma paramuna vive de la venta de la miel que le dan las abejas y de los trabajos extras que salen en la zona, recursos con los que sobreviven su esposa y único hijo. Dice: “mi sueño es formar una asociación de apicultores para organizarnos bien y evitar que la gente ataque a las abejas. Ya me llaman para dar charlas sobre el manejo adecuado de estos insectos”.

Según Nohelí, hace unos 20 años las abejas no hacían presencia en las zonas más altas y frías del páramo de Sumapaz, un panorama que ha cambiado por los coletazos del cambio climático y la gran cantidad de insecticidas y plaguicidas de los cultivos.

Y agrega que “debido a los químicos que aplican en las tierras de clima más templado, las abejas se están desplazando hacia el páramo. He recogido muchas colmenas en estas áreas, incluso en Nazaret; son insectos muy inteligentes que se adaptan a lo que les toque y ahora creo que están polinizando los frailejones”.

Debido a su trabajo como salvador de las abejas, este campesino se ganó otro proyecto que consiste en educar a la comunidad sobre la importancia de proteger a los grandes polinizadores. “Les digo que entre más abejas tengamos, más frailejones van a decorar nuestro hermoso páramo de Sumapaz y así tendremos agua para siempre”.

Alexis Santana, el hijo de Nohelí, de 16 años, está siguiendo los pasos de su progenitor. “Desde que era muy pequeño, mi papá me contaba cuentos sobre la importancia de las abejas. Yo siempre lo acompaño a recoger los panales por Sumapaz y le ayudo a cuidar las colmenas del apiario. Sacamos cosecha dos o tres veces al año, en las épocas más secas”.

Este joven habla con propiedad de las abejas. “Cada colmena puede tener hasta 80.000 abejas. Las polinizadoras viven en promedio 21 días, tiempo en el que cuidan a la reina y salen a polinizar las plantas. Muchas mueren en el viaje por el cansancio, por lo cual les ponemos azúcar para que se alimenten”.

Cargando

Escucha la radio en vivo

Elige una ciudad

Caracol Radio

Caracol Radio

Programación

Último boletín

Ciudades

Elige una ciudad

Caracol Radio

Compartir