Política

Discurso de posesión del nuevo presidente del Senado, Juan Fernando Cristo

Cristo resaltó que este será el Congreso de la paz.

Discurso de posesión del nuevo presidente del Senado, Juan Fernando Cristo

Asumo la Presidencia del Congreso en momentos en que Colombia se juega su más clara oportunidad, y tal vez la última, de alcanzar la paz y la reconciliación por la vía de la negociación política, del entendimiento, de la fuerza de las ideas y las palabras y no del aplastante ruido de las bombas y las balas. El año legislativo y político que hoy comienza, sin duda alguna marcará el futuro de nuestras próximas generaciones y definirá la posibilidad de que nuestros hijos y nietos puedan crecer y vivir en un país en el que la gente jamás vuelva a empuñar un fusil con el fin de atacar al Estado, una nación en la que sus nuevas generaciones entiendan que siempre habrá un espacio en el escenario político para defender sus ideas, una democracia en la que la violencia armada nunca jamás tenga justificación o pretexto

 Estamos en momentos decisivos en el proceso de paz de La Habana que iniciaron el gobierno nacional y la guerrilla de las FARC. Será este Congreso el escenario en el cual se adoptarán las grandes definiciones que nos permitirán finalmente consolidar una sociedad diferente o aquellas que definitivamente nos condenarán a más décadas de sangre, dolor y víctimas. Muchos colombianos, tal vez distraídos por los fogonazos verbales, las vallas engañosas y la polarización extrema que buscan aquellos a quienes solo interesa y sirve la prolongación indefinida de este conflicto, no se han percatado aún de lo que el país se está jugando en los actuales momentos. Si logramos finalmente firmar un acuerdo de paz con las FARC cambiará para bien la forma de hacer política, mejorará la economía, aumentará la inversión social, se profundizará la descentralización y se consolidará la inserción internacional de Colombia, en fin, cambiará positivamente el país. Y es a ese cambio al que precisamente temen los defensores a ultranza del status quo, quienes quieren que todo siga igual; aquellos que consideran que la democracia colombiana no requiere cambios profundos, que la desigualdad en el país no es grave, que el atraso y la pobreza extrema en muchas regiones es normal y que incluso piensan que las millones de víctimas ocasionadas por esta inhumana guerra son su consecuencia lógica e inevitable. Ese cambio, que llegará al país con la firma de un acuerdo de paz, es el que espanta a los sectores de la extrema izquierda y de la ultraderecha, que tristemente coinciden en su visión confrontadora y violenta de nuestra realidad nacional. Pareciera que ellos consideran que la violencia y la muerte son una condición inherente a nuestra nacionalidad, con la cual tendremos que convivir eternamente. Y eso no lo podemos aceptar quienes creemos que es posible acabar con esta absurda guerra, quienes nos negamos a resignarnos a ella. A esos enemigos de la paz, no se les puede calificar de otra manera

Hay que decirlo con la frente en alto: este Congreso que comienza hoy su última legislatura, como ninguno otro en los tiempos recientes, ha contribuido con dedicación, trabajo e inteligencia a que vivamos hoy nuevamente la esperanza de la reconciliación. Este Congreso, con la participación de todas sus fuerzas políticas, impulsó la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras que se convirtió en la cuota inicial para el proceso de paz. Una ley que demostró la importancia de abrir las discusiones parlamentarias a la sociedad civil, una ley con participación ciudadana sin antecedentes. Una ley fruto de un consenso comparable al de la Constitución del 91, surgida, que nos demuestra que para que sean útiles y fructíferas, aquellas normas que pretendan encausar las corrientes de la historia nacional deben ser fruto del consenso. En Colombia necesitamos menos leyes pero mucho más consensuadas. Y posteriormente este mismo Congreso, en medio de un amplio debate democrático, discutió y aprobó el Marco Jurídico para la Paz, que incorpora a nuestro ordenamiento constitucional los principios de la justicia transicional, como medida necesaria en el propósito de avanzar en la búsqueda de una solución definitiva al conflicto que nos afecta. Una norma que abre avenidas de reconciliación sobre la base que aquellos que han provocado tanta desolación y dolor en millones de hogares de este país, adopten la decisión de dejar las armas, contar toda la verdad, solicitar perdón, devolver todos los secuestrados, en fin, renunciar a todas sus acciones violentas. Sin estos instrumentos jurídicos, la Ley de Víctimas y el Marco para la Paz, se puede afirmar sin exageración alguna que hubiera sido imposible que gobierno y FARC estuvieran hoy sentados en La Habana en un proceso que ilusiona a los colombianos. Además, gobierno y Congreso conjuntamente hicimos la tarea en el orden adecuado. Primero pensamos en la aplicación de todos los mecanismos de la justicia transicional para asegurar la reparación integral a las víctimas, su derecho a la verdad, la restitución de sus tierras despojadas por los violentos, para después sí abrir la posibilidad de aplicar los mecanismos de justicia transicional a los victimarios con la condición de su renuncia a la violencia de una vez por todas. Este Congreso entonces tendrá la responsabilidad de dar continuidad a las tareas de los últimos años en la búsqueda de la paz si gobierno y FARC llegan a un acuerdo. Toda su implementación se discutirá democráticamente aquí y deberemos jugárnosla con seriedad, generosidad y sentido de patria para aprobar no solo las leyes ordinarias y estatutarias que contempla el Marco Constitucional para la Paz, sino un buen numero de reformas legales y constitucionales que seguramente se desprenderán de los acuerdos finales de La Habana. Esperamos comenzar estas discusiones antes de finalizar el año y será esa la principal tarea de nuestra última legislatura. Si la cumplimos con lealtad nos ganaremos con justicia, que estos cuatro años del Congreso sean recordados como los del Congreso de la Paz, la Reconciliación y las Víctimas. Además, habremos señalado con toda claridad a los críticos de la institución que es absolutamente innecesaria la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente porque este parlamento tiene la voluntad de paz y la legitimidad democrática para convertirse en el Congreso Constituyente de la Paz, como fruto de un pacto de reconciliación al que nos comprometamos todas las colectividades, más allá de la Unidad Nacional. Demostraremos que aquí somos capaces de hacer las reformas para la paz y hacerlas bien. Este Congreso entonces, como se ve con hechos concretos y no con discursos, está con la paz de Colombia, está con las víctimas de este país, está con la reconciliación entre todos los colombianos. Pero las FARC deben entender que el margen de tolerancia de la sociedad con sus actos es mínimo como consecuencia lógica de sus actitudes pasadas. Que han sido muchos años de violencia, de dolor, de reclutamiento de menores, de secuestros, de asesinatos de inocentes. Que el pueblo colombiano, especialmente sus víctimas, está dispuesto al perdón como base indispensable de la reconciliación, pero que siente temor ante la posibilidad de nuevas frustraciones y engaños. Que los colombianos todos estamos ansiosos de contundentes hechos de paz y no más palabras. Las FARC no pueden jugar más con el reconocimiento a sus víctimas. El dolor de las víctimas no se puede negociar ni mucho menos convertir en estrategia política su reconocimiento. Es un hecho humanitario y no político. No pueden seguir dilatando una declaración clara, sin ambages, sin cálculo político, de reconocimiento al dolor que han causado. Deben entender que su actitud mezquina hacia las víctimas solo alimenta a aquellos que tras años de indiferencia hacia ellas e incluso de atropellos hacia sus derechos, ahora aparecen de manera oportunista pretendiendo ser sus leales defensores, utilizándolas para atravesarse a cualquier posibilidad de negociación

Por eso, desde aquí pedimos hoy a las FARC, si es que realmente quieren la paz, que reconsideren su estrategia de ampliar los puntos de la agenda acordada y de prolongar indefinidamente en el tiempo las negociaciones. El momento es ya y ahora. Este Congreso acompañará al Presidente Santos que se ha jugado su liderazgo por la paz. Si hay voluntad de las FARC, como muchos creemos a pesar del escepticismo, no se deben seguir dilatando las conversaciones. Tres meses a partir de ahora son suficientes para llegar a acuerdos finales. Si hay voluntad de las FARC, porque el gobierno la tiene toda, antes de terminar octubre podremos tener un acuerdo definitivo de fin del conflicto. Y a partir de ese momento el Congreso de Colombia tendrá la decisión política y la dimensión histórica de debatir y aprobar la legislación que se requiera para blindar estos acuerdos y posteriormente someterlos a una refrendación popular mediante alguno de los mecanismos contemplados en la Constitución del 91: el plebiscito, el referendo o la consulta popular, con la convicción que tenemos quienes apostamos al éxito del proceso que más allá de las dudas de hoy y del rechazo de ciertos sectores, al final los colombianos mayoritariamente apostaremos con decisión a un futuro cierto de paz y no a más décadas de un incierto conflicto. Una paz con igualdad social que definió bellamente el entonces presidente norteamericano John F Kennedy al señalar: “¿Qué clase de paz buscamos? Yo hablo de la paz verdadera, la clase de paz que vuelve a la vida en la tierra digna de ser vivida, la clase de paz que permite a los hombres y a las naciones crecer, esperar y construir una vida mejor para sus hijos”. Esa es la paz que todos queremos para Colombia. No cabe duda que el Presidente Santos planteó el proceso en el momento oportuno, sin improvisación, con una superioridad militar evidente del estado y un entorno internacional favorable. La estrategia del gobierno de avanzar en las negociaciones con una agenda corta y concreta, sin cese al fuego, en el exterior y sin zonas de despeje, permite buscar la paz sin debilitar el estado. De hecho, en los seis primeros meses de este año los golpes de nuestra fuerza pública contra las estructuras de las FARC son contundentes, mientras que disminuyeron las acciones ofensivas de esta guerrilla. Hasta ahora con discreción, seriedad y responsabilidad de patria, el gobierno nos representa a todos los colombianos en la mesa. Sin embargo, hoy el proceso requiere mayor participación política y ciudadana sin llegar a su caguanización. A estas alturas parece ya conveniente, por ejemplo, que una delegación representativa de las víctimas del país participe en alguna de las próximas rondas de conversaciones para exigir a la guerrilla un compromiso más claro con el reconocimiento, la verdad y la reparación a sus víctimas. O igualmente sería útil que precisamente en momentos en que se discute el punto de la participación política, los partidos de gobierno y oposición pudieran fijar sus posiciones en un diálogo franco y abierto con la guerrilla, sobre temas como el estatuto de oposición, los mecanismos de refrendación de los acuerdos, el acceso igualitario a medios de comunicación, la composición del congreso, entre otros. De la misma manera es importante que el ELN se decida de una vez por todas a iniciar un proceso de paz con el gobierno Santos. Soy víctima del ELN como todos ustedes saben. De la manera más salvaje asesinaron a mi padre. Pero respetando el dolor de cada víctima y su forma de llevarlo, no soy de aquellos que piensan que el rencor y la venganza son el camino para curar las heridas del alma, para resarcir el daño. Por el contrario, creo en el perdón y la reconciliación como el único camino para evitar que lo sucedido a mi familia se repita cruelmente en más hogares colombianos. Si el gobierno y el ELN deciden dar los primeros pasos en un proceso de paz, encontrarán en el Presidente del Congreso su más fuerte aliado y defensor, sobre la base que reconozcan a sus víctimas y pidan perdón. Muchas veces me han preguntando si ya perdone a los asesinos de mi padre y la respuesta es la misma: No. Simplemente porque nadie me lo ha solicitado. Si lo hacen con sinceridad, siempre estaré dispuesto a perdonar, entendiendo que es mi aporte como ser humano, como ciudadano, para avanzar en la reconciliación de nuestra nación. CONGRESO Y OPINIONDemostremos a los ciudadanos que este Congreso se sintoniza con sus necesidades. La Ley de Víctimas y Tierras ya lo hizo y ahora se debate la Ley ordinaria de Salud en la que los pacientes deben ocupar un lugar de primer orden como lo ocuparon las víctimas en su propia ley. Es cierto que atravesamos momentos de incredulidad ciudadana y frente a esta realidad no podemos adoptar la actitud del incomprendido que de nada serviría, ni tampoco aceptar que la virulencia de algunos contra la institución en cualquier momento o circunstancia es justificada. El Congreso debe aceptar las equivocaciones e intentar enmendarlas. Debe tener capacidad de autocrítica. Entender que muchas veces las reacciones negativas que se generan son justificadas, aunque no todas. En esta época debemos estar abiertos al control político y brindar todos los espacios necesarios al control ciudadano. A los medios de comunicación, al compatriota de a pie que se expresa de diversas maneras. Dice Anthony Giddens, el sociólogo inglés que ayudó a encauzar muchas de las reformas democráticas del gobierno laborista que siguieron al finalizar varios años de gobiernos de derecha, que a la par que crecen los escenarios del debate democrático, crecen también las voces de los enemigos de la democracia que encuentran en esos mismos escenarios la posibilidad de expresarse

Lo mismo pasa en Colombia, donde a la par que el gobierno respeta la oposición y presta atención al debate social y político para fijar posiciones que reflejen el consenso nacional, surgen voces que como cantos de sirena evocan el discurso demagógico de la derecha ciega para minar el camino del entendimiento democrático que estamos comenzando a transitar y del que por delante tenemos todavía un trecho muy largo

Ante una encrucijada que para la sociedad colombiana es igualmente vital, hago un llamado a la creación de escenarios democráticos en los que se recree el contrato social colombiano haciendo realidad las promesas de la Constitución que ya tenemos, y en donde se forjen los consensos que necesitamos para vivir en paz. Lo hago en mi condición de liberal, no solo al Gobierno y al Congreso del que hago parte, sino a la opinión pública colombiana, a sus formadores de opinión, a sus periodistas, profesores universitarios, políticos y líderes civiles

EL CATATUMBO. No puedo dejar de hablar del Catatumbo en mi departamento, Norte de Santander. Los episodios de los últimos días deben servir para reflexionar sobre lo que sucede en varias regiones de Colombia que han vivido altos niveles de conflictividad social, en donde el circulo de la violencia se repite como una especie de sino fatal que hubiera caído sobre los habitantes de estas zonas. Un círculo vicioso que debemos desatar para convertirlo en un círculo virtuoso de reconciliación y prosperidad. La invitación entonces al gobierno y los líderes de la protesta es que convirtamos esta crisis en una oportunidad. Así como el Catatumbo ha sido durante décadas un laboratorio de guerra en el que confluyeron el petróleo, la coca, la palma, el ELN, las FARC, los Paras, el EPL y las nuevas Bacrim, herencia maldita que dejó el gobierno anterior al Presidente Santos, convirtámoslo ahora en un escenario de postconflicto en el que estado y comunidad puedan trabajar conjuntamente para restituir las tierras a los campesinos despojados, desminar sus poblados, hacer de una vez por todas la infraestructura necesaria para sembrar cultivos lícitos rentables que reemplacen la coca, garantizar acceso a educación, salud y vivienda a sus campesinos. Es una oportunidad de ensayar en una zona estratégica cómo debería ser el posconflicto y concentrar allí toda la acción del estado para que su éxito en el modelo sea replicado en las distintas regiones de Colombia que padecen una problemática de violencia y atraso similar. Seamos capaces de imaginar por una sola vez el Catatumbo sin guerrilla, sin paras, sin narcos

Ahora bien, a pesar de ser justas las reivindicaciones de los campesinos del Catatumbo y las de otros sectores sociales del país, frente a un abandono histórico y la ineficacia gubernamental para brindar soluciones, es absolutamente inaceptable que se acuda a las vías de hecho, se bloqueen las carreteras, se condene al hambre a pueblos enteros que se pretenden aislar y se juegue a la politiquería electoral con las angustias de nuestra gente. Hace bien el gobierno al actuar con firmeza frente a esas actitudes violentas que los colombianos rechazamos. LA UNIDAD NACIONALQuiero agradecer a todos los partidos que acompañaron esta elección. Empiezo por mi partido, el liberal, al que he dedicado mis mejores esfuerzos y los últimos 15 años de mi vida en este Congreso, defendiendo con convicción unos ideales. A los conservadores, a la U, a Cambio Radical, al Partido Verde, al Pin y a los integrantes de la izquierda democrática con quienes coincidí durante muchos años en esta plenaria en la defensa de los valores democráticos de este país. Tengan ustedes la certeza que no los defraudaré y dedicaré todas mis energías a defender la institucionalidad, a brindar garantías plenas y eficaces, no retóricas, a quienes ejercen la oposición en este recinto en representación de millones de compatriotas. Y mi compromiso con la Unidad Nacional y la agenda reformista del presidente Santos. Es este un gobierno decente y progresista que merece ser acompañado por el Congreso y por los colombianos. Un gobierno comprometido con profundas reformas sociales, un gobierno que, al contrario de lo que afirman algunos críticos delirantes, ha mantenido y mejorado los resultados en seguridad y lucha contra los violentos, un gobierno que se ha jugado a fondo la batalla por recuperar la institucionalidad y luchar contra la corrupción, un gobierno empeñado en modernizar el país e insertarlo en las grandes ligas de la política internacional. El mecanismo de la Unidad Nacional debe preservarse para bien del país. Sin Unidad Nacional hubiera sido prácticamente imposible sacar adelante la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras o el Acto Legislativo de las Regalías, dos reformas que por sí solas justifican la existencia de esta coalición de partidos porque significan un gran avance un la transformación estructural de la sociedad colombiana. Sin Unidad Nacional tampoco habría sido posible aprobar el Marco Jurídico para la Paz, el Estatuto Anticorrupción o la Ley estatutaria de Salud. Es entonces importante consolidar la Unidad Nacional, no solo como coalición legislativa para acompañar las iniciativas del gobierno, sino como coalición política que asegure un respaldo inmensamente mayoritario el próximo año a la continuidad de las políticas públicas que durante este periodo se han diseñado con el liderazgo del Presidente Santos y el apoyo de todos los partidos que lo respaldamos. Mi trabajo en este año tendrá ese norte, el de hacer los esfuerzos necesarios para que todos los partidos que integran la coalición de gobierno cuenten con plenas garantías que permitan, sin perder su autonomía e independencia, sin renunciar a sus idearios, sin caer en el unanimismo, manteniendo las diferencias y la capacidad de disentimiento, preservar el necesario espíritu de Unidad en torno a los grandes temas del país como la consolidación de la paz, la implementación de los acuerdos, la profundización de la descentralización y la permanente búsqueda de mayores niveles de igualdad social en el país. Amigas y amigos, Colombianos:Desde hace ya 30 años cuando llegue a estudiar a Bogotá, me acostumbré a caminar por estos pasillos del Congreso, a asistir a los grandes debates de la plenaria liderados por Luis Carlos Galán, a seguir las discusiones sobre el proceso de paz de Belisario y la contundente elección de Virgilio Barco en el 86. Mi vida se movía entre los libros en la Universidad de los Andes, los debates del Capitolio y las tertulias políticas en el Tequendama. Tal vez de esa manera, sin darme cuenta siquiera, fui enamorándome de este oficio de la política que genera tantas pasiones, y entendí la importancia de lo público. Sin embargo, jamás imaginé que la vida me tenía reservados 16 años en el Congreso, debates electorales, triunfos y derrotas. Pensé siempre en ser servidor público desde el ejecutivo y no el legislativo. La primera vez que contemplé esa posibilidad fue en junio de 1997 cuando mi padre me visitó siendo yo Embajador de Colombia en Grecia. En uno de varios atardeceres que nos sorprendió caminando entre las ruinas por las angostas callejuelas de Plaka, al pie de la Akropolis, me habló él de la posibilidad de su retiro y me preguntó si yo contemplaría aspirar al Congreso. Mi respuesta fue un no contundente, y pocos días después lo despedí con la mano en alto cuando tomaba su vuelo de regreso con destino a Cúcuta, con destino a su muerte. Esa imagen quedó congelada en mi memoria y mi alma por siempre. Poco más de un mes después me desperté de una profunda siesta a orillas del Canal de Corinto, con la noticia que jamás imaginé recibir. Mi padre había regresado de Atenas a encontrarse con su fatal destino cuando, como todos los viernes de sus últimos 30 años de vida, llegaba a su consultorio a atender la gente de Cúcuta y el Norte de Santander que siempre lo apoyó con inmenso amor y lealtad. Desde ese mismo instante en que los violentos de manera absurda, salvaje e injusta nos lo arrebataron, tomé la decisión de no dedicar el resto de mi vida a anidar resentimientos en mi corazón ni alimentar sed de venganza. Hoy su crimen, como miles, sigue en la impunidad. Supe desde ese momento que mis alegrías y satisfacciones no serían las mismas sin compartirlas con él, que mis triunfos serían incompletos y que las derrotas, que no han sido pocas, no serían tan graves. Que las tristezas por las decepciones y traiciones en la política tampoco serían iguales. Han pasado ya casi 16 años desde ese momento, ayer él hubiera cumplido 83. Durante estos 16 años el país ha oscilado entre la esperanza de una paz negociada y la ilusión del aniquilamiento militar a los violentos. Entre la guerra y la paz como en los 30 años anteriores. El siempre creyó en la negociación política como única forma de superar el conflicto y por esa razón hoy rindo honor a su vida y legado. Hoy ese joven universitario que caminaba bajo su sombra por estos corredores, llega a presidir su querida institución, a la que él entregó con cariño su trabajo y esfuerzo, a la que respetó profundamente y que hoy en forma excesivamente generosa, que llevaré en mi corazón por siempre, me entrega el más grande honor que he recibido en mi vida. Por su memoria juro que trabajaré incansablemente, con dedicación, sacrificio y transparencia, para que nuestro Congreso ocupe un lugar muy alto en la vida democrática de este país, para contribuir en la construcción de un poder legislativo que sea útil a los colombianos en estos cruciales momentos de su historia. Un Congreso con más debate de las ideas y menos discusión de las cuotas. Un Congreso que recupere la autoridad moral para reclamar a sus ciudadanos reconocimiento de las muchas cosas buenas que hace. Un Congreso que se gane el respeto y la admiración de los colombianos como el Congreso de la Paz, la Reconciliación y las Víctimas. MUCHAS GRACIAS

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