Misterios y creencias

Columnistas piden al ex presidente Uribe mesura frente a investigaciones contra ex funcionarios

Héctor Abad Faciolince, Yolanda Reyes y Alejandro Gaviria, desde los diarios El Tiempo y El Espectador, lanzan duras críticas a los planteamientos recientes del ex mandatario

Héctor Abad Faciolince, Yolanda Reyes y Alejandro Gaviria, desde los diarios El Tiempo y El Espectador, lanzan duras críticas a los planteamientos recientes del ex jefe de Estado

¡Basta ya de pataletas!Yolanda ReyesEl cielo se desploma de tanto llover y nuestra gente se queda sin casa, se ahoga y se muere, pero aquí seguimos enfrascados en las camorras de Uribe. Llueva, truene o relampaguee, él aún nos dicta la agenda. Poco importa qué pase en el mundo: si Corea del Norte ataca a Corea del Sur, si hay Feria del Libro en Guadalajara, si el narcotráfico sigue cobrando vidas en Río de Janeiro, Medellín o Ciudad Juárez, si nuestro aeropuerto es un caos, por no mencionar nuestras calles... Como si no hubiera nada más de qué hablar, nada más por qué luchar, nada de qué preocuparnos, él decide quién peleará versus quién y cuál será la encuesta del día, con la pregunta de siempre: ¿Qué opinión le merece Uribe? Además de ser una estrategia perfecta para evitar que sepamos lo que ya todos sabemos sobre los escándalos de su gobierno, hay algo patológico en ese intento desesperado por llamar la atención. Como esos niños tiranos que hacen pataletas para tener en vilo a sus padres, la consigna de Uribe parece ser "peleo, luego existo"

¿A qué se deberá esa necesidad de confrontación permanente? ¿Se trata de un duelo por la pérdida del poder, de una terapia de choque para conjurar su muerte política... o lo aquejará un mal más profundo? ¿Miedo a perder el control, miedo a ser invisible, miedo a estar consigo mismo? Cualquiera que sea su problema, a mí me tendría sin cuidado si fuera exclusivo de él. Pero así como detrás de un niño tirano hay unos padres subyugados y débiles, detrás de la bravuconería de Uribe hay un país enfermo y monotemático y unos medios de comunicación haciéndole el eco. Y para romper ese círculo que refuerza la crispación furibista con la atención de la audiencia, convendría practicar la "ley de la extinción" que aplican sabiamente las madres ante las pataletas de sus hijos y que consiste en hacer oídos sordos cuando la criatura entra en trance para saltarse las normas. El presidente de la Corte puede ilustrar ese método: frente a la desatinada declaración de Uribe sobre el asilo de María del Pilar Hurtado, se limitó a decir que lo había dejado sin palabras. Su actitud sugiere un camino más técnico: seguir el curso de las investigaciones y respetar la justicia, en vez de engancharse en el berrinche. Los medios de comunicación deberían -deberíamos- seguir esa ruta y tomar conciencia del desafío que implica hacer una transición, no solo política, sino también cultural, en la manera de leer los hechos. Romper esta cultura que, durante los últimos ocho años, se ha centrado en un solo discurso, para albergar otras voces, otras miradas, otras versiones de este país y del mundo es un trabajo más creativo y más interesante. Por eso, si hoy nombro a Uribe, después de haberlo olvidado desde hace tantas columnas, es para señalar que nuestra salud mental tiene que ver con la posibilidad de pasar a otra cosa. Lo que más he disfrutado desde el 7 de agosto ha sido la libertad para salir de esa condena que a todos nos obligó, sin ser del todo conscientes, a vivir en función de un gobernante, como si fuera el ombligo del mundo

En un país que requiere otras maneras de narrarse, de reinventarse y de conectarse con el resto del mundo, nuestra apuesta debería ser la de promover otra forma de ver la política como discurso sobre lo público que afecta a los ciudadanos, y la de ejercer el deber y el derecho de hacer un seguimiento riguroso, continuo y basado en argumentos, en vez de seguir pendientes del ego de un caudillo

¿Qué tal dejar que Uribe pelee con su sombra por Twitter, sin usarnos de jefes de prensa? ¿Qué tal aplicarle la ley de la extinción y darle unas vacaciones mediáticas? ¿Se imaginan qué será de él cuando dejemos de nombrarlo?El estilo paranoide Alejandro GaviriaUno podría decir incluso que su estilo es original. Pero la realidad es otra. Es un estilo conocido, ya estudiado y clasificado por los historiadores de la política. En 1964, el historiador gringo Richard Hofstadter describió, en un artículo publicado en la revista Harper’s, la persistencia del estilo paranoide en la tradición política de los Estados Unidos. Su descripción corresponde de manera precisa, casi exacta, al estilo del uribismo. En suma, el estilo del uribismo es el estilo paranoide

Según Hofstadter, el estilo paranoide parte de un supuesto básico: la existencia de una conspiración gigantesca, de una poderosa (pero sutil) maquinaria de influencia. “Con frecuencia el enemigo es percibido como poseedor de una fuente especial de poder: controla la prensa, manipula la opinión pública a través de noticias fabricadas, cuenta con fondos ilimitados…”. Los voceros del estilo paranoide sienten que su lucha va más allá de la defensa de una persona o un gobierno en particular; creen estar luchando por la justicia, la libertad, el orden. Sus pronunciamientos son consecuentemente grandiosos. “El Estado de Derecho se anula cuando la justicia… cae en la trampa de la venganza de los criminales”, escribió el ex presidente Uribe esta semana

Los voceros del estilo paranoide parecen siempre dispuestos a la confrontación intelectual. En sus repetidos pronunciamientos presentan datos, revelan conexiones, muestran hechos, etc., con una obsesión casi académica. Pero la apariencia es en este caso engañosa. El político paranoide no está interesado en la comunicación de doble vía que caracteriza el intercambio intelectual: “no es un receptor, es un transmisor”. La acumulación de información le sirve para convencerse a sí mismo, para alimentar sus odios y sus miedos, no para convencer a los otros. Sea lo que sea los datos, los hechos diligentemente enunciados, nunca justifican las conclusiones fantasiosas, las historias de conjuras y conspiraciones

Muchos voceros del estilo paranoide son conversos que nunca dejaron realmente de creer en sus dioses de antaño, simplemente los convirtieron en demonios. “En los movimientos contemporáneos de extrema derecha de los Estados Unidos —escribió Hofstadter— han jugado un papel particularmente importante los ex comunistas que se movieron rápidamente, aunque no sin angustias, de la izquierda paranoide a la derecha paranoide pero no abandonaron la psicología maniquea que caracteriza a ambas”. Algo similar ha ocurrido en Colombia. “¿Justicia? No. ¡Política! De eso estamos hablando”, escribió esta semana José Obdulio Gaviria. La frase parece copiada de los frecuentes pronunciamientos del padre Javier Giraldo

“¿Cómo podríamos explicar la situación actual sin suponer que algunos altos funcionarios están conspirando para conducirnos al desastre? Todo esto tiene que ser el producto de… una conspiración de la infamia tan oscura que, una vez sea finalmente expuesta, sus protagonistas merecerán la condena de todos los hombres honestos”, escribió el senador McCarthy en 1951. En Colombia, sesenta años después, los voceros más connotados del uribismo repiten, cada vez con mayor insistencia, el mismo diagnóstico exaltado. Apocalíptico. Paranoide

¿Por qué no te callas?Héctor Abad FaciolincePero Uribe no es un hombre de pensamiento, sino un hombre de acción. Si el ex presidente Uribe amara la música, la poesía o la literatura, podría encontrar un puesto en alguna fundación de apoyo a la cultura, como Belisario, o si amara las artes plásticas, podría coleccionar buena pintura, como César Gaviria. Pero al ex presidente Uribe no lo conmueve la novela, no le interesa el arte, y la poesía que le gusta es la de Robledo Ortiz

Si le gustara el trago, podría consolarse, como Valencia, con unos aguardientes, pero el ex presidente es abstemio. Si fuera el ex presidente, al menos, un mujeriego, podría anular su matrimonio, como hizo Turbay, e irse de Embajador al Vaticano con una nueva esposa bien joven, que le hiciera masajes en los pies. Pero al ex presidente no le interesa la lujuria. Si le interesara la filología podría escribir un diccionario, como aquel otro Uribe, Uribe Uribe, o traducir la Eneida, como Caro. Si le gustara la comida, si tuviera sentido del humor, podría al menos dedicarse a comer, y a contar chistes, como Samper. Pero se sabe que Uribe ni siquiera entiende los chistes. Si tuviera buenos amigos, podría viajar contento por cientos de países, en compañía de otros jubilados jóvenes, como Pastrana. Pero él no tiene amigos, sino aliados, que más que amarlo le temen

Entonces, como el ex presidente Uribe sólo tiene el vicio incurable del poder, la adicción al mando, la costumbre irrefrenable de llevar siempre las riendas, las espuelas y la fusta, entonces ahí lo tendremos, vociferando en Twitter, enviando comunicados de muy dudosa lógica jurídica o política, rojo de indignación, verde de rabia, enfermo de ira, regañando a los columnistas, insultando a los jueces, manoteando contra los traidores, aconsejando exilios a sus ex funcionarios (no para protegerlos sino para que al fin, en la desesperación de los interrogatorios, no acabe por zafárseles la verdad)

Porque la verdad monda y lironda es que el DAS dependía y depende de la Presidencia de la República. Y los del DAS pusieron micrófonos en la sala de la Corte Suprema, para oír ilegalmente sus deliberaciones. Si el FBI o la CIA hubieran hecho esto en Estados Unidos, las consecuencias para el gobierno que hubiera instigado semejante insulto se oirían durante siglos. No es posible chuzar a la Corte Suprema y luego pretender que la Corte Suprema se cruce de brazos. Porque ordenarles a los servicios de inteligencia chuzar a los altos magistrados y a los principales periodistas y opositores políticos del país es un delito más grave, muchísimo más grave que el escándalo de Watergate. ¿Por qué se va al exilio la señora Hurtado? Para no tener que decir de dónde venía la orden de oír a los jueces, a los políticos y a los periodistas, ya que confesar esa verdad era lo mismo que poner una lápida en su pecho. Mejor callada en Panamá que acorralada aquí entre la pared de la verdad y la espada del miedo

Uribe y sus aliados son poderosos, pero hoy son los huérfanos y las viudas del poder. Nosotros, los periodistas, podemos convertirnos en los altavoces, en los amplificadores de sus rabietas y diatribas, o simplemente dejarlo que grite y vocifere a solas en su Blackberry. Tenemos la tentación de seguir en ese ambiente crispado, lleno de rabia y adrenalina al que nos acostumbró su gobierno. Pero lo más sensato sería hundir el botón de “mute” cuando estos cruzados del odio vociferan, } e insultan. Ya pasamos esa página, ese trago amargo. No le demos más prensa ni le prestemos más atención a tanta rabia. Bajémosle la fiebre a todo esto hundiendo ese pedal que en el piano se llama sordina. Que grite solo, como Chávez. Y preguntémonos en silencio, simplemente, de cuando en cuando, por qué no se callará. Porque eso sería lo mejor para todos: que se callara.

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