Urabá Antioqueño: la tradición platanera en la puerta de entrada al Darién

Las playas entre Turbo y Necoclí, en el norte de Colombia, hacen justicia al prestigio de ser uno de los países con las mejores costas de América.

Un tapete verde que parece no tener fin se observa al llegar al Aeropuerto Antonio Roldán Betancourt en Apartadó, Antioquia, se trata de las más de 30.000 hectáreas de plantaciones individuales de banano, la fruta insignia del comercio y la exportación en Urabá o también conocido como el Caribe Antioqueño. Una vez en suelo urabeño, el sonido no pasa desapercibido: una bandada de pájaros llena el aire con un canto tan vibrante que resulta imposible, para los millennials no contemplarlo, y para aquella generación Z, no sacar su teléfono y hacer un video de no más de 15 segundos. Sin embargo, no es algo pasajero, da igual las 12, 24 o 72 horas de estadía, los pájaros parecen tener turno fijo.

Esta región, que sorprende a muchos por su salida al mar Caribe a través del Golfo de Urabá, comparte entre municipios como Apartadó, Turbo y Necoclí un ambiente cálido (muy cálido para muchos) alegre y diverso, propio del espíritu caribeño. Una región pluricultural donde se entrelaza la cultura paisa y la chocoana, el sabor de una bandeja de frijoles y un ceviche encocado, el río y el mar, los blancos y los negros, y un acento tan particular como su historia.

Desde el primer asentamiento español en América del Sur en Necoclí, hasta la presencia de comunidades ancestrales como los Cuna, Emberá y Katíos. En la década de los 50 y 60, la consolidación bananera transformó la economía local; luego, entre los 80 y 90 “Urabá se convierte en epicentro del conflicto armado, escenario de disputa entre guerrillas, paramilitares y narcotráfico. Hoy, la región vive un proceso de reconstrucción económica y social, impulsado por la exportación de banano, el turismo y la agroindustria”, explica Karen Martínez, directora ejecutiva de la Corporación Turística Urabá Darién Caribe.

NECOCLÍ

Las playas entre Turbo y Necoclí hacen justicia al prestigio de Colombia de ser uno de los países con las mejores costas de América, por cierto, el Urabá Antioqueño posee la segunda franja costera más grande de Colombia después de la Guajira, 515 kilómetros, casi siete horas de viaje sobre una costa de aguas cristalinas que poco a poco dan paso a tonos más oscuros, avistamiento de aves en la playa, “los mejores atardeceres”, según los locales y sobre todo, algo que cada vez cuesta encontrar: paisajes casi intactos, lejos de la turistificación.

Detrás de los paisajes casi intactos que se pretende encontrar cada vez que salimos de las grandes urbes, se esconde una gastronomía excepcional, sabores locales y recetas que conservan la memoria del territorio. En Apartadó, calentado de frijoles, chorizo, arepa y chocolate; en Puerto Girón, mojarra frita y patacones con suero costeño; en Necoclí, arepa de huevo, ceviche de camarones, sancocho de pescado y arroz con coco. Como buen rincón del Caribe antioqueño, se disfruta bajo la sombra de una palma y con el sonido del mar de fondo, en lugares como Simona del Mar, un ecohotel en el kilómetro 13 entre Turbo y Necoclí gerenciado por Beatriz Duque.

Y si de identidad se trata, el bullerengue es el alma sonora de Urabá, un canto de las mujeres negras e indígenas que encontraron en la música una forma de resistencia, aparece entre tambores y palmeras, es suficiente tres sillas afuera de una casa a media tarde, una fogata en la playa o una cerveza fría con ese coro inconfundible que repite: “la canoa del bareque para llegar a la playa”.

Precisamente, desde Puerto Girón, una canoa lleva a un espectáculo natural que pocos tienen la suerte de ver, el momento en que el río se encuentra con el mar. Una mezcla tan real como literaria, descrita por Gabriel García Márquez en “El amor en los tiempos del cólera” y cantado por Carlos Vives en “La Tierra del Olvido”, con aquella frase que parece escrita para este paisaje: “donde el río se hace mar”.

Un camino que también dirige a Puerto Antioquia y sus proyectos como Puerto Cirilo y Puerto Pisisí, “es uno de los mejores planes portuarios que hay en el país para exportar nuestros productos hacia todo el mundo, una inversión de más de 700 millones de dólares”, explica Martínez.

A pesar de que el Caribe antioqueño ya cuenta con 1.700 empresas —entre ellas Satena, aerolínea que conecta las regiones más apartadas del país—, la mayoría dedicadas a la hotelería, la gastronomía, el transporte y las operaciones aduaneras, la región aún requiere cerca de 800 compañías adicionales para responder a la creciente demanda logística que traerá el desarrollo económico y portuario del territorio.

Urabá fue el punto de partida, allí en Necoclí, marcando el inicio de una historia, más de cinco siglos después, ese mismo territorio vuelve a ser escenario de un nuevo comienzo. El Caribe antioqueño se prepara para renacer como eje del comercio internacional. El progreso vuelve a tocar tierra, un resurgir que combina historia, trabajo y la promesa de un futuro que mira de nuevo hacia el mar caribe.