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Chingaza, serranía del dios de la noche que le da agua a Bogotá

Este páramo surte al 80 % de la población de la capital. Catorce metros cúbicos por segundo, resguardados en ríos, frailejones y más de 160 lagunas

Las lagunas de Siecha, en el páramo de Chingaza, eran uno de los sitios donde los muiscas hacían sus rituales sagrados /

Una densa niebla mezclada con lluvia helada y vendavales perpetuos, le gana la batalla a los tenues rayos del sol en el páramo de Chingaza, un titán hídrico con más de 111.000 hectáreas distribuidas en 28 municipios de Cundinamarca, Meta y Boyacá. La bruma gobierna todo el territorio, un antiguo epicentro de rituales y pagamentos ancestrales.

“Su verdadero nombre es Chinguaza, palabra en lengua de los muiscas que significa la serranía del dios de la noche o tesoro en medio de dos planadas. De este páramo dependen todos los bogotanos, ya que resguarda el agua que consumen a diario. Es una de las joyas de la corona de Colombia”, recuerda Avelino Pedraza, un campesino nacido en Guasca que lidera recorridos ambientales desde hace 14 años.

Bogotá no podría sobrevivir sin el páramo de Chingaza. Este tesoro hídrico le aporta el agua al 80% de la población de la capital del país / Foto: Nicolás Acevedo

En La Calera, a menos de dos horas de Bogotá, una trocha repleta de barro rodeada por eucaliptos y casas abandonadas conduce hacia la cima de una montaña donde el páramo hace magia al convertir la neblina en agua bendita, un tesoro que queda almacenado en sus suelos y vegetación para luego formar los más de 160 lagunas y ríos que hay en la zona.

“En Chingaza llueve durante ocho meses del año, con picos extremos entre junio y julio. Toda esta agua queda almacenada en la flora paramuna como los frailejones, la cual coge forma de hilos invisibles que le dan vida a los caños, quebradas y grandes ríos como el Guatiquía, Chuza, Guayuriba, Guavio y Bogotá”, asegura Juan Carlos Clavijo, jefe del Parque Nacional Natural Chingaza, área protegida que alberga el 44% del páramo.

Una de las primeras paradas en este sector de Chingaza es el embalse de Chuza, infraestructura construida por el Acueducto de Bogotá que se alimenta de las aguas inmaculadas de los ríos Guatiquía y Chuza. Este cuerpo de agua artificial se encarga de abastecer a cerca de 7.000.000 de habitantes de la capital del país, es decir al 80 % de la población bogotana.

En Chingaza llueve ocho meses del año, un regalo del cielo que se deposita en frailejones, lagunas, humedales y ríos / Foto: Jhon Barros

“Este embalse cuenta con cerca de 230 millones de metros cúbicos de agua provenientes de estos dos ríos que nacen en el páramo, un líquido que es transportado por varios túneles de 32 kilómetros hacia el embalse de San Rafael. A través de este sistema, Bogotá recibe cerca de 14 metros cúbicos por segundo de agua, un recurso que es tratado en la Planta de Potabilización Francisco Wiesner de La Calera”, afirma Clavijo.

Además de Bogotá, Chingaza es vital para los habitantes de otros sitios del país como Villavicencio. El río Guatiquía, que nace en el páramo, le aporta 1.600 litros por segundo a la planta de potabilización La Esmeralda, que abastece a cerca del 90% de la población de la capital del Meta.

Este páramo también surte a las cabeceras municipales de Fómeque (Cundinamarca) y San Juanito (Meta). “A su vez, esta malla hídrica le regala el líquido precioso a varias veredas cundinamarquesas; cada gota de agua que sale de las llaves de las viviendas de estos sitios, proviene del páramo ”, anota el experto.

Según el jefe del Parque Nacional Natural, el agua de Chingaza es una de las más cristalinas de todo el país. “El más reciente Estudio Nacional del Agua indicó que el líquido de este páramo cuenta con una de las calidades más altas a nivel nacional, un regalo que debemos cuidar y aprovechar de una manera sostenible para tenerlo durante toda la vida”.

Un paraíso de vida

Chingaza no solo es uno de los mayores emporios de agua del país. Sus ecosistemas de páramo, subpáramo y bosque altoandino también resguardan un enorme hervidero de biodiversidad, representado en más de 1.500 especies de plantas y animales.

En el camino que conduce hacia el sector de Monterredondo, donde los turistas tienen la oportunidad de acampar y deleitarse con las noches estrelladas, aparecen plantas de gran porte que a simple vista parecen palmas de cera. Sin embargo, se trata de una de las seis especies de frailejones que habitan en este páramo y la cual es endémica.

No es un girasol. Se trata de la flor de un frailejón en el páramo de Chingaza, la cual brota durante las épocas de lluvia / Foto: Jhon Barros

“En ninguna otra parte del mundo habita el Espeletia uribei, más conocido como el frailejón de Chingaza. Es una planta única de este páramo que tiene un porte similar al de una palma, ya que alcanza hasta los 10 metros de altura. Es de hojas grandes y flores cortas de color amarillo, que brotan en la época de lluvia”, dice Erica Hernández, bióloga de Parques Nacionales.

Además de este gigante frailejón encargado de captar el agua de la lluvia y la niebla, Chingaza suma más de 1.200 especies de plantas. Una de las que más abunda es la puya, con largas hojas cubiertas por espinas que le sirve como principal alimento al oso de anteojos, un mamífero que tiene uno de sus mayores refugios en este páramo.

Espeletia uribei es un frailejón que solo habita en el páramo de Chingaza. Alcanza a medir hasta 10 metros, por lo cual parece más una palma / Foto: Tomás Ortiz.

“Hemos registrado cerca de 60 osos de anteojos de todas las edades en Chingaza, una alta cantidad que se debe al buen estado en el que se encuentra el ecosistema. Tenemos machos y hembras, tanto adultos como juveniles, e incluso hemos registrado en cámaras trampa a varias crías”, informó Clavijo.

Además de brindarle refugio al llamado jardinero de los bosques, en este páramo habitan aproximadamente 500 especies de aves, como el cóndor de los Andes y una alta variedad de colibríes. El chivito de páramo revolotea con frecuencia por los extensos valles de frailejones de Chingaza, colibrí que se encarga de polinizarlos y así garantizar la estabilidad de la población.

“Hace poco logramos registrar el tercer cóndor de los Andes en Chingaza, un avistamiento presentado en la vereda El Tablón del municipio de San Juanito en Meta. Esta ave se suma a una pareja liberada hace aproximadamente cinco años, un nuevo hallazgo que nos llena de alegría porque esta especie está catalogada como en peligro crítico de extinción”, complementa el funcionario.

Cuando el sonido de la lluvia y los fuertes vientos bajan su intensidad, en Chingaza se puede apreciar el canto melódico de algunas ranas, anfibios que lamentablemente son cada vez más escasos por factores como el cambio climático. El páramo cuenta con 13 especies de estos animales diminutos, de las cuales cinco son únicas en el mundo.

“Uno de los grandes tesoros de Chingaza es la rana arlequín Atelopus lozanoi, un anfibio endémico del páramo que no se había vuelto a registrar desde hace 19 años. Sin embargo, recientemente la volvimos a avistar con ayuda de varios campesinos en el municipio de Choachí”, dijo Clavijo.

Venados y bosque

Los venados abundan por todo el páramo, incluso en las zonas de camping donde se le acercan sin miedo o pena a los turistas para que los fotografíen. El que visita Monterredondo, siempre se lleva una postal con estos esbeltos mamíferos de dos especies: el venado cola blanca y soche.

Venados de dos especies abundan en el páramo de Chingaza, mamíferos que ya no se esconden ante la presencia de los turistas / Foto: Nicolás Acevedo

“Aún no contamos con un registro exacto de la población de venados, pero es bastante alta. Sin embargo, hemos detectado casos de cacería en la zona, campesinos que entran al área protegida de manera ilegal para cazar los venados y comercializar su carne en los cascos urbanos de los municipios que hacen parte del páramo”, revela Clavijo.

El Parque Natural Nacional Chingaza podría ampliar sus dominios. Una expedición de biodiversidad realizada hace poco en un sector de Gachalá y liderada por la entidad, reveló que es un emporio de biodiversidad aún desconocido para la ciencia, donde se registraron dos posibles nuevas especies de ranas y varias de orquídeas.

Las lagunas de Siecha, en el páramo de Chingaza, eran uno de los sitios donde los muiscas hacían sus rituales sagrados. / Foto: Jhon Barros

Según Clavijo, el propósito es incluir 6.000 hectáreas más dentro del parque, con lo que se ampliaría a más de 84.000 hectáreas protegidas. “Esto robustecería la conexión biológica dentro del parque, una apuesta en la que estamos trabajando con otras organizaciones como WCS y la Universidad Nacional, y la comunidad de la zona”.

Chingaza hace parte de un cordón verdoso que incluso llega la zona de transición entre la Amazonia, Orinoquia y la región Andina. Está conectado con ecosistemas como Guacheneque, donde nace el río Bogotá, los Cerros Orientales, el páramo de Sumapaz y los Parques Nacionales Tinigua y La Macarena.

“Este es el único corredor de conectividad que hay en el país de ecosistemas andinos, orinocenses y amazónicos, un complejo que requiere de una especial atención para poderlo conservar y mantener en conjunto”, recalca el funcionario de Parques Nacionales.

El guardián del páramo

Avelino Pedraza, un campesino del municipio de Guasca que acaba de cumplir las siete décadas de vida, lleva más de 14 años haciendo recorridos con los turistas que visitan el páramo de Chingaza, donde les ofrece amenas charlas sobre el pasado, presente y futuro de este ecosistema.

“Siempre he vivido en la vereda La Trinidad, un terruño cercano al sector de las lagunas de Siecha. Como tengo muchos cuentos e historias recopiladas y además conozco muy bien la zona, Parques Nacionales me contrata a través de una asociación como intérprete ambiental del páramo”.

Aunque la mayor parte de su vida la ha dedicado a labrar la tierra para cultivar, don Avelino vio en los tesoros naturales de Chingaza una nueva oportunidad para llevar comida a la casa, criar a sus dos hijos, Ana María y Elkin Mauricio, y apoyar a su esposa Alba Leonor, con la que tiene varias tiendas en su casa.

“Chingaza siempre ha tenido un potencial inmenso para el ecoturismo liderado por las comunidades, pero durante muchos años no pudimos hacerlo por la presencia de los grupos al margen de la ley. Todo cambió hacia 2006, cuando Parques compró terrenos en el sector de Siecha para construir una cabaña”.

Junto al educador Tomás Estévez, en 2007 Avelino ayudó a diseñar el primer sendero de alta montaña en Colombia dentro de Chingaza, un camino empedrado y bañado por el agua conformado por varias estaciones que resaltan la importancia que tuvo el páramo y sus lagunas para los muiscas.

“A varios campesinos nos capacitaron sobre esos relatos históricos de los muiscas y la biodiversidad del páramo, todo con el fin de que los visitantes se lleven información valiosa y aprendan a cuidar y querer la naturaleza. No somos guías, sino intérpretes ambientales”.

El sendero de más de tres horas a pie conduce hacia las lagunas de Siecha, tres espejos de agua cristalina donde los muiscas realizaban festejos y depositaban ofrendas doradas a sus dioses. Este lugar hizo parte de la Leyenda del Dorado, por lo cual fue víctima de guaqueros que intentaron saquear sus tesoros durante los últimos dos siglos.

“Los muiscas tenían cinco altares de devoción: las lagunas de Guatavita, Guasca, Siecha, Teusacá y Ubaque, sitios que hoy en día mantienen ese carácter sagrado y son cuidados por la gente del páramo. Para los muiscas, la humanidad surgió de las lagunas a través del encuentro entre Sue (Sol) y Sie (agua)”, dice el intérprete ambiental.

En 2008, cuando fue inaugurado el sendero, don Avelino y los demás intérpretes de la comunidad atendieron en promedio a 8.000 turistas. Antes de la pandemia del coronavirus, esta cifra superó las 20.000 personas cada año.

“Lo que más nos interesa es sensibilizar a los niños y jóvenes estudiantes sobre la importancia histórica y ambiental de Chingaza. Los que participan en mis recorridos no solo salen mojados y untados de la naturaleza, sino con unas ganas enormes de cuidar los tesoros ambientales y ampliar el conocimiento sobre los muiscas”.

A todos sus alumnos, Avelino les cuenta una época en la que las lagunas de Siecha quedaron a la deriva del hombre blanco, justo después de la Colonia y la Conquista. “Muchas personas intentaron saquear sus tesoros, implantar la cultura europea y borrar todo lo que tenía que ver con nuestras familias ancestrales que, antes de 1492, tenían sus centros de adoración en las lagunas y estudiaban los astros como el sol y la luna”.

Para este campesino, las lagunas de Siecha eran como una catedral para los muiscas. “Este mágico lugar, al igual que las otras cuatro lagunas, eran lo equivalente a la casa del Papa para la religión católica. Para los muiscas, las piedras eran las abuelas sabias del territorio, mensajes sagrados que borraron los españoles y los cuales nosotros, los intérpretes, revivimos en Chingaza”.

Avelino tiene rotundamente prohibidos los gritos, silbidos o bullas en sus recorridos, ya que la algarabía interrumpe la vida calmada de los animales paramunos e irrespeta la cultura ancestral. “Por eso, siempre que vengo le pido permiso al páramo, al agua y a la naturaleza para ingresar. Chingaza es la serranía del dios de la noche a la que nunca pretendo abandonar”.

La Fundación Humedales Bogotá, que lleva más de 10 años protegiendo a las esponjas hídricas de la capital del país, siempre contacta a don Avelino para que lidere los recorridos ambientales que hace frecuentemente en Chingaza. Jorge Escobar, director de la fundación, lo acompañó en el recorrido de la Expedición Páramo.

“Escuchar a don Avelino contar todas esas historias sobre el páramo genera un mayor amor por el ecosistema. Las comunidades paramunas son una pieza fundamental en la defensa de estos sitios que almacenan el agua y tienen sus mayores reservorios hídricos en los humedales altoandinos”.

Según Escobar, el calentamiento global tiene en alto riesgo a los páramos, humedales y animales como los anfibios. “Son ecosistemas muy frágiles por el clima en el que están. Cualquier cambio en la temperatura causa impactos severos en los páramos, como veranos extremos que pueden llevar a la extinción a muchas especies de ranas. Los anfibios también son muy sensibles a cambios bruscos como la contaminación del agua”.

Cada vez que va a Chingaza, el ambientalista contempla el panorama paramuno con sus binoculares para apreciar alguna de las aves que lo sobrevuelan. “Además del cóndor, una de las aves más emblemáticas de estos lugares es el chivito de páramo, un colibrí endémico de nuestro país que tiene el pico corto, herramienta que le permite polinizar las flores de los frailejones”.

Un ave nativa de los Llanos Orientales le ha llamado la atención a Escobar por estar colonizando tierras de clima frío como la sabana de Bogotá e incluso los páramos. “Se trata del alcaraván, un ave que llegó al país por el sur del continente, se asentó en los llanos y ahora está en la sabana, la capital y en páramos como Chingaza, tal vez como un mecanismo de adaptación al cambio climático”.

El retamo espinoso, una planta originaria de Europa que fue introducida en Colombia hacia los años 50 como una medida de control de erosión y cercas vivas, le afana al experto por su alta proliferación en las faldas de varios páramos del país, en especial Chingaza.

“Esta planta está catalogada como una de las 100 especies más invasoras del mundo, la cual entra a competir con las plantas nativas. En el área de influencia de Chingaza, en especial en el sector de Siecha, tenemos varios kilómetros repletos por el retamo espinoso, un panorama que sigue avanzando y acorrala a las plantas propias del páramo. Esta especie se propaga con mucha facilidad y hasta ahora no ha podido ser controlada de una manera efectiva”.

Reverdecer el páramo

Desde 2017, el sector de Monterredondo del Parque Nacional Chingaza, cuenta con un vivero para propagar plantas nativas en las zonas que se vieron afectadas por las actividades agropecuarias en el pasado.

De esta guardería del páramo, que cuenta con un área de 40 metros cuadrados, han salido más de 1.400 plantas, las cuales fueron sembradas con ayuda de la comunidad y entidades como el Ejército Nacional. De este total, cerca de 100 fueron frailejones.

“El ideal de estas plantas es que nos ayuden a reverdecer las zonas afectadas y que además recuperen su equilibrio ambiental”, dice Erica Hernández, funcionaria de Parques Nacionales encargada del vivero de Monterredondo.

Desde pequeña, esta bióloga de la Universidad Nacional nacida en el municipio de Machetá (Cundinamarca), sintió un gran amor por las plantas. “Me crié en el campo, por lo cual siempre soñé con dedicarme de grande a estudiar la flora. Ya llevo más de cuatro años trabajando en Chingaza con los frailejones”.

El vivero cuenta actualmente con cerca de 14.200 plántulas de diversas especies de frailejones y plántulas como colorados, arrayanes, ají de páramo y mortiño. El proceso para propagar los grandes reservorios de agua en el páramo cuenta con varias etapas, que van desde la extracción de las semillas de las flores hasta largos tiempos en refractarias y envases.

“Propagamos las seis especies de frailejones que habitan Chingaza. Como los frailejones son especies de crecimiento lento, cerca de uno o dos centímetros cada año, algunas demoran mucho tiempo en el vivero hasta que alcanzan un tamaño adecuado para ser plantadas”.

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